“Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones”

«Doblo las rodillas ante el Padre, pidiéndole que os conceda por medio de su Espíritu robusteceros en lo profundo de vuestro ser, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento»[Carta a los Efesios. 3,14-17]

De nuevo, con el mes de septiembre, llegan las Fiestas en Honor del Santísimo Cristo de La Laguna. A lo largo de 500 años, la presencia de esta singular imagen de Cristo crucificado ha generado una gran devoción en los fieles de las sucesivas generaciones. Y, esto, hasta el punto que la imagen toma el nombre de la Ciudad que le acoge, una ciudad que lo siente “como suyo” y lo llama “Cristo de La Laguna”.

Así se explica la excelencia de las Fiestas del Cristo, en las que junto con las celebraciones propiamente religiosas, se realizan diversos actos culturales, deportivos y lúdicos en general. Todo ello para “honrar” al Cristo de Laguna.

Pero, Jesucristo no es una escultura inerte, hecha por manos humanas, sino Aquél que prometió estar con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos (cf. Mt. 28, 20). ¡Cristo vive!

Por eso, más allá de la reconocida belleza de la imagen y de su extraordinario valor histórico-artístico, lo más importante es que con su fe y devoción los fieles de la ciudad San Cristóbal de La Laguna y de otros lugares, a través del Santísimo Cristo, expresan su fe y pertenencia a Jesucristo el Hijo de Dios, que se hizo hombre naciendo de la Virgen María, que murió y resucitó, que vive para siempre y quiere habitar y reinar en el corazón de cada uno.

Acoger a Cristo, creer en Él y ser su discípulo, implica pensar, sentir y actuar como Él. La mejor manera “honrar a Cristo” es acogerlo interiormente e identificarnos con Él. Le hacemos fiesta porque es el Señor nuestra vida, porque lo llevamos en el corazón y queremos agradecerle su amor por nosotros.

Me viene a la memoria lo que le ocurrió a Santa Teresa cuando era superiora en el Monasterio de la Encarnación en Ávila. Un día bajaba por las escaleras y tropezó con un precioso niño que le sonreía. Teresa sorprendida por ver a un pequeño dentro del Convento se dirige a él y le pregunta: “¿Y tú quién eres?”. A lo que el niño le responde con otra pregunta: “¿Y quién eres tú?”. Ella le dijo: “Yo soy Teresa de Jesús”.Y el niño, con una amplia y luminosa sonrisa, le dice: “Pues, yo soy Jesús de Teresa”.

Aquel “niño” era el propio Jesús que se manifestó a Santa Teresa para expresarle la relación de pertenencia mutua que se da entre dos personas que se quieren. Teresa, al consagrarse monja, tomó el nombre de “Teresa de Jesús”, para expresar que no era dueña de sí misma, sino que era “de” Jesús, es decir, que pertenecía a Él. Y, en reconocimiento de esta entrega, Jesús se le manifestó en aquél niño para decirle “yo, también soy tuyo, pues, me he entregado por ti”. Santa Teresa era consciente de esta realidad y agradecida llevaba siempre a Cristo en su corazón.

A esta experiencia de Santa Teresa debemos aspirar también nosotros y poder decir con verdad: “Yo soy de Cristo” y “Cristo es mío”. Ser de tal manera el uno del otro que, como San Pablo, podamos decir: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gal. 2,20).

Llegar a este nivel de identificación con Cristo no es fácil. Supone un proceso de renuncia al “propio yo” para incorporar a nuestra vida los pensamientos y los sentimientos de Cristo y, en consecuencia, vivir como Él vivió. Como nos enseña San Juan: «Quien dice que cree en Él, debe vivir como vivió Él» (1Jn. 2,6).

En esto consiste la esencia y la grandeza de ser cristiano. Todo lo que hacemos en la Iglesia: la predicación de Palabra de Dios, las celebraciones religiosas y la práctica del amor fraterno, no tiene otra finalidad que ayudarnos a “que cada cristiano viva como vivió Cristo”.

Llegar a “vivir como vivió Cristo” nos puede parecer algo inalcanzable, pero, como le dijo el Ángel Gabriel a la Virgen María, “para Dios nada hay imposible” (Lc. 1,37). Por eso, confiados en el poder de Dios, hacemos nuestra la súplica de San Pablo y pedimos los unos por los otros:

«Doblo las rodillas ante el Padre, pidiéndole que os conceda por medio de su Espíritu robusteceros en lo profundo de vuestro ser, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento»[Carta a los Efesios. 3,14-17]

Pablo pide a Dios que los creyentes sean fortalecidos por su Espíritu. Que los creyentes dejen que el Espíritu Santo obre en ellos. Que Dios les dé, interiormente, poder y fuerza por medio de su Espíritu. El propósito de que sean fortalecidos es para que habite Cristo por la fe en sus corazones. Así lo que nos parece imposible se realizará: vivir como Cristo.

Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones. La presencia de Cristo en el corazón del cristiano es vital para el fortalecimiento de su vida. El fortalecimiento del ser interior viene cuando Cristo fija su residencia permanentemente en el interior de una persona. Así, como en Cristo, el amor será nuestra raíz y nuestro cimiento.

La palabra “habitar” no es solo estar en el interior de la casa, que es el corazón del creyente, sino de “estar allí como en casa”, totalmente instalado como un miembro de la familia y no como un extraño o un usurpador. Hay que acogerlo y dejar que Cristo habite en nuestra vida.

Cristo no podrá estar bien en un corazón que no sigue su palabra. Si nuestra vida cristiana no es lo que debe ser, es porque está dominada por el pecado. En esa situación es necesario el arrepentimiento y pedir perdón al Señor. Si queremos honrar a Cristo debemos acogerlo en nuestro corazón y, para ello, en necesario guardar sus mandamientos, pues, el mismo nos dijo: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn. 14,23).

Dejemos que Cristo habite en cada uno por medio de la fe y la obediencia a su palabra. Es hora de limpiar nuestra casa para que Cristo habite en nosotros como debe ser. Ante la imagen del Santísimo Cristo de La Laguna dejemos resonar estas palabras del mismo Cristo en nuestro interior: «Conozco tu conducta… yo, a los que amo, reprendo y corrijo; se, pues, ferviente y arrepiéntete. Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo»

(Apoc. 3,19-20).

San Pablo decía, «todo lo puedo en aquel que me conforta» (Filp. 4,13). La fortaleza de los cristianos está en la presencia de Cristo hasta en lo más íntimo de nuestra vida. Esto acontece de modo pleno cuando, limpios de pecado, lo recibimos en la comunión: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí».

(Jn. 6, 56-57).

Cuán admirable es que Cristo viva en nuestros corazones, que se sienta como en casa, que gobierne nuestras vidas y nosotros le obedezcamos. Dejemos que todas las áreas de nuestra vida estén llenas de la presencia de Cristo, así, haremos una gran fiesta en su honor. Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones.

Es lo que deseo para todos.

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

2019-09-09T07:21:52+00:00