
Por Nersas Ferrera
En las últimas décadas hemos asistido a una proliferación de libros de divulgación científica, y los artículos divulgativos de ciencia en prensa son ya un género, conocido como periodismo científico. Como consecuencia algunos científicos o divulgadores han pasado a estar presentes en programas de radio y televisión, y cómo no, en los escaparates de las librerías con los sugerentes títulos de sus obras. Pero ¿qué rigurosidad científica tienen sus argumentos?
Antes que nada hay que indicar que las obras de divulgación científica tienen una finalidad clara y concreta, que consiste en acercar contenidos científicos al público en general de un modo accesible, de modo que cualquiera que esté interesado en este tipo de conocimientos pueda entenderlos sin necesidad de tener una formación especializada, propia de una publicación estrictamente científica.
La divulgación científica no se trata, pues, de escritos dirigidos a especialistas, sino al gran público, y por ello, y para ello, utiliza su propio género literario, que se ubica en el ensayo. No es, pues, de extrañar, que en este tipo de obras encontremos muy pocas referencias bibliográficas, ya que su discurso está más cercano a una exposición ensayística libre que a lo científico. Y esto es precisamente lo que los convierte en más atractivos y abiertos para público. Pero esa cercanía a lo filosófico, pone inevitablemente de relieve la visión del autor, y cuando se habla de visión, ya no estamos en el campo científico sino en una interpretación determinada del significado del mundo, es decir, en filosofía.
No es de extrañar que la divulgación científica se sirva de recursos más propios de la literatura que de la ciencia, ya que la divulgación debe producir placer en el lector. Tampoco sería justo que se acusase a algunos científicos de querer ir más allá de sus competencias especializadas, ya que todo ser humano es un innato buscador de la verdad. La finalidad del conocimiento es comprender cada vez más, y no se conforma con quedarse únicamente en el nivel de los fenómenos. El problema viene cuando el lector no puede percibir en la obra una separación clara entre datos científicos y especulaciones propias de la visión del autor, entonces se corre el peligro de que la divulgación científica pueda volverse engañosa. Algunas obras de divulgación son escritas por gente que no es experta en el tema que divulgan, otras por personas con un conocimiento parcial, con la consecuente y habitual invasión de competencias de ciencia, filosofía y teología. En ocasiones, los resultados de investigaciones científicas son publicados expuestos fuera de su contexto o simplificados en exceso, incluso llegando a exponer propuestas que no tienen prueba científica como si la tuvieran. Un estudio realizado en la Escuela de Periodismo y Medios de Comunicación de la Universidad de Minnesota muestra que los errores más frecuentes en las informaciones sobre ciencia y tecnología en los medios informativos de Estados Unidos (que lleva años de ventaja a la mayoría de países en divulgación científica) son los siguientes:
– Omisiones importantes (un 33%).
– Citas defectuosas o incompletas (33%).
– Titulares engañosos ((31%).
– Brevedad excesiva (25%).
– Relación defectuosa entre causa y efecto (22%).
– Tomar una especulación por un hecho (20%).
– Títulos imprecisos (14%).
– Datos incorrectos (7%).
– Otros errores (6,2%).
Los expertos en comunicación social de la ciencia coinciden en el deber de integrar en la divulgación científica, tanto las humanidades como la fidelidad a los datos científicos. Desde un punto de vista científico se podría alegar que la integración con las humanidades es ajena a las conclusiones experimentales y por tanto corre el peligro de que se desvirtúe el dato, pero desde el punto de vista comunicativo el planteamiento no es el mismo, ya que la abstracción y especialización de los conceptos y la terminología científica ha creado una distancia entre científicos y público no especializado que requiere de un gran esfuerzo literario para recuperar el sentido común de ambos. En esta situación, mientras que los libros de divulgación científica son tanto más eficientes a nivel comunicativo cuanto más rico es el mundo personal, la imaginación y la habilidad narrativa de sus autores, por otra parte requieren de un gran esfuerzo para lograr, tanto la fidelidad al dato científico, como distinguir entre aquello que se asienta sobre la visión del autor y lo que parte de constataciones científicas, y todo esto sin caer en la sequedad y tecnicismo de una publicación estrictamente científica.
La ciencia moderna ha desarrollado métodos muy eficaces para la investigación de determinados tipos de fenómenos, pero esta misma metodología exige que el campo de su investigación se reduzca considerablemente para poder alcanzar el grado de fiabilidad demostrativa que se exige para que un dato sea considerado probado científicamente. Sin embargo, el buscador de la verdad que hay en todo investigador reclama permanentemente llegar más lejos, haciendo preguntas que entran de lleno en lo metafísico y hasta en lo teológico, pero adentrarse en estos ámbitos exige conocer las limitaciones de los métodos utilizados previamente y aceptar que aquí no hay fórmulas establecidas que despejen las incógnitas. Y es aquí precisamente donde, a veces por desconocimiento, a veces con una clara intencionalidad, muchos divulgadores científicos cometen llamativos errores, justificándolos por medio de recursos discursivos, tales como la simplificación histórica o los argumentos sesgados, que denotan, bien un conocimiento superficial de los hechos, bien la ignorancia de algunos presupuestos elementales de la discusión filosófica y teológica, o a veces incluso, la pura y simple mala intención.
Por desgracia, suele resultar difícil para la mayoría de las personas, por no tener una formación apropiada, distinguir en una obra divulgativa qué es científico, qué son especulaciones del autor, y qué
es una visión particular del mundo que determina la intención de un texto divulgativo. Esto también se debe, en parte, al uso que se suele hacer de analogías metafóricas para exponer resultados, pero este recurso a imágenes contiene un grado de falsedad y puede alimentar la ilusión de que la realidad de lo que se intenta exponer se ha comprendido adecuadamente de esta manera.
También hay que destacar que las obras de divulgación científica, se ven inevitablemente afectadas por las estrategias de mercado de las editoriales. Hay determinados temas que crean mayor polémica, y en consecuencia mayor potencial de ventas de la obra. No es de extrañar que en títulos, introducciones, prólogos y contraportadas de obras divulgativas científicas, encontremos referencias a Dios, el alma, la religión, etc. En estas cuestiones, el ámbito científico no puede decir gran cosa, pero las editoriales saben los temas de interés que no pasan en el público, y muchos autores conocen la eficacia popular de la imagen del científico que actúa como cura. Pero la ciencia moderna, desde su propio ámbito, no puede demostrar la existencia o no de Dios, del espíritu o de lo trascendente, ni mucho menos se le opone, porque no puede oponerse a conceptos que trascienden lo material con métodos de razonamiento que solamente son válidos y de modo restringido para constatar la actividad de la materia. Las respuestas a las cuestiones del sentido, del significado de la existencia, de las causas últimas, etc., sean cuales sean, entran de lleno en el ámbito metafísico, y el ser humano tiene capacidad de penetrar en este saber por otras vías sin necesidad de reducir su visión a lo científico.