«De nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad.

Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo.

 Hacer oídos sordos a ese clamor, cuando nosotros somos los instrumentos de Dios para escuchar al pobre, nos sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto, porque ese pobre «clamaría al Señor contra ti y tú te cargarías con un pecado» (Dt 15,9). Y la falta de solidaridad en sus necesidades afecta directamente a nuestra relación con Dios: «Si te maldice lleno de amargura, su Creador escuchará su imprecación» (Si 4,6).

Recordemos también con cuánta contundencia el Apóstol Santiago retomaba la figura del clamor de los oprimidos: «El salario de los obreros que segaron vuestros campos, y que no habéis pagado, está gritando. Y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (5,4)».

 Vivir la fe sin compromiso con la liberación y promoción de los pobres es falsear nuestra relación con Dios. Mirar para otro lado ante las necesidades de los afectados por la crisis económica o por el dolor, la muerte de los emigrantes… como si no fuera conmigo ni con mi fe, es anticristiano. El Evangelio es, a la vez, profundamente espiritual y enormemente material. En el mismo Padrenuestro está el “santificado sea tu nombre” y el “danos el pan”.

Con toda claridad nos lo dice el Papa Francisco en “La Alegría del Evangelio”.