
Ayudar a los demás, salir a la calle, buscar al que necesita ayuda, saber escuchar al que no tiene quien le escuche y compartir experiencias de vida, me llena y me hace feliz.
Hace cinco años, me ofrecí como voluntaria en la parroquia de Santa María de Añaza y comencé a impartir un taller que se llamaba «Madres e Hijos». Se trataba de formar a madres adolescentes con cargas familiares. Este grupo de chicas, tenía la difícil tarea de sacar solas a sus hijos para adelante con escasos recursos económicos.
Así que nada mejor que empezar a trabajar la autoestima para, después, empezar a profundizar en el cuidado de los hijos, la búsqueda de empleo, la higiene del hogar, etc. Para mí, eso supuso, sin lugar a dudas, un esfuerzo añadido a mi vida, ya que tengo una hija pequeña que también requiere de mis cuidados, pero estoy convencida que eso también me impulsó, de alguna forma, a querer involucrarme con quien necesitaba una mano amiga. Así que, sin dudarlo, me lancé a la aventura, desde el convencimiento de que todo puede ser compatible cuando se trata de ayudar a los demás.
Con el tiempo, me fui involucrando más en el servicio parroquial. Además, se despertó en mí la curiosidad de aprender. Entendí entonces que había llegado el momento de estudiar Ciencias Religiosas, algo que siempre me había llamado la atención pero que, por diversas circunstancias, fui posponiendo. Ahora, por fin, una vez finalizados los estudios, puedo garantizar que ello ha supuesto un importante paso en mi vida como cristiana, como persona y sin lugar a dudas, en mi vida profesional, ya que ha supuesto un verdadero esfuerzo de mis valores.
En el mes de abril comenzó en Añaza el proyecto de Cáritas «APJ» ( Añaza por sus jóvenes). Jose Félix, nuestro párroco, me planteó la posibilidad de que fuera yo la coordinadora de dicho proyecto. Eso supuso un cambio radical en mi vida ya que suponía la responsabilidad de hacerme cargo de un proyecto novedoso donde debía hacerme cargo de la formación, en todos los aspectos de 24 jóvenes con muchas dificultades. Evidentemente acepté muy ilusionada y sin ningún tipo de dudas. Este es un proyecto lleno de energía, de vida, de ilusión, de mirar, o por lo menos intentarlo, a un futuro mejor, de tratar de encontrar para ellos una segunda oportunidad en la vida, enseñándoles el camino del bien, la amistad, la tolerancia, la ayuda a los demás, la recompensa al esfuerzo, etc. Todo ello desde el pleno convencimiento de que obrando así, nos acercamos más a Dios.
Ellos no me dan tregua, mi WhatsApp está en línea continuamente porque los problemas y las situaciones complicadas, no tienen tregua para ellos. Sus miedos, sus angustias, sus inseguridades, me invitan a superarme día a día en mi quehacer como educadora pero, sobre todo, como amiga, donde una palabra de cariño, un abrazo o simplemente una sonrisa, puede colmarles un instante de felicidad.
Cierto es que a veces toda esa energía que usas en ayudar a estos jóvenes, o en general a los demás, es energía que se te resta. Pero se recupera fácilmente porque sientes que tu espíritu se encuentra a plena disposición para continuar en esa lucha, una lucha constante, en la que entras y de la que no puedes desengancharte.
Cuando me preguntan ¿qué horario tienes en «APJ»? Respondo que no cerramos porque siempre hay algo que hacer. La vida en nuestra comunidad de Añaza, no da tregua para la relajación, día a día, minuto a minuto, siempre encuentras algo que hacer. Muchas veces me pregunta gente por qué hago más horas de las que me corresponden y mi respuesta es sencilla. Esto me gusta, me llena y disfruto plenamente.
Me siento bien y deseo que Dios me dé salud y como mínimo las mismas energías para poder seguir adelante en esta labor tan maravillosa a la que se me ha encomendado.