El Cristo del Naufragio de la parroquia de Taganana inspiró el pregón de la Semana Santa de la capital tinerfeña.
Juan Pedro Rivero fue el encargado de realizar su lectura en la parroquia de S. Francisco. En el templo se encontraban el obispo y el alcalde de S/C de Tenerife. La cita contó también con la actuación de la Coral Polifónica del Círculo de la Amistad XII de Enero.
Tres fueron las ideas que resaltó el Rector del Seminario en su pregón, partiendo de lo que llamó una «historia sorprendente de 1898», que hacía referencia a la «llegada» a la isla y al templo de Nuestra Señora de Las Nieves, en Taganaga, de la imagen del Cristo del naufragio.
1. Cristo también naufragó en las costas santacruceras. Hubo víctimas mortales. Algunas personas no llegaron al puerto esperado. Tampoco Cristo. Su imagen evocadora también encalló y sufrió el oleaje del mar. La encarnación del Hijo de Dios no fue de mentirijilla, o una teatralidad histórica. Él puso y pone su tienda en medio de nosotros.
2. La imagen de Cristo nos habla de salvación. Lo encontraron en la costa, en la arena. Encajado, como un cadáver
en su ataúd, encontraron en la arena la imagen del Cristo. Sin nombre, sin otro destino que ser salvado por un hombre sencillo. Aquel naufragio fue su seña y su nombre. Es curioso que el dolor de un crucificado sea la fuente del alivio y la salvación.
3. Nuestros naufragios personales tiene una costa segura. Porque existen; porque los tenemos… No todo en nuestra vida atraca exitosamente en los muelles del triunfo. Hay zozobra y daño, hay enfermedad y fracaso. Y hay dos actitudes vitales: la del mundo que se desespera y suicida borracho de sinsentido y la de Cristo que asume la orilla adecuada para salvarnos.
Sonido. Relato
En una madrugada tormentosa de fuerte oleaje y de escasa visibilidad, debido al polvo en suspensión procedente del Sáhara, El Flachat, un barco de vapor de la línea francesa Compagnie Genérale Transatlantique, encalló en las abruptas costas de la Punta de Anaga, en su travesía desde Europa a América.
Ocurría el miércoles 16 de abril de 1898 y la ayuda no se hizo esperar. El torrero del faro de Anaga oyó, repetidas veces, la desesperada señal de socorro que emitía la bocina, pero fue el pequeño barco de vapor Susu, procedente del puerto de Santa Cruz, el que consiguió llegar al lugar, aunque era demasiado tarde. La nave, debido al incesante batir de las olas contra los bajíos rocosos donde había encallado, se había partido en dos y se hundía en las agitadas aguas.
Sólo se pudieron salvar 14 personas que se encontraban en un pequeño barco salvavidas. No se encontró a ninguno de los pasajeros restantes, mujeres y niños incluidos. La prensa internacional, entre ellos el New York Times, se hacía eco de esta tragedia y comunicaba que, en el naufragio, desaparecían 87 personas, de las cuales 38 eran miembros de la tripulación y 49 pasajeros. Se había salvado el capitán, el segundo oficial, 11 miembros de la tripulación y un pasajero.
Sorprendentemente, tres días más tarde, el 19 de febrero, se encontraron otros 9 supervivientes del Flachat en las costas de Anaga, agarrados a un saliente rocoso, desorientados y exhaustos, pero vivos. Poco después del naufragio, vecinos del cercano pueblo de Taganana encontraron, en la orilla, una caja de madera que contenía una imagen religiosa de un Cristo Crucificado, de buena talla, procedente de la escuela francesa.
Cuentan que, uno de ellos, al comprobar que no se trataba de un tesoro, le dio una patada al Cristo en una pierna y, desde entonces, y como castigo, quedó cojo; pero esto es sólo una leyenda. La imagen fue conducida a la iglesia de Nuestra Señora de Las Nieves, donde aún permanece, llamada desde entones “Cristo del Naufragio”.