«Si no te lavo, no tienes parte conmigo» Carta del Obispo ante la Semana Santa

De nuevo, ante nosotros, la Semana Santa que, en el ámbito de la Iglesia es la celebración más intensa de todo el año. En ella celebramos el núcleo de nuestra fe: La pasión y resurrección de Cristo, que se entrega a la muerte por amor a cada uno de nosotros; es lo que llamamos las Fiestas de Pascua, es decir, el «paso» de Cristo de la muerte a la vida y de nosotros con Él.

Quisiera haceros una pregunta, decía el Papa Francisco el año pasado, «¿Qué fiesta es la más importante para nuestra fe: La Navidad o la Pascua? La Pascua, porque es la fiesta de nuestra salvación, la fiesta del amor de Dios por nosotros, la fiesta por excelencia, la celebración de su muerte y Resurrección».

Al tratarse de una fiesta con arraigo social, más allá de lo estrictamente religioso, muchas personas aprovechan estos días para tomarse unas pequeñas vacaciones, para el descanso y la diversión, y permanecen indiferentes a lo esencial de la Semana Santa. Otros la ven como una tradición cultural, como una creencia de algunos, como algo heredado de nuestros padres que forma parte de nuestra cultura y, entendiendo así las cosas, participan como espectadores que admiran y valoran las manifestaciones de nuestra fe.

En cambio, los que hemos conocido y creído en Jesucristo, sabemos que el cristianismo y sus celebraciones son mucho más que una «tradición religioso-cultural», pues, la fe se fundamenta en un encuentro personal con Cristo que me amó y se entregó a sí mismo por mí, por amor a mí, por amor a cada ser humano. Por eso, estamos llamados a celebrar la Semana Santa sin olvidarnos de lo esencial: Dedicar tiempo a la oración y la reflexión en los misterios de la Pasión y Muerte de Jesús y, así, aprovechar todas las gracias que esto nos trae. Debemos darle a Dios el primer lugar y participar con fe en toda la riqueza de las celebraciones litúrgicas y en las procesiones.

La Semana Santa no es una representación o aniversario de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, ni siquiera celebramos simplemente los hechos del pasado. En Semana Santa Cristo en persona está presente en medio de nosotros con toda su fuerza salvadora y nosotros nos acercamos a Él como quien va a una fuente en busca de agua para saciar la sed. Si nos encontramos con Cristo, si nos empapamos y absorbemos el agua viva que es Cristo, la salvación acontece en nuestra vida.

Al participar en los actos de la Semana Santa, damos culto a Dios, ciertamente, pero es mucho más lo que recibimos de Él, que no deja de recordarnos: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn. 10,10). Cristo quiere encontrarse personalmente con cada uno de nosotros. El Señor está cerca y nos dice: «No he venido a ser servido, sino a servir y dar la vida en rescate por muchos» (Mc. 10.45). No dejemos pasar la oportunidad de «contactar con él» para que en esta Semana Santa tengamos un encuentro profundo con Cristo y Él pueda hacer cosas grandes en nuestra vida personal y, por medio nuestro, hacer cosas grandes por los demás.

Al comienzo de la Cuaresma, con palabras de San Pablo, la Iglesia nos dice, «os lo pedimos por Cristo: dejaos reconciliar con Dios… mirad, ahora es el tiempo de la gracia, ahora es el día de la salvación». Se nos indica así que Dios, compasivo y misericordioso, cuando por desobediencia nos apartamos de Él, no nos abandona al poder del pecado y de la muerte, sino que compadecido tiende la mano a todos y nos invita a recurrir confiadamente a su clemencia.

Toda la Cuaresma, tiempo de preparación para celebrar la Semana Santa –que abarca desde el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo a mediodía– es un tiempo de «gracia y salvación», un tiempo de «puesta a punto de nuestra vida», una especie de ITV personal, «un lavado a fondo»; en definitiva, un tiempo para volvernos más intensamente a Dios y dejar que nos lave. Así, renovados y rejuvenecidos por la gracia de Dios, estamos en disposición para continuar en adelante nuestra vida cristiana con mayor autenticidad.

«Dejaos reconciliar…» Dios nos busca y nos ofrece su perdón, como el Buen Pastor que busca la oveja perdida. Dios se hace el encontradizo, nos habla al corazón. A nosotros nos toca dejarnos encontrar, dejarnos reconciliar con Él aceptando su perdón. Porque, a veces, nos puede pasar como a San Pedro, cuando Jesús quiso lavarle los pies y él se opuso, diciendo: «No me lavarás los pies jamás». Pero, cuando Jesús le dijo: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo», Pedro enseguida comprendió que su relación con Jesús estaba en peligro e inmediatamente respondió: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza» (cf. 13,6-10).

Hoy sabemos que este lavado integral de nuestra vida, lo hace Jesús por medio de su Iglesia, especialmente por los sacramentos, entre los cuales –a la hora de limpiarnos por dentro- tiene especial relevancia el Sacramento del Perdón, en el que –reconociendo nuestra culpa y con arrepentimiento, confesamos nuestros pecados- obtenemos el perdón de Dios y se realiza en cada uno aquella petición del Salmo 50: «Por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado». En el Sacramento del Perdón, acontece la Pascua en nuestra vida personal, pasamos de la muerte (el pecado) a la vida (una vida dedicada a las buenas obras).

Será así como en la Semana Santa podremos tener un verdadero y profundo encuentro con Cristo, un encuentro personal que nos renueva y que ilumina todos los aspectos de nuestra vida. «Un cristiano, si verdaderamente se deja lavar por Cristo, si verdaderamente se deja despojar por Él del hombre viejo para caminar en una vida nueva, ya no puede vivir con la muerte en el alma y tampoco ser causa de muerte» (Papa Francisco).

En efecto, si alguien está en Cristo es una criatura nueva, a imagen del propio Cristo (cf. 2Cor. 5,17) y, por tanto, no puede ser causa de daño para nadie sino, al contrario, procurar el bien de todos poniendo en práctica el mandato de Jesús: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». Como dice San Pablo, «uno que ama a su prójimo no le hace daño» (Rom. 13,10).

Necesitamos ser lavados por Cristo, para tener un corazón sano y libre de toda maldad. Lamentablemente, los seres humanos nos hacemos daño unos a otros. Por acción y omisión somos la causa del sufrimiento de muchas personas. Y todo procede de nuestro interior, de ese interior que necesita ser lavado. Como nos dice Jesús, «de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro» (Mc. 7,21-23).

Pongamos la mirada en Cristo crucificado, él fue víctima de personas con un corazón perverso, también nosotros hemos puesto nuestras manos sobre él, pues cada vez que hacemos daño a los demás, a Cristo se lo hacemos. Como decía, San León Magno, por la maldad de los hombres, «la Pasión del Señor se prolonga hasta el fin del mundo». Y Pascal lo expresó así: «Jesús está en la agonía hasta el fin del mundo. No podemos dormirnos durante todo ese tiempo».

Mirando al crucificado, pidamos: «Señor, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro», para que lejos de ser causa de sufrimiento para nadie, sea como tú consuelo para los afligidos con mis palabras y mis actos. Dame un corazón capaz de compartir la humillación de aquellos que todavía hoy, como tú, Señor, están en el sufrimiento, en la desnudez, en la necesidad, en la soledad, en la muerte. Conviérteme, por tu gracia, en instrumento de rescate y de esperanza, en testigo de vida y de resurrección.

Sí hermanos, no dejemos de mirar desde dentro a Cristo crucificado. «Dicha mirada, fijada con perseverante amor y sincera gratitud, nos impulsa a ir hacia las periferias existenciales, culturales y sociales donde vive nuestra gente. Es allí, de hecho, donde encontramos en forma significativa su rostro y nos podemos hacer cargo de sus llagas, que reconocemos que están abiertas en las innumerables heridas de nuestros hermanos y de nuestras hermanas (Papa Francisco).

Cristo nos quiere lavar, dejemos que lo haga, pidámosle que lo haga. Con mi bendición, que la paz de Cristo llene el corazón de todos.

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

2019-04-16T08:41:02+00:00