La Catedral de La Laguna acogió este miércoles 19 de febrero, el III Encuentro con las familias de los sacerdotes de nuestra diócesis.
Tras la acogida, el deán de la Catedral, Juan Pedro Rivero impartió una charla titulada “Sacerdotes y familia en 200 años de historia”. Posteriormente, se celebró la Eucaristía presidida por el obispo.
Monseñor Álvarez destacó que muchas veces, en el seno de la familia, es donde descubrimos a Jesús y donde aprendemos las primeras oraciones. “Eso es como un cultivo que, en un momento determinado, de una manera consciente y libre, nos ayuda a decir sí al Señor. Sí a lo que él quiera de nosotros”.
El prelado recordó que en la misa de apertura del Año Jubilar, al repasar la historia de estos 200 años de la diócesis, rescató el testimonio de sus padres. “Ellos no solo me dieron a Dios, sino que me testificaron el amor a Cristo. Me iniciaron en la fe y me prepararon para decir mi “sí” al Señor”.
En este sentido, el obispo recordó varias anécdotas emotivas de su vocación sacerdotal y el papel que jugó, sobre todo, su madre. “Estaba estudiando Aparejadores y sentía que el Señor me quería por otro camino. Volví a La Palma. Mi madre estaba viuda porque mi padre había fallecido cuando yo tenía 13 años. Le dije lo que iba a hacer y no lo comprendió. Me dijo, conmigo no cuentes. Pero yo ya había hecho el discernimiento y lo tenía todo decidido”. Álvarez indicó que más tarde, regresaría a la isla bonita por Semana Santa. Por entonces, su madre ya había interiorizado la situación. “Recuerdo que me preguntó que si para ir al Seminario no había que marcar la ropa. Es decir, una mujer de fe que, lógicamente, quiere lo mejor para sus hijos y que cuando ve que tú eres feliz, se vuelca”.
Antes de la misa, Juan Pedro Rivero también había destacado varias ideas en torno a la familia. Al comienzo de su intervención, indicó que en estos últimos dos siglos, “han ocurrido muchísimas cosas importantes para nuestra vida de discípulos de Jesús, aquí, en nuestras islas, las occidentales del Archipiélago de Canarias. Este ejercicio de perspectiva histórica nos ayuda a relativizar, por un lado, y a valorar nuestra comunidad eclesial en su cercana dinámica familiar de 5 generaciones. Somos una familia que tiene historia. Y nuestra historia familiar nos ubica en la identidad y en la apertura universal a la Iglesia de Cristo. Es muy hermoso sentir este vínculo fraterno con quienes conocieron, amaron y siguieron a Jesús en nuestra cercana biografía familiar”, expresó.

El deán de la Catedral realizó una reflexión sobre la importancia de la familia en la vida del sacerdote para concluir con un texto autobiográfico del Obispo Franco Cascón. “Un texto digno de recuerdo por el subrayado que hace a su familia”, indicó Rivero. En el mismo, el Obispo Cascón exponía: “(…) Mi origen es de familia bien acomodada en intereses de fortuna, pero mucho más brillante por la nobleza de sus sentimientos religiosos y espíritu de solidez cristiana a toda prueba. Merced a tan envidiable bendición celestial recibí una educación esmerada. Desde jovencito comencé a visitar las escuelas del pueblo; talento, es verdad, Dios me había dado, pero ligero, y de espíritu altanero: el maestro, por esto, castigaba no pocos ímpetus de brillo y de querer aparecer (…). En medio de mis ilusiones juveniles de dominar a los demás (…) conservaba las prácticas piadosas que me enseñó mi querida madre al dar mis primeros pasos (…). Y sentía un atractivo especial, al ver a ciertos sacerdotes que subían al púlpito a predicar a Jesucristo (…)”.
La jornada culminó con un almuerzo en los salones de La Concepción.
