Con el tiempo de Adviento comienza un nuevo año litúrgico. Es un tiempo fuerte, ya que nos prepara para acoger dignamente a Cristo, el Hijo de Dios, que vino en persona a los hombres.

El Adviento es también el tiempo de la gran esperanza. Esperanza en el presente, porque siempre necesitamos la venida de Dios a nuestra vida. Los cristianos somos invitados a practicar la espera de los bienes divinos, y a dar esperanza ante los ojos de la sociedad. Esperanza en el futuro, porque esperamos la Venida gloriosa de Cristo Salvador y Redentor del hombre, al fin de los tiempos, para establecer definitivamente su Reino, en una actitud gozosa, hecha de vigilancia y acogida.

La Iglesia lleva repitiendo desde su origen las palabras conclusivas del Nuevo Testamento: Ven Señor Jesús; Alegraos, el Señor está cerca. Cada año se prepara para la Navidad permaneciendo vigilante y en oración. Desde la celebración litúrgica, la Iglesia nos pide encarecidamente: ¡Preparaos y convertíos, porque llega el Señor!

Durante este tiempo litúrgico se nos presentan tres grandes modelos que, a lo largo de la historia, han protagonizado de una manera más intensa la esperanza mesiánica: Isaías, Juan Bautista y María

Isaías [Domingo I]: es el gran profeta del Adviento. Él nos anuncia con gozo la salvación que Dios Padre tiene proyectada para nosotros

Juan Bautista [Domingos II y III]: se presenta como el precursor del Señor. Sus palabras de invitación a la penitencia cobran una especial actualidad a este tiempo

María [Domingo IV], es la Madre del Señor. En ella se cumple cuanto se había dicho de parte de Dios.

En el adviento se nos invita a vigilar, a que estemos dispuestos, a que preparemos el camino. Y es que el mismo Señor quiere hacerse presente en nuestras vidas, en nuestras comunidades y en nuestro mundo. Nos hace falta que venga que nos salve de tantas incertidumbres y tanto desencanto.

¡Ven, Señor! es el grito de la Iglesia en este tiempo. Al mismo tiempo tenemos que decir: ¡voy, Señor!

PEDRO FAÚNDEZ