
Se ha popularizado el encender la decoración de Navidad en algunas ciudades con una Noche en Blanco; una noche iluminada por luces que anuncian fiesta y permiten el paseo y las actividades comerciales y de ocio durante la noche. Todo está abierto y todo está por estrenar. No es extravagancia sino la aureola de lo distinto lo que nos atrae: la noche, tiempo para dormir y descansar, cuando todo está cerrado y nadie normal anda por nuestras calles, se convierte extraordinariamente en día. Es de noche, pero podemos actuar como si fuera de día. Hemos vencido a lo inevitable, al ritmo de la naturaleza. Y nos atrae ese poder concedido. Y nos lo confirma el poder hacerlo socialmente, en grupo humano. Estrenamos el Adviento con una Noche en Blanco.
La expresión no deja de recordarnos aquellas noches en las que el insomnio vence la partida y apenas hemos podido descansar. Las ojeras mañaneras nos recuerdan que hemos pasado la noche en blanco. Como el escritor que no consigue teñir literariamente el folio y, tras varios intentos, la resistencia de una inspiración perdida nos sigue ofreciendo la desesperante imagen de un folio en blanco. Un folio vacío que no contiene nada.
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