Francisco J. Castro
“¡Tú puedes recomenzar de nuevo, porque Él te espera. Él está cerca de ti. Él te ama. Él es misericordioso. Él te perdona. Él te da la fuerza de recomenzar de nuevo. Podemos volver a abrir los ojos, superar la tristeza y el llanto, y cantar un canto nuevo!”. Son palabras del papa Francisco, durante el Ángelus del pasado 15 de diciembre, en el que habló de una Iglesia alegre, porque “nuestra alegría es Cristo, su amor es fiel e inagotable. Cuando un cristiano se vuelve triste, quiere decir que se ha alejado de Jesús. Pero, entonces, no hay que dejar a esa persona sola. Tenemos que rezar por ella y hacerle sentir la calidez de la comunidad”.
Son palabras de gran significado teológico. Por un lado, podemos empezar de nuevo, porque Jesús está con nosotros. Es una necesidad espiritual pero también material; despojarnos del hombre viejo, para revestirnos del nuevo (Ef 4,22-24). Por otro lado, contamos con la alegría de la Iglesia y con el apoyo de la comunidad, que se encuentra en una continua esperanza (Tt 2,13); estamos acompañados por la alegría de la comunidad, necesitamos la comunidad cristiana. No se trata solamente de la esperanza en la vida futura, sino de la esperanza en una nueva existencia terrenal, que se puede producir desde ahora (Ef 2,10).
Hay muchas razones para empezar de nuevo, para una nueva vida. Porque Cristo sufrió por nosotros y nos dejó un modelo para que “siguiéramos sus huellas” (1 Pe 2,21). Él lleva sobre sí el castigo por nuestras faltas (Is 53, 4-7), y desde este momento nos preparamos para iniciar una vida apasionante, la de seguir a Jesús, la de imitarle. Durante el recorrido no estaremos solos, Cristo nos acompaña siempre, escucha nuestras oraciones y sabemos, por nuestra experiencia con el Señor, que las responde (Mt 7,7-11).
Jesús nos enseña a ser felices, nos quiere como somos, nos enseña a contentarnos con nuestro sustento (1 Tm 6,6-10), porque Él puede librarnos del materialismo y las ambiciones, ya que por encima de todo debemos buscar el Reino de Dios (Mt 6, 31-34). Dios da respuestas a todas nuestras inquietudes; lo podemos encontrar siempre en las Sagradas Escrituras (Jos 1, 7-9), y nos consuela en todas nuestras preocupaciones (Mt 6, 25-31). Y, al final, “lo mejor”, nos encontraremos con Jesús para vivir con Él para siempre (Flp 1, 21-23).
El papa Francisco insiste: “La Iglesia no es refugio para personas tristes. La liturgia resuena en la invitación a alegrarse. El Evangelio no es una alegría cualquiera, sino la de sentirse acogidos y amados por Dios. Frente al sufrimiento, que es una prueba a la que hay que responder con fortaleza, la alegría del Evangelio en todos los ambientes, en las familias y en las parroquias”. Esta es la catequesis del papa Francisco.
La Iglesia y las comunidades cristianas nos reciben y nos acogen. Porque Dios, su Hijo, nos ama, ¡nos ama tanto! (Jn 3,16).