
Sor Isabel Calvo Calvo es una monja de 95 años que pertenece a las Siervas de María. El próximo 13 de diciembre cumplirá 75 años como consagrada. Natural de Zamora, lleva en Canarias más de 50 años de misión. Nació en 1921 en Algodre, en una familia humilde y religiosa.
Siente la vocación en tiempo de la guerra civil al irse a vivir con una hermana a Zamora. Allí asiste a unas clases impartidas por un canónigo que se realizaban en el colegio llevado por las Hermanas del Amor de Dios. En ese contacto con las hermanas, surge en ella el deseo de ser monja. “Un día que iba a clases, me encontré sola en el pasillo y salió una monja y me preguntó: ¿A dónde vas Isabelita? Yo le dije: A clases. Pero ella me dijo que no había ese día. Me puse muy triste y ella me animó a que ya viniese al día siguiente. En ese momento, sentí como una punzada en el corazón y desde entonces Dios me tocó hondo. Ya no quería ir a ningún espectáculo para niños o algo parecido, sino a la iglesia y a rezar”. Cuando sucedió esto, Isabel tenía sólo 14 años. Por aquel entonces, conoció a las Siervas de María por mediación de una señora de Zamora que le presentó su hermano que en ese tiempo era seminarista. Tras varios encuentros, manifestó su deseo de ser una de ellas. Tardó dos años en entrar en el postulantado y con 19 años hizo sus primeros votos.
Sor Isabel ha estado destinada en Azpeitia, Sevilla, Madrid, Granada, Coimbra, Lisboa, Gran Canaria, Santa Cruz de Tenerife y, por último, en La Laguna. De su ministerio como visitadora de enfermos tiene muchas experiencias y recuerdos gratos. “He disfrutado y sigo disfrutando mucho con la oración íntima con Cristo. Para ello siempre he leído muchos libros”.
Pero no todo fue fácil para esta hermana. “Lo que más me costó fue velar toda la noche y la ida y venida a la casa. No el hecho de estar con el enfermo, sino el salir de casa y el venir. En ocasiones, los muchachos nos decían cosas al ver una monja joven. Yo tenía miedo, pero no era grato”.
En definitiva, un testimonio de humanidad y entrega plena a Dios. A un Dios que sale al encuentro en lo que menos esperamos y en lo más sencillo. Una persona que con 95 años tiene un espíritu que agradece a Dios “que me haya sostenido en tantos sitios diferentes y me haya mantenido tan contenta. Con los de casa y con todos”.