IN MEMORIAM: D. Carlos González Quintero (1936-2016)

La muerte nos hiere a todos antes o después. Y pasamos de la sospecha a la certeza cuando vemos morir a quienes han sido pieza decisiva en nuestra vida. Nuestros padres, nuestros maestros…, nuestros pastores. Hoy ha muerto mi párroco. 

Fue un hombre de fe. Jovial, cercano, con esa tímida socarronería que sabía más por lo que callaba que por lo que decía. Sensible y detallista, a quien enseñaron una forma de ser sacerdote que ejerció responsablemente hasta el último día de su vida.

 
Un sacerdote que muere con las botas puestas, queriendo ir a celebrar la Misa de ocho en el Santuario del Cristo porque “(…) es mi mayor felicidad”. Lo que no hacía lo dejaba hacer. Austero en su porte y rico para quienes necesitamos en alguna ocasión un empujón material. Y todo, y siempre, con ese aroma a tabaco puro hecho en La Palma que sabía disfrutar y que le aceleró la muerte. 

No serán pocos los que le echarán en falta. Por donde pasaba, pasaba un aire fresco de buen ambiente, de cordialidad, de cercanía. Extraño a la crítica y a enfados duraderos. Una sonrisa y una preocupación por los otros. Siempre un reconocimiento de los demás, una felicitación, un estímulo. Hoy ha muerto mi párroco.

No puedo evitar recordar en este día la respuesta que me dio el día que le dije que quería ir al Seminario. No puedo evitar recordar en este día la primera vez que hice una lectura en el Santuario del Cristo en Icod. “No te apures, al principio a todos les cuesta”. No puedo evitar recordar en este día aquella exigencia educada y firme apelando a una vida en humildad que se dejara ayudar: “Aprende a ser humilde”. No puedo evitar recordarlo en este día.

En este Año Jubilar extraordinario de la Misericordia al que nos ha convocado el Papa Francisco ha muerto mi párroco. Un sacerdote que supo habitar el confesonario. Que supo en él ser padre y hermano. Un sacerdote de los que manifiestan, como nos enseña el Papa, que Dios nos espera siempre y que perdona siempre; que no se cansa de perdonar.

Me quedo con una anécdota que le escuché contar y en la que reconozco la fe firme de D. Carlos en la presencia de Jesús en la Eucaristía. Le llamaron en una ocasión para llevar la comunión a un enfermo moribundo. El sagrario más cercano a la Casa Parroquial de Icod de los Vinos era el de la Iglesia de San Agustín. Y allí fue a buscar al Señor. La noche era de lluvia y viento. Y aquella Iglesia a oscuras hacía silbar de forma grave la mala noche. Una corriente de aire hizo que la puerta se cerrara de un golpe generando un eco terrible en la Iglesia. “Me asusté, y ante el miedo me agarre con fuerza al copón del Sagrario sabiendo que allí no me podía pasar nada malo”. Y así fue, agarrado del copón, obsesionado por dar la comunión en los despistes últimos, murió hoy mi párroco.

¡Cuántas veces le escuché decir en las misas de difuntos “nuestro recuerdo convertido en oración”! Pues eso quiero hacer:
 

Señor, Dios Padre Todopoderoso. Hoy ha muerto mi párroco. Acógelo en tu seno trinitario por los méritos de tu Hijo Jesús, a quien entregó su vida como presbítero. Que el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos, lo levante a la comunión definitiva en Ti. Escucha, Padre, la oración que María, la Madre de Jesús, te eleva intercediendo por quien fue, tantos años, alter christus, con orgullo y alegría, porque “(…) había elegido una heredad que le alegró la juventud”. Perdónale sus pecados y abrázalo eternamente. Quiso ser fiel. Dale el premio a la fidelidad. No sólo comió la carne y bebió la sangre de Jesús en la Eucaristía, sino que la entregó a tantos otros que hemos crecido en la fe contemplando su mirada. Tú eres el Dios de la vida y el Señor de la historia. Acoge en tu Reino a mi párroco. A Ti, eterno Padre, en la unidad del Espíritu y comunión con tu Hijo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. Amén.
 
Juan Pedro Rivero