Este mes hemos querido colarnos en el seminario diocesano para descubrir algunos de sus secretos y desmontar algunos de sus mitos.

Tres seminaristas de tres edades diferentes y de tres municipios distintos nos hablan de su día a día en el seminario, de las tareas más agradecidas, y nos hablan de su vida antes y durante su estancia en el seminario y lo que esperan a su salida.

Gonzalo tiene 41 años y está en cuarto curso y reconoce que siempre ha querido ser sacerdote: “Recuerdo que siempre que me lo preguntaban, solía decir que quería ser sacerdote.  Poder estar con las gentes, y poderles servir de ayuda, pero sobre todo Cristo, que es por el que te sientes llamado a esta vocación”.  Una de nuestras preguntas les hacía regresar al instante en el que decidieron convertirse en seminaristas, una decisión para la que hay que estar muy seguro, pero… ¿qué miedos o dudas se plantean cuando están a punto de dar este gran paso? Gonzalo no nos habla de miedos exactamente sino “respeto por no estar a la altura de lo que Dios te pide.  Creo que Dios me llama por este camino a seguirle, y que está conmigo en mis debilidades, carencias y dificultades, pues es en esos momentos donde experimentas su gracia, que te hace seguir adelante”.  Y con el apoyo de Dios en todos esos momentos, Gonzalo  se ve dentro de diez años “con unos cuantos años más y en una parroquia, ejerciendo el ministerio, intentando ayudar, trabajando por esta porción del pueblo de Dios que se me encomienda”.

Cristo Manuel tiene 35 años y también estudia en cuarto curso. Él nos desgrana el día a día de su vida en el seminario, paso a paso: “Un día en el seminario es como un día en una familia cualquiera.  Nos levantamos en torno a las 7. Después de la oración de la mañana y el desayuno, comienzan las clases. A mediodía terminan las clases y tras el almuerzo tenemos tiempo de distensión y comunidad para tomar juntos el café. Por la tarde, el tiempo es de estudio, las clases hay que llevarlas al día y tenemos que aprovechar estas horas para estudiar a diario. La tarde termina con la oración y la eucaristía. Tras la cena y un rato de comunidad termina el día con la oración de la noche y despedida del Señor”. Y en un horario tan cuadriculado desde primera hora de la mañana hasta que toca volver a la cama, la pregunta es obligada, ¿queda tiempo para el ocio? Parece que es cuestión de organización, pero hay quien encuentra el momento idóneo, como en el caso de Cristo: “Me encanta la cocina y la jardinería, pero aquí es complicado. Aprovecho en cambio para corregir  las faltas de ortografía y la gramática de los trabajos y tareas a algunos compañeros (sobre todo del seminario menor). Me encanta tachar las faltas con boli rojo”. Y es que esto de corregir le viene de lejos “nunca pensé ni quise ser cura. Mi deseo y anhelo fue ser maestro lo cual tuve la suerte de ser durante 10 años”. Este sueño cumplido deriva en uno de los sentimientos con los que se encontró en su entrada al seminario “Mi mayor miedo era la edad. Entré con 32 años, pensé que no encajaba con el resto de

seminaristas, pero todo lo contrario. Las edades de todos son muy variadas y desde el mismo día me sentí como en casa”.

Algo más joven comienza su andadura en el seminario Gabriel. Este chico de 18 años y procedente de Santiago del Teide está en primero y sus sueños de infancia jamás le hubieran indicado que acabaría siendo un seminarista más: “Antes no quería ser sacerdote. Mi sueño de niño fue ser astronauta, hasta que me enteré que sólo había uno en toda España. Entonces, me decanté por orientar los estudios a ingeniería náutica para ser capitán de barco. Me encantaba (y me sigue gustando mucho) el mar y sus profundidades. El océano provocaba una atracción especial en mí”. Y alguien a quien le atraen las profundidades del océano y los misterios del mar, ¿qué miedo podía asaltarle al entrar al seminario? “Me daba mucho miedo la lejanía que mantiene el Seminario con mi casa, y sobre todo el sentimiento de dar un paso tan importante en mi vida. A pesar de todo, entré con mucha ilusión y, más que convencido, entusiasmado con la llamada del Señor”. Y dentro de 10 años, con solo 28, Gabriel tiene una imagen de sí mismo bastante peculiar en lo físico y sincera en lo espiritual: “Físicamente no creo que cambie mucho (a lo mejor con un poco más de barba y menos pelo), pero espiritualmente espero seguir creciendo y, si el Señor así lo quiere, continuar la vocación a la que me he sentido llamado”.

Tanto a Gonzalo como a Gabriel y a Cristo les hemos hecho otras preguntas menos convencionales, para conocer más a esas personas que a veces escondemos detrás de la etiqueta de “chicos del seminario”. Ya sabemos que comenzar la andadura para ordenarse sacerdote es todo un salto de valentía, pero ¿qué otras experiencias arriesgadas se atreverían a vivir? Gonzalo se decanta por el puenting, aunque no sabría si saltar a la primera. Cristo se enfrenta a sus miedos en busca de un «subidón» y confiesa que le gustaría “Nadar en pleno mar abierto, lanzarme del barco y poder nadar ahí. Me da miedo, pero ha de dar un buen subidón”. Mientras que Gabriel no solo se queda con su pasión por el mar y se arriesga en otras latitudes: “No me importaría sumergirme en las profundidades del mar, subir grandes montañas del mundo o hacer un monólogo para que la gente se ría”.

Finalmente les preguntamos por tres deseos, una vez más, que quisieran pedir para el mundo, la Iglesia y para ellos mismos. La unidad de la Iglesia; el fin del hambre, las guerras y las desigualdades; la esperanza entre los creyentes y las ganas de vencer al pesimismo son algunos de los ideales que sueñan estos chicos. Tres generaciones distintas, con motivaciones diferentes y vínculos en común que trascienden no solo su fe… ya que todos coinciden en que lo más duro de la vida en el seminario es el madrugar. Y si has estado por la zona, estarás de acuerdo con ellos en que salir de debajo de las mantas a las siete menos cuarto de la mañana un día de frío lagunero solo lo puede conseguir un milagro.

Esto es solo una pequeña muestra de la diversidad del seminario. Un seminario que ellos mismos reconocen que desde fuera puede parecer un universo paralelo apartado de la sociedad, etiquetado de aburrido y sumido en la vida contemplativa sin tiempo para nada más, pero que no deja de ser un hogar de personas con principios claros, aficiones comunes y planes de futuro sujetos a los mismos cambios que el resto del mundo. Ojalá las etiquetas que se ponen desde fuera sean solo eso, etiquetas, y que sobre todas las cosas persistan las personas.

Y este mes la frase para la reflexión nos la regala Gabriel. “Para el mundo desearía que se parase a escuchar el silencio… a veces da miedo escuchar”. Escuchemos.