Son las 20 horas de un día cualquiera. Suena el timbre en Café y Calor. Poco a poco van entrando las personas que esa noche se refugiarán del frío y el hambre hasta completar la capacidad máxima de la casa, 25 plazas. Algunos vienen sucios, desaliñados, incluso los hay que se han orinado encima. Otros llegan bien vestidos, afeitados y peinados. Pero todos con la misma huella: la vida los ha dejado en la calle.

El proyecto Café y Calor de Cáritas Diocesana, situado en la calle de Bélgica, en  Santa Cruz de Tenerife, lleva dando cobijo a personas sin hogar desde hace 14 años. En abril de 1999 abrió las puertas gracias a la constancia y al esfuerzo de Carmen Luisa González, quien fuera por aquel entonces directora de Cáritas.

Hoy día, el proyecto está coordinado por Fernando Rojas, natural de Colombia, quien lleva al frente siete años. «Yo soy inmigrante, un peregrino más», señala. «La experiencia de este peregrinaje me ha marcado en la fe. Estar aquí, en Cáritas, ha sido una bendición que nunca llegué a imaginar». Fernando, tras llegar a la isla, completó su formación académica en el Instituto de Teología Juan Pablo II. Luego le propusieron trabajar en Cáritas y aceptó.

«Todos los que formamos el proyecto intentamos mejorar las condiciones de vida de un colectivo que merece todo nuestro esfuerzo y entrega», asegura. El perfil de las personas que llegan a Café y Calor es dispar.  La casa acoge a hombres de entre 18 y 65 años.

Cada uno con sus características psicológicas y sus problemáticas concretas. El único requisito para poder acceder al proyecto es que se respeten las normas de convivencia.  «Recibimos a todo el mundo sin discriminación. Somos Iglesia, acogemos a todos sin importarnos la raza, la condición social, ni el credo», asegura Fernando. «Aquí se ha hablado una cantidad increíble de idiomas y nos hemos enriquecido mucho con tantas culturas diferentes.

Es muy difícil englobar a los participantes en un único perfil. Hemos tenido personas con patologías muy crónicas, a causa del consumo de drogas y la exclusión social límite, sin ninguna red de apoyo y viviendo en la calle muchísimos años. Pero también hay personas que acuden a Café y Calor con carreras universitarias en su haber. Hemos tenido profesores y hasta jueces». En muchos casos, las personas que se han quedado sin hogar acuden en primer lugar a solicitar la ayuda de sus familiares pero, con el tiempo, esos recursos se debilitan, se pierden o se vulneran. «Un padre que tiene dos niños pequeños y entra en una situación de desempleo –expresa Fernando- recurre a la asistencia nsocial para que le den una ayuda económica familiar. Él no puede destinar esa ayuda para sí mismo, sino para sostener a sus hijos. Por ese motivo, muchas veces deciden irse a la calle. Eso va creando un deterioro en la relación y muchos terminan con divorcios, con separaciones y sufren muchísimos traumas familiares».

El listón del proyecto Café y Calor se pone alto porque, como bien señala el lema que da título a una de las actuales campañas de Cáritas, ‘no hay límites para soñar’. «La idea del proyecto es conseguir que un participante de Café y Calor vaya ganando autonomía hasta que pueda reinsertase laboralmente.  El proyecto apuesta siempre por las personas. Cuando alguien se inserta en él, debe plantearse itinerarios de proyección, de salida. Los trabajadores sociales y los educadores se encargan de asesorar a los participantes para que descubran que tienen potencialidades y que las tienen que trabajar para poder avanzar. Luego se trabaja en red con los demás recursos para procurar que las personas no se estanquen. No es fácil, porque están muy limitados y tienen necesidades que quieren resolver instantáneamente. Pero todo ello requiere paciencia y esfuerzo», explica el responsable. A lo largo de estos años Fernando Rojas se ha topado con mil y un casos diferentes, pero indica que es muy difícil imaginar lo que supone vivir en una situación de exclusión, sabiendo además que el sistema podría atender estas demandas si fuera más solidario. «Por lo general, los participantes en Café y Calor son muy tímidos y han perdido las fuerzas para luchar contra las injusticias de esta sociedad. Es muy difícil entender la experiencia de estar 24 horas en la calle cuando a nosotros no nos falta de nada y podemos ir al baño y dormir bajo techo.

Ellos, por lo general, no cuentan sus experiencias. El sufrimiento se palpa en sus silencios. Confían mucho en que nosotros seamos una fuerza, un apoyo para darles voz, para que puedan reivindicarse socialmente», expresa Fernando con emoción.

DEDICACIÓN GRATUITA

Una de las piezas clave para el funcionamiento del proyecto Café y Calor es el voluntariado. Donelia Díaz es una de las personas que altruistamente dedica tiempo, trabajo y acompañamiento a las personas sin hogar, a las que llama «mis niños». «Soy de El Escobonal, pero desde muy pequeña vivo en Santa Cruz. Mi labor como voluntaria empezó cuando el sacerdote Juan Manuel Yánez llegó a la parroquia de María Auxiliadora. Yo estaba pasando una época muy mala y él me habló de este proyecto y me propuso acudir como voluntaria. Al principio me veía un poco acobardada, pero luego me fui integrando en el grupo hasta el punto que puedo decir que hoy día deseo y añoro que llegue el miércoles para venir aquí», confiesa. Donelia asegura que si uno quiere y se lo propone saca tiempo de donde sea para desempeñar alguna labor de voluntariado.

«Ya son cuatro años los que llevo en Café y Calor. Todos aquí me han ayudado mucho y trabajo no falta, la verdad. Venir aquí, después de atender las responsabilidades personales, con las preocupaciones que uno pueda tener, supone para mí un momento de relax. Esto te hace ver la vida de otra forma. Muchas veces nos quejamos cuando lo que tenemos que hacer es dar gracias a Dios. Cuando veo a estas personas, muchas de ellas jóvenes, sin el afecto de sus familias ni de nadie me aumenta la motivación para seguir viniendo». Donelia añade que es una satisfacción cuando ve por el día a alguna de las personas que atiende en Café y Calor y se para a charlar un rato. «Son muy agradecidos.

Siempre me vienen a saludar con mucha educación y yo les ayudo en lo que puedo. Además, muchas veces me vienen a visitar a mi puesto de trabajo. También es verdad que a veces les regaño, les hago alguna broma…». Cuando echa la vista atrás, a Donelia le vienen a la memoria muchas personas que han pasado por el proyecto, pero mantiene el recuerdo especial de un joven de La Laguna. «Le tenía mucho afecto», asegura. «Un día lo vi fuera de la casa, llorando. Me acerqué a él y me interesé por lo que le sucedía. Al principio no me quería decir nada, pero luego se abrió. Me dijo que tenía un problema muy fuerte y sus padres lo habían echado de casa. No tenía ningún aliciente en la vida, con tan solo 20 años. Le dije que era muy joven, que aún podía estudiar, formarse en lo que más le gustara. Pero su principal problema era que no tenía los recursos económicos para ello. Con mucha ayuda, poco a poco, logró sacar el título de cocina y consiguió trabajo de cocinero en un hotel del Puerto de la Cruz. Hoy día, mantengo el contacto con él e intento que siga luchando en estos tiempos tan difíciles por conservar o conseguir un trabajo».

Encarna Méndez es otra de las voluntarias del proyecto, una de las veteranas que vio nacer Café y Calor. «Los comienzos fueron muy ilusionantes. Carmen Luisa trabajó mucho para poner en marcha este proyecto. En ese tiempo yo era también voluntaria en la prisión. A veces, sobraba comida y la traía por la noche aquí».

Méndez añade que esta experiencia ha engrandecido mucho su vida personal. «Lucho con alegría porque sé que todas estas personas están necesitadas de que se les tienda una mano, de que se les quiera. Me da mucha pena cuando los veo tirados por las calles. En esta casa, no hace falta decir mucho sobre Dios porque tan solo con la labor que se realiza ellos notan que dentro de ti hay algo, que llevas a Dios dentro.»

LA LABOR DE LOS EDUCADORES

Martín Vidal es trabajador de Cáritas desde el año 2000. Empezó trabajando en el Proyecto Lázaro destinado a la acogida de personas con el virus del sida. Estuvo casi ochos años en ese proyecto,  como coordinador los últimos tres de ellos. Más tarde pasó a Café y Calor, donde desempeña las funciones de educador. Sobre estos años asegura que son muchos los recuerdos positivos. «De las cosas que más me llenan de felicidad es cuando una persona que se ha ido vuelve al tiempo a saludar, o a dar alguna donación. No hay cosa que me alegre más que cuando me dicen: ‘Pasaba por aquí y he venido a saludarte. Las cosas me van bien, he conseguido trabajo o he conseguido arreglar la situación con mi familia.’ Esos son, sin duda, los momentos más gratificantes de este trabajo». Sin embargo, Vidal reconoce que también ha vivido momentos muy duros. «Los sentimientos más dolorosos hay que intentar camuflarlos. Ellos buscan un guía y en este barco el último que se tiene que asustar es el capitán. No puedes mostrar que estás abatido o triste porque ellos necesitan ver en ti una roca firme, un refuerzo positivo. Los momentos más amargos son cuando te enteras de la muerte de una persona que pasó por aquí y que murió en la calle sin oportunidades de rehacer su vida. Eso es tremendo».

“ERA FORASTERO Y ME ACOGÍSTEIS”

Santiago es uno de los 25 huéspedes que acoge la casa en la actualidad. Una persona que ha visto truncada su vida por la mala gestión empresarial de su ex jefe. «Siempre he llevado una vida normal, pero por culpa de otros he venido a parar aquí. Mi jefe me engañó y acabé embargado. Era ludópata y se gastó todos los ingresos de la empresa en las máquinas. Al comentarle que estaba trabajando sin cobrar, él se enfureció mucho e incluso llegó a amenazarme con que me iba a matar. Fue por esa razón por la que tuve que escapar de Fuerteventura», refiere. Santiago es un ejemplo que ilustra bien que cualquier persona se puede ver en la calle de la noche a la mañana.  «Yo tenía mi apartamento, mi vida, pero todo se esfumó. Me dejaron tirado. Mi madre no vive aquí y mis hermanos están todos casados. No he acudido a ellos porque no quiero molestarlos para nada. También lo están pasando un poco mal, así que yo no voy a ir a pedirles nada. Prefiero buscarme la vida y si se me presenta un trabajo voy de cabeza. Soy una persona que necesita estar en movimiento, no aguanto estar sentado».

Cuando Santiago habla de cómo conoció Café y Calor se le dibuja una sonrisa en el rostro. «Fue de casualidad. Pasaba por aquí porque quería darme de baja del seguro autónomo. Necesitaba tres euros para rellenar unos papeles de la Hacienda T r i b u t a r i a. Entonces, pasé por esta calle, le pregunté a una señora si alguien me podía ayudar y me explicó la finalidad de Café y Calor. Yo también tenía la necesidad de acudir a un sitio donde cenar y dormir, así que un día después de llegar con el barco desde Fuerteventura, ya tenía sitio donde hospedarme. No sé que hubiese sido de mí si no hubiera pasado ese día por aquí». Santiago es positivo a pesar de su situación actual. «A mí me gusta mirar al futuro. No soy una persona que se estanque fácilmente. Siempre me he abierto camino por tierra y mar». Profesional de cocina, ha trabajado toda su vida en la restauración. «Antes era otra época», recuerda. «Yo he llegado a dar de comer a más de 100 personas cada día. Ojalá vuelvan esos tiempos». Regresen o no los mejores momentos, algo pueden tener claro los que acuden a Café y Calor: que no están solos, que nunca más estarán solos. Que forman parte ya de una familia con un corazón enorme. Como el de Cáritas.

 

 

 

 

 

Carlos Pérez