Durante algunas horas todos pensamos que aquello había acabado para siempre. Ahora nadie quiere reconocerlo, pero entonces tuvimos miedo. Tanto que, más que temor, lo que sentimos fue una tristeza honda, inconsolable, profunda como una puerta que se abre hacia el infierno. Por ella salieron de repente todas nuestras desilusiones, nuestras pérdidas, nuestros desengaños, los dolores viejos y los nuevos. Con el aquel repentino caer del sol, a la hora nona, nos sobrevoló la tentación de pensar que cada uno de nosotros y todos juntos éramos un fracaso, un experimento fallido de no se sabe bien qué dios sádico y traicionero.

Pero no. Aquello duró sólo un instante, el tiempo necesario para recordar de qué frágil barro estamos hechos. Apenas tres días de tinieblas y tierra. “Que la tierra te sea leve”, le dijeron algunos al nazareno. Pero luego vino la luz y el aire fresco. Y se hizo de día para siempre. Y entonces lo supimos: hemos nacido para la alegría. Nuestra vocación es la fiesta eterna, un abrazo firme y sin reservas con quien nos sacó de la nada e hizo de nosotros algo. Algo muy bueno.

En el principio de los cielos nuevos y la vida nueva era la alegría. Y ahora toca contar esta verdad a quienes peregrinan y siguen buscando. Cristo, que derrotó a todos los males que buscan la caída del hombre, nos ha susurrado al calor de la mañana que vayamos al mundo entero y lo contemos: que nunca más será la noche eterna, que ningún dolor quedará sin consuelo, que ningún abismo de los mil que inventamos cada día marchitará la alegría.

Feliz Cristo en todos. Cristo en cada uno. Feliz Pascua.