Es Nochebuena y para Loly es una celebración especial en muchos sentidos. Su familia es muy grande, tanto es así que para estar con todos celebrando el nacimiento del niño Jesús, tiene que hacer malabarismos. Por la mañana, acude a su trabajo para celebrar esta entrañable fiesta con los compañeros de faena, comenzando el día con el espíritu que se merece. Posteriormente, al llegar a casa, aprovecha para ultimar los detalles de la cena. Ya, por la tarde, acude a misa en un lugar que para muchos solo existe en las noticias, la prisión de Tenerife II. Tras la misma, baja desde La Esperanza hasta La Cuesta para compartir un rato y organizar la cena de los chicos de la casa de acogida en donde desempeña su voluntariado. A todos les da una función, todos participan, todos cuentan. Es su forma de implicarlos en la celebración y de que se sientan en “familia”, con el calor de un hogar. Y es que muchos carecen de este ambiente, ya que son presos en libertad condicional o de permiso que no tienen adónde ir.

Loly brinda con ellos, ríe con ellos, les escucha, va a dar pero según suele comentar, es ella quien más recibe. A la cena de Nochebuena siempre se unen los capellanes de la pastoral penitenciaria. Se bendice la mesa y se recuerda el porqué de la celebración. Jesús es el que convoca y reúne. Pasado un buen rato, Loly se despide. Ahora tiene que ir a su casa, su familia le espera. De esta forma, le pone broche a un día cargado de emociones y sentimientos encontrados. A veces, le gustaría poder duplicarse para estar con todas las personas que quiere. Por la mañana, Loly acude de nuevo a la casa en La Cuesta. Ya que no pudo estar con «sus chicos» toda la noche,  aprovecha para desayunar con ellos. Les lleva churros y prepara chocolate. Es Navidad y se nota más allá de los adornos.

La casa de acogida que gestiona la pastoral penitenciaria de nuestra diócesis en La Cuesta está especialmente destinada a personas que están en prisión. Tiene capacidad para ocho plazas. Fundamentalmente, acuden a ella personas que no tienen recursos, materiales o familiares. Las singularidades de cada uno varían. Algunos están en segundo o tercer grado de prisión, otros en libertad provisional, libertad condicional, e incluso, hay personas que acuden teniendo la libertad total, ya que tras la cárcel se topan con una realidad difícil y les cuesta un tiempo rehacer sus vidas.

La casa está disponible toda la semana. Algunos usuarios de la misma suelen salir por la mañana y regresan por la noche, antes de las diez, que es el horario límite de acogida. Otros vuelven a mediodía a comer. Para abrir la puerta siempre se requiere la presencia de Loly, ya que a los usuarios no se les deja llave.

En la actualidad, como voluntaria de esta casa de acogida solo está Loly. Pero esto no le hace poner la excusa de la falta de tiempo.»Yo estoy enamorada de esta labor» -comenta. «Cuando me organizo el tiempo, no considero esto del voluntariado como algo secundario o externo, sino que es parte de mi vida. Indudablemente, es un esfuerzo porque todos somos humanos, pero siempre intento conservar la alegría y el amor. Yo estoy muy contenta porque creo que los objetivos que nos habíamos propuesto que eran los de fomentar un hogar y convivir en familia, se han conseguido».

Loly señala que cuando comenta que ayuda a personas que están en la cárcel, la reacción típica de la gente es la de asustarse. «Me dicen, ¿cómo vas tú allí? ¿No tienes miedo? Yo les suelo decir que no tengo miedo porque ellos son personas como tú y como yo. Lo único es que han cometido un error en la vida y tienen que cumplir de una manera o de otra».

Por otro lado, Loly expresa que también hay personas que responden a su labor desde el paternalismo. «Partir del sentimiento de ‘ay, el pobrecito o la pobrecita’ no es la forma de ayudar».

Esta voluntaria señala que muchas veces nos creemos que estamos tocados por una varita mágica que nos blinda de vivir un tema de privación de libertad. «A nosotros o a nuestros familiares nos puede pasar un caso de estos. La cárcel es un sitio donde todos tenemos la puerta abierta».

Lo cierto es que Loly ha tratado con personas que han cometido errores grandes en la vida. «Siempre digo que hay determinados delitos que me imponen bastante, pero por eso no dejo de acompañar. Tengo clara cuál es mi labor aquí.  Ante todo, sé que son personas. Partiendo de ahí,  yo no juzgo a nadie, para eso ya hay otras personas».

La pregunta del millón que mucha gente se hace cuando ve a una persona presa es la de qué habrá hecho. Sin embargo, esa pregunta Loly la ha borrado de su vocabulario. «Mis preguntas nunca son por qué estás aquí, qué hiciste… Yo las que suelo hacer son cómo te encuentras, cómo lo llevas, etc.  De ahí surge todo lo demás. Suele ser la propia persona la que al final acaba contándote lo que ha sucedido, pero yo nunca voy con esa pregunta por delante. De hecho, hay gente de la que desconozco por qué han entrado en prisión».

Sin embargo, a las personas que acompaña Loly sí que les nace una pregunta. Y es la de ¿por qué esta mujer hace todo esto? Loly se ríe y comenta que muchos piensan al principio que es monja. «Me preguntan, tú debes ser una monja retirada, ¿verdad? Me hace mucha gracia. Pero sí que les respondo que lo que hago es en nombre de Dios».

El día que compartimos con Loly en la casa de La Cuesta sonó tres veces el timbre. Esa noche la casa dio alojamiento y compañía a dos mujeres y un hombre. Con ellos pudimos conversar de forma amena. No parecía una entrevista sino más bien una charla amistosa. Daba la sensación de que no querían que se acabara. Se sentían escuchados. Algo que Loly experimenta a diario.

«Me dicen, ¿cómo vas tú allí? ¿No tienes miedo?»

Una de las mujeres nos comentó como conoció la casa de acogida. «A Loly y al padre Domingo los conocí arriba. A mí no me gusta decir la palabra cárcel, sino “arriba”. Las palabras cárcel o prisión no las quiero volver a mencionar en mi vida nunca más», señala. «Los miembros de la delegación penitenciaria me ayudaron y me ofrecieron venir a la casa cuando me dieran permiso porque yo no tenía nada».

Esta mujer está ahora en libertad condicional y ha encontrado trabajo recientemente. En la prisión pasó dos años, un mes y tres días. Según comenta, es una etapa de su vida que tiene grabada a fuego. «Te podría decir el tiempo que estuve arriba hasta en horas», señala. «También puedo decir que de esta experiencia he aprendido a conocerme a mí misma, he aprovechado para estudiar, etc.»

Según señaló, se considera una persona que cuida mucho sus palabras y a Loly la considera una amiga en el sentido profundo de la expresión. «Hace unos días me di cuenta de que yo siempre decía que estaba sola, que no tenía amigos. Sin embargo, ahora que la próxima semana me voy de la casa, sé a ciencia cierta que hay personas que se preocupan por mí. Recuerdo (risas) que por el Día de la Madre le escribí un mensaje a Loly.  Me salió así del corazón. No fue para quedar bien. Yo soy muy sincera. De hecho, no me cuesta decir la verdad incluso cuando es para decirle a otra persona cosas como que la ropa que lleva no le queda bien. Es totalmente cierto que a Loly la quiero como a una madre. Ella todo me lo ha ofrecido desde la libertad, nada me ha sido impuesto. Incluso con el tema de Dios. Yo creo en él pero voy a misa cuando me nace. En la cárcel iba a misa a veces pero no para que me vieran, sino porque yo lo deseaba».

Por su parte, otro de los usuarios de la casa con los que pudimos charlar nos comentó que es musulmán y que nunca ha tenido un problema de convivencia. «Estoy a punto de conseguir la libertad total pero como me quedé sin nada y no tenía donde acudir, conocí al delegado de la pastoral, Domingo, y me dijo que podía venir aquí. Llegué sin nada de dinero y aquí me han ayudado hasta dándome bonos para la guagua con los que poder moverme. Yo soy musulmán  practicante. Cuando los compañeros musulmanes se enteraron que iba a venir aquí, me dijeron que cómo podía ir yo a la casa de los cristianos. Pero yo les respondí que en eso no encontraba ningún problema, que en esta vida no había diferencias. Pienso que si tú tienes un problema que no puedes resolver tú mismo, y la única solución proviene de otra cultura, lo tienes que aceptar».

Este hombre, que se encontraba a las puertas de la libertad total cuando se realizó la entrevista, señala que mirar a su futuro le genera cierta frustración. «Antes tenía mis cancamitos pero ahora no encuentro nada.  Me siento muy mal al ver que me están manteniendo sin yo trabajar.  Yo soy una persona que ha trabajado toda su vida. Las personas de la pastoral penitenciaria me han ayudado mucho. El trabajo que ellos hacen es muy difícil y trabajan de forma incansable. Con su ayuda he mejorado mucho mis fallos como persona».

En este acompañamiento que realizan los miembros de la pastoral penitenciaria hay personas que tienen sus primeros acercamientos a Dios. También los hay que vuelven a encontrarse con él. Este es el caso de otra mujer que conocimos en la casa de acogida. «En la cárcel he estado cinco años y ahora estoy a punto de salir. No me considero muy creyente pero en este tiempo me he acercado a Dios. Quizás sea egoísmo, pero el verme mal psicológicamente, me llevó a rezarle a Dios. Sinceramente, me gustaría creer más porque veo que las personas que creen son muy afortunadas. La gente de aquí me ha ayudado mucho también a no caer en cosas negativas. Me han hecho ver que sí que hay gente buena en el mundo».

«No me considero muy creyente pero en este tiempo me he acercado a Dios»

Asimismo, esta persona expresa que siempre ha contado con el apoyo de su familia. «Esto ha sido muy grande para mí. No tengo duda de que si mi padre y mi madre no hubieran estado de mi lado yo no estaría aquí ahora».

Es tarde y continuamos hablando de otros temas mientras Loly me enseña la casa. La verdad que se nota el ambiente acogedor. Sinceramente, dan ganas de seguir allí un rato más largo, sobre todo, prestando escucha. Pero son más de las once de la noche y llega el momento de despedirnos. Al salir por la puerta me viene a la mente aquel pasaje de la Biblia: “Estuve en la cárcel y vinieron a verme… Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron” (Mateo 25,36-40).