Seguir a Jesucristo es relación con El. Implica, también y necesariamente, trabajar para que Dios reine en TODA LA CREACIÓN en forma de justicia, paz, liberación, fraternidad.

No es suficiente la limosna tranquilizante. Es precisa la decidida lucha por cambiar el mundo según la voluntad de Dios.

¿Que pasaría si millones de cristianos nos empeñamos en esta tarea?

Así lo explica el Papa Francisco:

 

“La alegría del Evangelio” nº 180.

Leyendo las Escrituras queda por demás claro que la propuesta del

Evangelio no es sólo la de una relación personal con Dios. Nuestra

respuesta de amor tampoco debería entenderse como una mera suma de

pequeños gestos personales dirigidos a algunos individuos necesitados, lo

cual podría constituir una «caridad a la carta», una serie de acciones

tendentes sólo a tranquilizar la propia conciencia. La propuesta es el Reino

de Dios (cf. Lc 4,43); se trata de amar a Dios que reina en el mundo. En la

medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de

fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos.

El mandato es: «Id por todo el mundo,

anunciad la Buena Noticia a toda la creación» (Mc 16,15), porque «toda la

creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios» (Rm

8,19). Toda la creación quiere decir también todos los aspectos de la vida

humana, de manera que «la misión del anuncio de la Buena Nueva de

Jesucristo tiene una destinación universal. Su mandato de caridad abraza

todas las dimensiones de la existencia, todas las personas, todos los

ambientes de la convivencia y todos los pueblos. Nada de lo humano le

puede resultar extraño».