Los periodistas conocemos bien los días interminables, esos en los que parece que no va a pasar nada, que sólo la agenda institucional y los temas de carril van a salvar la edición.

Sabemos también que a menudo todo cambia en pocos segundos: una visita, una llamada, un mail, un mensaje de WhatsApp… formas nuevas de generar esa inmemorial y embriagadora sensación que nos mantiene en esto que hacemos: se ha producido una noticia. Una de verdad.

Y en esas estamos los creyentes en estos días. Tras miles de años de sopor y de genialidades, la Humanidad recibió una noticia que en realidad fue un acontecimiento. Fue de noche. Después de que muchos lo soñaran durante siglos, pero sin previo aviso. Fue una visita. Fue desconcertante. Y llegó en el momento justo, cuando muchos estaban a punto de cerrar la edición de cualquier manera. Entonces, de repente, la Palabra se hizo carne y convirtió nuestra carne en un ansia permanente de palabras nuevas, de noticias preñadas de futuro. Hizo de nuestra vida un acontecimiento. De la tuya y de la de todos. Eso es Navidad: la noticia que convierte un día cualquiera en la mejor exclusiva, que transforma la vida, de laberinto en acontecimiento. Feliz Navidad.