Este año se ha elegido conforme al plan diocesano de pastoral, el lema “discípulos y misioneros de la Palabra de Dios”. Se reafirma así la centralidad de la palabra abreviada de Dios (VD 12), la palabra hecha carne: Jesús y en él, la centralidad de la Palabra de Dios escrita, para la vida del creyente: la Biblia. El Dios hecho hombre nos acerca a la comprensión profunda de la Palabra de Dios, nos aclara el misterio contemplado por los siglos. Toda su vida, es la palabra definitiva de Dios al ser humano. Esa revelación del misterio de Dios, en Jesús, se realiza en la Sagrada Escritura y en la Tradición, y continúa en su cuerpo: la Iglesia, y en su llamada perenne: “los signos de los tiempos”, como invitación constante a leer la historia como historia de salvación. 

No se trata por tanto de buscar cosas nuevas: la última novedad sobre los estudios de la Biblia, el último dato curioso, la última crítica sobre los textos, el último hallazgo arqueológico… se nos invita a escuchar palabras viejas nuevamente, a profundizar una vez más en la Sagrada Escritura, y con la luz del Espíritu Santo y con la compañía de la comunidad eclesial, descubrir que nos pide Dios en nuestra realidad personal y en nuestro situación social actual para seguir construyendo la historia de la salvación.

Es redescubrir o renovar la Palabra de Dios escrita como “lámpara para nuestros pasos, luz de nuestros senderos” (sal 119), como aquella Palabra que nos conduce a fuentes tranquilas y repara nuestras fuerzas, que nos guía por sendas de justicia (sal 23).

¿Puede un libro tan antiguo decirnos verdaderamente algo a los hombres y mujeres de hoy? ¿Puede tener palabras que respondan a las inquietudes y preguntas de los tiempos actuales? Acércate, léela, escúchala, deja que te ayuden a descubrirla y a disfrutarla, verás como estas viejas palabras parecen escritas para ti, ahora, en este tiempo y “serán fortaleza para tu fe, alimento para tu alma, fuente pura y perenne de tu vida espiritual (DV 21).

Quino Guerra