Es martes y falta poco para las 12:00 horas. La calle de La Noria, en Santa Cruz de Tenerife, se ve desde lo alto del puente Serrador prácticamente desierta. Solo, al final, cerca de la torre de La Concepción, un grupo de personas forma algo parecido a una cola. Muchos de quienes trabajan a turno partido en la capital tinerfeña llegarán a esta calle en breve. La oferta gastronómica aquí es variada y atractiva. Además, el precio de los menús en cualquiera de los restaurantes es el mismo, diez euros.

Los camareros montan las mesas de las terrazas. Estamos a finales de noviembre pero el día es agradable. A medida que dejamos el puente Serrador a nuestras espaldas, nos sumergimos en los aromas que se escapan de las cocinas de los diferentes establecimientos. Cremas de verduras, paellas, carnes, pescados…Sin duda estamos en una de las calles más “chic” de la isla. Sin embargo, al final de la misma, ese grupo de personas que divisábamos en lo alto del puente Serrador, nos recuerda la otra cara de la sociedad. La de aquellos que no pueden permitirse menús de diez euros, ni de cinco, ni de uno, porque, simplemente, no tienen nada.

Son las 12:00 horas y se abren las puertas del comedor de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Ochenta y cinco personas con recursos económicos escasos disfrutarán hoy de un almuerzo caliente. La organización es perfecta. Un grupo de voluntarios y una hermana ya se han encargado de montar las mesas y ahora están en la cocina, a la espera de comenzar el servicio. Pero antes, sor María del Carmen, responsable del comedor, bendice los alimentos e invita a quienes lo deseen a rezar un Padrenuestro y un Avemaría.

El carisma de las Hijas de la Caridad es este. Estar cerca de los más necesitados. Esta sociedad de vida apostólica está presente en hospitales, colegios, obras sociales, en la pastoral de los pueblos, etc. Actualmente, en Canarias, tienen dos comedores. El de La Noria tiene una gran actividad, según indica Sor María del Carmen. “Aquí los días son bastantes moviditos porque es una casa que tiene bastantes entradas y salidas de personas. Tres días a la semana hay duchas. A las 8 de la mañana se abre la puerta para que quien lo desee pueda asearse y afeitarse. Normalmente, viene un grupo de 35 personas. Nosotras le limpiamos la ropa que suelen dejar el día anterior. Y si la ropa no la tienen en buen estado, les proporcionamos otra de las que tenemos en reserva”.

Durante la mañana no cesa la entrada y salida de personas. Muchos vienen a solicitar los servicios del comedor, otros a hablar con el trabajador social, que es quien realiza el estudio de los usuarios y también los hay que acuden a la casa a llevar donativos, ofrecer una compra, ropa, etc.

Las tardes son más tranquilas. Desde hace unos meses, las Hijas de la Caridad junto a un grupo de voluntarios, han puesto a disposición de los usuarios una serie de talleres: Inglés, Alemán, Educación para la Salud, Dibujo y Pintura, Crecimiento Personal y Manualidades.

VOLUNTARIOS

Mari Luz es una de las voluntarias asiduas al comedor. “Estuve seis años en el Hospitalito de Niños, doce en San Juan de Dios y desde hace un tiempo aquí junto a las Hijas de la Caridad.  Estoy enganchada a esto del voluntariado. Siento que es lo mínimo que puedo hacer para ayudar a todas estas personas que merecen tanto”. Por su parte, Bernardo y su mujer también echan una mano con lo que haga falta. “Los dos estamos jubilados. La experiencia aquí es cada día mejor porque salimos más contentos que cuando venimos. Concretamente, mi labor es fregar la loza de los 85 comensales y lo hago con gusto. No por amor al arte, sino por amor a Dios. El mensaje de Jesús nos obliga a emplear de esta forma nuestro tiempo libre”.

NAVIDAD

La Navidad en el comedor de La Noria se prepara con mucha ilusión. La casa se adorna con motivos navideños y, con tiempo, se les va explicando a los usuarios la importancia de esta fecha para los cristianos. El día de Nochebuena se extienden los mejores manteles y se ofrece un menú especial. Además, suelen acudir a la casa grupos folclóricos para amenizar el día.

Muchos de los usuarios recuerdan con entusiasmo la Navidad de otros años. José Ramón es uno de ellos. Él es lagunero y lleva un año acudiendo al comedor. Tiene una hernia discal que le impide trabajar y está a la espera de que le concedan una paga por invalidez. “Al quedarme sin trabajo perdí la casa y tuve que recurrir aquí. La pasada Navidad fue genial. Nos dieron regalos y la comida fue estupenda. Estoy muy agradecido”. Por otro lado, José Manuel es pensionista y vive en Santa María de Añaza. Lleva accediendo al comedor más de 15 años. “Todo un veterano”, como él comenta sin perder la sonrisa. “La Navidad la celebramos a mediodía. Es una fecha estupenda”. Por su parte, Pacheco es de La Laguna y tuvo que acudir al comedor de las hermanas porque su pensión de invalidez solo le daba para pagar el alquiler de la casa. “Si esto no hubiese estado no sé que hubiera hecho. Las hermanas se portan con nosotros muy bien en todos los aspectos”. Nieves es otra usuaria que cuenta su estancia en el comedor por décadas. “Aquí he hecho muchos amigos” –indica. “Estoy muy agradecida de que pueda venir para ducharme, comer y tener la ropa limpia. Me quedé sin padres y tras eso me vi sin apoyo y sin recursos. Tras batallar bastante, logré que me dieran una paga después de que me la hubiesen denegado en dos ocasiones”.

Pero no todos son “veteranos”. Nauzet tiene tan solo 26 años. “He tenido que recurrir a este comedor por culpa de la crisis que vivimos” -señala. “No me sale nada de trabajo y aquí me han acogido de forma genial. Además, la comida es muy buena. La pasada Navidad las monjas se portaron estupendamente con nosotros. Nos dieron hasta unos regalitos”.

Son las 14:00 horas. Salimos del comedor y nos dirigimos hacia el Puente Serrador. Las mesas de los restaurantes están prácticamente llenas. Y es que la vida es como esta “Noria”, tan pronto puedes estar arriba, como abajo. Feliz Navidad.

Carlos Pérez