
José Carlos Bermejo, religioso Camilo, desarrolló tanto en el sur deTenerife como en el seminario una jornada de formación sobre la inteligencia emocional y la resiliencia, en el marco de la pastoral de la salud. Bermejo, que es director del centro de humanización de la salud en Tres Cantos, Madrid, también habló para «Iglesia Nivariense» de temas tan interesantes como: la resiliencia, el duelo, la inteligencia emocional o cómo hablarle a los niños de la pérdida y el dolor.
P.- ¿Qué es la inteligencia emocional y la resiliencia?
R.- Durante toda la historia de la humanidad hemos sido conscientes de la importancia de los sentimientos en la vida relacional de las personas y también en la vida del acompañamiento pastoral. Cada vez, somos más conscientes de la radical importancia que tiene la gestión saludable de los sentimientos. La inteligencia emocional podríamos decir que se puso de moda a partir de 1996 cuando el psicólogo norteamericano y periodista, Daniel Goleman, escribió un libro titulado así. Después, otros hemos hecho algo semejante. Escribir e investigar para ayudar a las personas a gestionar, por ejemplo, la ansiedad, la rabia, la tristeza, la culpa, etc.
Asimismo, recientemente, en el contexto de la psicología positiva se ha puesto de moda el tema de la resiliencia, que es mirar las posibilidades de vivir sanamente los traumas. En su origen, la resiliencia es una característica de los metales. La tienen los metales que, después de ser deformados por alguna adversidad, recuperan su forma originaria y son más resistentes que antes. Trasladado al mundo de la psicología y de la espiritualidad, son resilientes las personas que con ocasión del trauma, en vez de hundirse en la miseria, salen crecidos, más fuertes y más humanos.
P.- ¿Podría nombrar ejemplos de personas resilientes?
R.-Tim Guénard se ha hecho famoso mundialmente. Este francés que fue maltratado por sus padres, fue violado, estuvo en el correccional, llevó una vida de calle, fue juzgado en diferentes ocasiones y prostituido a los 14 años, en vez de convertirse en una víctima, actualmente tiene una familia con cuatro hijos, ha creado una asociación, es colaborador del tour de Francia y se dedica a ayudar a las víctimas de los malos tratos. Ha hecho de su experiencias de vulnerabilidad un plinton, no sólo para aguantar y resistir, sino para salir crecido y ser un hombre admirable en su vida personal y relacional.
También podríamos citar a Viktor Frankl, psiquiatra judío que estuvo en los campos de concentración nazis. Frankl no se suicidó, sino que vino a decir «estoy esclavo pero soy libre». Libre del modo como vivo lo que no puedo cambiar. Este canto a la libertad en la cara oscura de la vida, es una posibilidad que tenemos los seres humanos que no depende sólo de la voluntad, sino que depende también del temperamento, del significado que le damos al trauma y de la suerte de si encontramos algún tutor de resiliencia que nos ayude a hacer palanca en medio de las adversidades.
P.- ¿El personaje bíblico Job nos habla de resiliencia?
R.- Job es un referente sumamente interesante porque representa al hombre sufriente de siempre. No es un personaje histórico sino, más bien, una cristalización del perfil de cualquiera que pierde y que, por haber perdido muchas o menos cosas como la salud, los bienes, los amigos, etc., necesita ayuda. La ayuda en el libro de Job se la ofrecen varios amigos bienintencionados y buenos teóricos para la época. Job se dice esto no puede ser un castigo que me haya merecido, porque como personaje es definido como el hombre justo. En él no se cumple la ecuación «el que la hace la paga». Job sale adelante a pesar de sus pretendidos tutores de resiliencia.
Los autores de este libro intentan desmontar la teoría de la retribución y también un estilo relacional. Job le llega a decir a sus amigos «pero cuando os callaréis», «hasta cuándo me acribillaréis con vuestras palabras», «médicos de quimeras sois todos, callaos al menos, dejad que me desahogue». Job llega a decir «yo antes conocía a Dios de oídas y era más teórico, ahora mis ojos te han visto. Ahora te reconozco en la grandeza de la creación». Job termina entregando su lamento y haciendo una admiración a la creación y al Dios creador. Es un interesante ejercicio, no sé si de resiliencia, pero sí de aceptación de que más vale acoger y admirar que limitarse a lamentar y creer que los buenos amigos, con sus buenas teorías, te van a ayudar».
P.-Y es que, en ocasiones, no sabemos cómo ayudar. ¿Cómo se aprende a acompañar en el sufrimiento o en el duelo?
R.- El tema del duelo en el pasado estaba más socializado. Luego, con el surgir de los tanatorios, hemos ido negando aspectos de socialización y privatizando más la experiencia del duelo. En estas últimas décadas, está produciéndose de nuevo una conciencia de que el tema del duelo es de una importancia capital. Su no abordaje saludable puede generar complicación en sus diferentes formas: retrasos, cronicidad, duelos enmascarados, enfermedades, muerte, etc.
P.- ¿Las personas que sufren estas complicaciones durante los periodos de duelo pueden confundir lo que les sucede con la locura?
R.- Hay personas que cuando experimentan, por ejemplo, alucinaciones asociadas a la intensidad del duelo, piensan que están locos porque quizás no han comprendido que forman parte de los dinamismos normales del proceso de elaboración del duelo. En estos momentos, somos más conscientes de la importancia de este tema. Ya contamos con diferentes modelos: interpretativos, psicosociales, cognitivos, otros más relacionados con el duelo y la exclusión social, otros que insisten más en las tareas que hay que hacer para prevenir duelos complicados, etc. Estamos en un buen momento. Lo que nos falta todavía son expertos en duelos complicados y patológicos y sensibilizar a los agentes sociales de ayuda y eclesiales, de que hay duelos que necesitan un nivel de intervención que no es el que nos damos entre familiares y amigos. Se trata de un mayor nivel de intervención para el que se requiere preparación específica. La madre de un hijo que se suicida, el niño que ve a su padre matar a su madre, son casos, por ejemplo, que necesitan un nivel especial de atención. Cuando hay violencia de por medio, muertes súbitas, cuando hay duelos acumulados en poco tiempo, o simultáneos, cuando hay duelos ambiguos, cuando hay vínculos amor odio, cuando la culpa persiste, cuando las personas encuentran dificultades en recuperar la normalidad de la vida porque no duermen, o porque no se concentran, se requieren intervenciones especializadas.
¿Dónde se aprende? En España ya hay un máster en duelo. Cada vez hay más programas presenciales y a distancia para quien busca especializarse un poco en este ámbito. Pero hay que empezar por la escuela. En la escuela también se producen duelos, también los niños fallecen, también los niños pierden a papá, a mamá, a la mascota, etc. En la escuela hay que hablar.
P.- ¿Y cómo se les habla a los niños de la muerte y de la pérdida?
R.- Hoy día es imposible que los niños no hayan visto la muerte. Además, juegan con ella en las pantallas, en la tele y en los dispositivos móviles. Ven como los muñecos de esos videojuegos se mueren, vuelven a vivir, recuperan otros. En definitiva, se niega la irreversibildad de la muerte porque lo que se muere, se restituye o se complementa con otra cosa. En los periódicos y en la televisión han visto cadáveres, han escuchado hablar del suicidio, etc. Es absurdo que les excluyamos de la participación de los ritos, que nos escondamos para llorar. El mensaje que les mandamos es muy ambiguo.
Lo que procede es, según la edad, explicar lo que hay, cómo van a desarrollarse las cosas, los ritos y los tiempos y preguntarles hasta donde quieren participar. La realidad es menos cruel que la imaginación para los niños en el proceso de adaptación al duelo. Si al niño le mentimos, aprenderá que la mentira es una estrategia. Si al niño le ocultamos que la pérdida nos duele, el niño se preguntará si realmente los vínculos son de amor o son de mentira. ¿Cómo puede ser que un vínculo de amor cuando se rompe no duela y eso no se comunique? Hay que evitar tendencias como cuando decimos que se han ido de viaje o que pronto volverán. Hay que recuperar el lenguaje metafórico porque los niños nos preguntan cómo se va al cielo. Tenemos que decir que no sabemos y que, en todo caso, los tenemos muy vivos en el corazón y los seguimos queriendo. Hay que dejar espacio a la narración de lo que hay dentro y al recuerdo. El tratar de evitar hablar del tema genera más fantasmas que la narración sencilla y dolorosa de lo que hemos perdido.
P.- Con la muerte parece que hay dos extremos. Quienes no quieren oír hablar de ella y quienes viven un tanto obsesionados con esa idea.
R.- Hay extremos más grandes. La negación y la pornografía de la muerte. La exhibición de los primeros planos de la muerte agresiva con fines de subir las audiencias. Hay que buscar el equilibrio y superar la negación. La negación de la muerte es insostenible a largo alcance y no es adaptativa, ni para los niños, ni para los adultos. Además, genera dinamismos de pacto de silencio y de juego de mentiras en los procesos terminales. Por eso, de la muerte hay que hablar. En el fondo, es la otra cara de la misma moneda del amor. No hay amor sin pérdida. Quererse significa también dolerse por la ruptura de los vínculos.
P.- Hay quien piensa que olvidar es la solución.
R.- Olvidar es imposible y, si lo fuera, sería cruel. Hay que dar expresión a los sentimientos y aunque no sea fácil, tenemos que aceptar la realidad de la pérdida. Es un proceso que cuesta pero que es posible.