DÍA DEL SANTO HERMANO PEDRO

El 24 de abril es el día del Santo Hermano Pedro, el primer santo de Canarias. En la víspera, el domingo, el obispo presidía en Vilaflor, cuna del santo, la eucaristía. Este lunes lo hará en el espacio religioso de la Cueva del Hermano Pedro. Será a las 19 horas.

Oremos hoy por la Misión Diocesana, de la que el hermano Pedro es uno de sus «patronos».

El hermano Pedro nació en Vilaflor, Isla de Tenerife, Canarias, en Marzo de 1626 y fue bautizado el 21 del mismo mes en la Iglesia Parroquial de San Pedro Apóstol. Fueron sus padres Amador González Betancur y Ana García, cristianos de fe bien arraigada y sincero amor a Dios y al prójimo. Pedro fue el mayor de cinco hermanos.

 

Criado y educado cristianamente, pasó su infancia y primera juventud entregado al pastoreo por los valles de la Escalona y las llanuras del Médano donde, además de hallar abundante alimento para el ganado, el silencio y la soledad del campo le brindaban el mejor ambiente para la oración contemplativa en la que fue profundizando a medida que pasaba el tiempo.

A la muerte de su padre, dejó el oficio de pastor para dedicarse a cultivar la reducida hacienda familiar, llevando una vida austera y exigente, entregado al ejercicio de la penitencia y al servicio de los demás. Mientras tanto, su madre sueña con verlo casado e intenta orientarlo hacia el matrimonio. Sin embargo, no las tenía todas consigo, ya que, con intuición femenina, había comenzado a descubrir en su hijo otros sueños que le llevaban a poner la mirada y el pensamiento en tierras lejanas. Y no andaba equivocada, porque desde el día en que oyera a su pariente Fray Luis de Betancur hablar de América, de sus selvas y sus habitantes, se despertó en Pedro el deseo de viajar a Honduras y entregarse a la tarea de anunciar el Evangelio a los pobladores de aquellas tierras.

Pedro no tiene prisa. Se toma tiempo para orar y para consultar. No quería obrar a la ligera ni dejarse llevar por un sentimiento pasajero. Visita a una tía suya, que vive en otro pueblo de la Isla, y con la que tenía una gran confianza, para exponerle sus sueños. Y ella, señalando el mar, le dice: “Debes salir al encuentro de Dios como Pedro sobre las aguas”. El corazón del joven da saltos de alegría al oír las palabras de su tía, descubriendo en ellas la voluntad de Dios sobre él.

Sin volver a Vilaflor, se dirige al puerto y emprende la travesía del Atlántico rumbo a América. Pero, antes de que el barco levara anclas, escribe a su madre, diciéndole que un amor mayor y un servicio más comprometido lo impulsan a dejarlo todo. Cuando llega a Cuba en 1649 tiene 23 años. Allí permaneció dos años.

A principios de 1651 sale de la Habana rumbo a Honduras, viajando como mozo de a bordo para pagar su pasaje. Es tal la calidad de su trabajo y tan grande su bondad que, al llegar a su destino, el capitán del barco ordena no dejarlo desembarcar. Pedro acepta la orden como expresión temporal de la voluntad de Dios sin renunciar a los propósitos que le habían hecho viajar desde tan lejos.

Unas fiebres terribles que hicieron temer por su vida movieron al capitán a dejarlo en la playa del puerto de Trujillo, en Honduras, donde lo encuentra un pescador que le habla de Guatemala. Fue como una ráfaga de luz que le hizo exclamar: “¡A esa ciudad quiero ir… me siento animado a caminar a ella…!” El 18 de Febrero de 1651 entra en la entonces muy noble y leal Ciudad de Santiago de los Caballeros (Hoy Antigua Guatemala).

Pedro llegó a Guatemala pobre y desconocido, con su salud seriamente quebrantada. Sin embargo, recuperadas sus fuerzas gracias a la ayuda material y espiritual que le brindaron algunas personas compasivas, se afianzó en su voluntad de dedicarse a los más pobres y necesitados de Guatemala.

El tiempo de convalecencia de su enfermedad fue para Pedro una experiencia durísima, viéndose obligado a pedir limosna para sobrevivir sin tener siquiera un lugar para descansar por la noche. Así compartió el destino de los muchos menesterosos que vagaban por las calles y dormían debajo de los soportales de las casas y edificios públicos. Pero este tiempo fue también para él precioso, porque le sirvió para descubrir la dura realidad de la miseria y el abandono, disponiendo su espíritu para grandes empresas en favor de los desheredados.

Recuperado totalmente de las secuelas de su enfermedad, le dieron empleo en el obraje de paños del alférez Pedro de Armengol donde trabajaban 400 esclavos y forzados provenientes de las cárceles de la ciudad. Éste fue su primer campo de apostolado como catequista. Con humildad y dulzura se gana la simpatía de aquellos hombres, que sólo conocían la desesperación y la violencia. Por la noche, mientras todos se retiraban a descansar, Pedro escogía un rincón escondido para dedicarse a la oración.

A partir de ese instante comienzan a producirse cambios decisivos en su vida. Por consejo de su confesor inicia estudios para el sacerdocio; se esfuerza día y noche, pasando horas y horas ante los libros, pero todo resulta inútil. El latín, absolutamente necesario para optar a los estudios eclesiásticos, se convirtió para Pedro en una barrera infranqueable haciéndole desistir de su deseo de ser sacerdote.

Entonces tuvo un momento de incertidumbre, siente miedo y trata de huir, abandonando la Ciudad. En Petapa entra en una iglesia y recurre a la Virgen del Rosario. Allí se disiparon sus dudas y vuelve al punto de partida.

Ya en Santiago, acepta la recomendación del Padre Fernando Espino, Superior del Convento de S. Francisco, y se retira unos días a la Ermita del Santo Calvario, recuperando su alegría y celo apostólico. En enero de 1655 viste el hábito de la Tercera Orden Franciscana Seglar. Ejerce el oficio de sacristán, teniendo una gran oportunidad de dedicarse a la oración y penitencia y a la práctica de las obras de misericordia. Terminadas sus labores en la Iglesia del Convento, se iba a visitar lo barrios de la ciudad, las cárceles y los hospitales, ayudando a todos los que podía en sus necesidades y viendo con claridad el camino para realizar la llamada que le había traído desde su Isla hasta Guatemala.

En 1658, en una casa fabricada con paja y careciendo de los medios más imprescindibles, inicia la obra que coloca bajo la protección de Santa María de Belén. La “Casita de la Virgen”, así comenzó a llamarla familiarmente, la convierte en centro de catequesis y de alfabetización para los niños de la calle, lugar de acogida para los estudiantes forasteros y refugio para los pobres convalecientes. De esta manera, “el indocto”, se convierte en el fundador de la primera escuela gratuita de alfabetización de América Central y del primer hospital de convalecientes de las colonias de España en América. Puesta su confianza en Dios, recurre siempre a la generosidad de las familias acomodadas que, por turno, proveen del alimento diario. En el deambular por la ciudad no hay dolor o miseria que no trate de remediar. Ayuda a los pobres, visita a los enfermos y a los presos, socorre a los forasteros, aconseja a las mujeres de la calle y estimula a los desocupados que están todo el día mano sobre mano por calles y plazas.

Su fama de hombre de bien se va extendiendo por toda la ciudad. La santidad del Hermano Pedro y su amor hacia los pobres atraen a un grupo de terciarios deseosos de seguir sus pasos y entregarse al cuidado de los convalecientes. Les propone un estilo de vida sencillo en el que se alternan la oración, la penitencia y el cuidado de los enfermos y necesitados. Así, casi sin pensarlo, se convierte en el iniciador de una nueva familia religiosa, que sería reconocida y aprobada por la Iglesia después de su muerte.

La espiritualidad del Hermano Pedro se centra en tres grandes misterios de la vida de Cristo: el nacimiento en Belén, la dolorosa Pasión y la Eucaristía. La contemplación de estos tres misterios le hacen ir configurándose con el Cristo que se despoja de su dignidad de Dios y busca el más absoluto anonadamiento.

Por la contemplación del sufrimiento de Cristo que se inicia en Belén, culmina en la cruz y se prolonga en la Eucaristía, el Hermano Pedro mantiene viva a lo largo de los escasos años de su vida una actitud de reparación, sufriendo con Cristo paciente y alimentando un celo ardiente por la conversión de los pecadores.

Era frecuente verlo caminar de noche por las calles y plazas de Santiago, alertando a todos con el tañido de su campanilla y su inquietante mensaje de conversión: “Acordaos, hermanos, que un alma tenemos y, si la perdemos, no la recobramos”.

Consumido por los ayunos y penitencias y gravemente afectado por una bronconeumonía, muere a los 41 años, el 25 de abril de 1667. Habían pasado 18 años desde su llegada a América. Antes de morir encomendó su obra y el grupo de hermanos que le ayudaban al que sería Fray Rodrigo de la Cruz, con anterioridad Rodrigo Arias y Maldonado, Marqués de Talamanca y Ex-Gobernador de Costa Rica, transformado milagrosamente por el ejemplo y los consejos del Hermano Pedro.

El día 25 de Julio de 1771, el Papa Clemente XIV reconoció que el Hermano Pedro había practicado las virtudes teologales y morales en grado heroico, declarándolo Venerable. Fue beatificado por S. Santidad Juan Pablo II el 22 de Junio de 1980. El 30 de julio de 2002 fue canonizado por el mismo Sumo Pontífice en una solemne Eucaristía celebrada en el Hipódromo Sur de la Capital guatemalteca con asistencia de todo el episcopado de Guatemala y muchos obispos de otras naciones americanas y ante cerca de un millón de fieles entre los que estaban presentes más de cuatrocientos canarios, la mayoría de Tenerife, acompañados por el Sr. Obispo de la Diócesis tinerfeña, D. Felipe Fernández, una representación oficial de la hermana Diócesis de Canarias, el Presidente del Gobierno Autónomo de Canarias, el Presidente del Cabildo Insular de Tenerife, los Alcaldes de Vilaflor, Granadilla y Arona y otras autoridades.

Después de más de tres siglos, el mensaje del Hermano Pedro sigue siendo de palpitante actualidad, como el mismo Evangelio, que él vivió con fidelidad y generosa entrega hasta el heroísmo, según ha reconocido la Iglesia, inscribiéndolo en el Catálogo de los Santos. Su ejemplo anima a los creyentes al compromiso de un amor de amistad con Cristo humilde y paciente; a vivir el mensaje de las bienaventuranzas y a la práctica de las obras de misericordia para con los necesitados y enfermos, procurando ser fieles a la oración y a la búsqueda y cumplimiento de la voluntad de Dios en la sencillez de la vida diaria.

2017-04-24T05:09:11+00:00