Juan Pedro Rivero
Hace falta valentía para ser misionero. Para serlo aquí y, por supuesto, para serlo allá, en cualquier rincón de este mundo en el que el Evangelio debe hacerse presente. Donde alguien esté herido y necesitado, allá habrá un misionero que entregue junto con el bálsamo del acompañamiento y la libertad, la gracia de la reconciliación y las garantías de la salvación. Muy valientes, esos hombre y mujeres que convierten su amistad con Cristo en fuente de entrega a todos los seres humanos. Cuando se acaben los cooperadores y los voluntarios, siempre quedará un misionero.