Bajo el lema: “acompañar y fructificar” estamos iniciando un nuevo y singular curso pastoral. No es un periodo cualquiera el que se ha abierto. La Misión diocesana comenzará en noviembre su fase celebrativa.
Estos meses han de ser de intensa oración, discernimiento y programación. La Misión afecta a todo y a todos, pero ahora, de un modo preferente, recae en las parroquias. “Hoy en el «id» de Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva «salida» misionera. Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio. ( EG 20).
Sacudirnos la rutina pastoral es un reto no menor. Dejar que Dios convierta nuestra mente y corazón es imprescindible. Además, es necesaria “una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están” y una “reforma de las estructuras” eclesiales para que “todas ellas se vuelvan más misioneras”. El obispo de Roma ha reiterado en no pocas ocasiones que prefiere una Iglesia “herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia… preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente… es que tantos hermanos nuestros vivan sin la amistad de Jesús”.
Ello requiere, entre otras cosas, que todos los diocesanos cultivemos mejor las motivaciones interiores que nos permitirán ser mejores discípulos misioneros de la alegría del evangelio. El móvil primero, el más grande, el que da sentido y finaliza todos los demás, consiste en buscar lo que Cristo busca y en amar lo que Él ama. Y lo que Cristo busca y ama no es otra cosa que la gloria del Padre (EG 267).
El segundo motivo que legitima y urge la evangelización es “el gusto espiritual de ser pueblo”. El gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que ese hecho es fuente de un gozo superior. “La misión es una pasión por Jesús, pero, al mismo tiempo, es una pasión por su pueblo” (EG 268).
Tiempo es de acompañar y fructificar. Recordemos las reflexiones finales de la Carta Pastoral que introduce el PDP: A «todos» dijo Jesús, a todos, vayan y anuncien; a toda esa vida como es y no como nos gustaría que fuese, vayan y abracen en mi nombre.
- Vayan al cruce de los caminos, vayan… a anunciar sin miedo, sin prejuicios, sin superioridad, sin purismos a todo aquel que ha perdido la alegría de vivir, vayan a anunciar el abrazo misericordioso del Padre.
- Vayan a aquellos que viven con el peso del dolor, del fracaso, del sentir una vida truncada y anuncien la locura de un Padre que busca ungirlos con el óleo de la esperanza, de la salvación.
- Vayan a anunciar que el error, las ilusiones engañosas, las equivocaciones, no tienen la última palabra en la vida de una persona. Vayan con el óleo que calma las heridas y restaura el corazón».