Queridos diocesanos:

 Nuestra Santa Iglesia Catedral de La Laguna se abre de nuevo al culto, justamente cuando estamos celebrando el Centenario de su Consagración que tuvo lugar el seis de septiembre del año 1913. Ambos acontecimientos, “Centenario” y “Reapertura”, tienen una gran relevancia por tratarse del principal templo de la Diócesis. Vamos a celebrarlo con alegría y gratitud. Por eso les invito: Venid a la Catedral y

“Entrad por sus puertas con acción de gracias,

por sus atrios con himnos,

dándole gracias a Dios y bendiciendo su nombre”

(Salmo 99).

En la diócesis, la Catedral es única, es la “Iglesia Madre” de todas las otras iglesias del territorio diocesano. Es el signo visible de la diócesis entera porque es el lugar donde en modo eminente el Obispo, sucesor de los apóstoles, en comunión con el Papa y bajo la acción del Espíritu Santo, celebra los divinos misterios, ejercita el magisterio auténtico y guía por los caminos del Reino de Dios  la porción de la Iglesia que le ha sido encomendada. La Catedral ha de ser tenida como imagen visible del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, cuyos miembros –los cristianos- están unidos en la caridad y alimentados de los dones espirituales que Dios nos ofrece.

La importancia de la Catedral proviene de ser la sede del Obispo Diocesano y, como tal, es un signo de la Sucesión Apostólica, mediante la cual la Iglesia se vincula a Cristo y es acompañada constantemente por la presencia y la acción salvífica del Señor Resucitado. El Obispo es sucesor de los apóstoles y, en virtud de ello, es el Vicario de Cristo en la diócesis. Por eso, como nos enseña el Concilio Vaticano II:

“El Obispo debe ser considerado como el gran sacerdote de su grey, de quien deriva y depende, en cierto modo, la vida en Cristo de sus fieles. Por eso, conviene que todos tengan en gran aprecio la vida litúrgica de la diócesis en torno al Obispo, sobre todo en la Iglesia Catedral; persuadidos de que la principal manifestación de la Iglesia se realiza en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particular-mente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto al único altar donde preside el Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros” (Sacrosantum concilium, 41).