El papa Francisco ha anunciado la celebración de un Año Santo extraordinario. Se trata de un Jubileo de la Misericordia que iniciará el 8 de diciembre 2015 y concluirá el 20 de noviembre de 2016. El último Jubileo lo había instituido Juan Pablo II en el año 2000, al comienzo del nuevo siglo; ahora Francisco abrirá el Año Santo sobre el tema: “Dios rico en misericordia” (Ef 2,4).

 

Raúl Berzosa, obispo

El Papa nos invita a vivir las obras de misericordia: siete materiales y siete espirituales

El Papa Francisco nos ha anunciado una buena noticia: el Año de la Misericordia. Afirma el Papa que Jesús es el rostro de la misericordia de Dios Padre. Lo es con sus palabras, con sus gestos, con toda su persona. Más aún, el Santo Padre nos invita a experimentar en nuestra vida lo mismo que le aconteció al apóstol Mateo: miserando atque eligendo (“Le miró con misericordia y lo eligió”). Es también lo que expresó la Virgen en el Canto del Magníficat y es, igualmente, el lema elegido por el Papa en su Pontificado. Hagámoslo nuestro.

¿Por qué tenemos que vivir la misericordia? Porque estamos llamados, como Jesús y María, a ser signos visibles de lo que Dios es en sí mismo: Amor y Misericordia. Y porque, como afirma el Papa, la misericordia es fuente de alegría, de serenidad y de paz. La misericordia sabe perdonar todo y va más allá de la mera justicia. En otras palabras: el misericordioso, trata a los demás como Dios nos trata a cada uno. Por eso rezamos en el Padre Nuestro que perdonamos como Dios nos perdona. Y, añadimos, amamos como Dios nos ama, y somos misericordiosos como Dios lo es con cada uno de nosotros.

 

Las catorce obras de misericordia

¿Cómo podemos concretar la misericordia en nuestra vida cotidiana? El Papa nos invita a vivir las obras de misericordia: siete materiales y siete espirituales. Las recordamos, porque son todo un programa existencial.

Comenzamos por las materiales: dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; vestir al desnudo; acoger al forastero; curar enfermos; visitar y redimir presos; y enterrar a los muertos.

Las obras espirituales son: dar consejo al que lo necesita; enseñar al que no sabe; corregir al que yerra; consolar al triste; perdonar las ofensas; soportar con paciencia las molestias de la vida y a los molestos; y rogar a Dios por los vivos y los difuntos.

En definitiva, al final, se nos va a juzgar por cómo hemos practicado las catorce obras de misericordia (Mt 25, 31-46): “Lo que hicisteis con uno de éstos, lo hicisteis conmigo”, nos dirá el Señor. En nuestros días, no nos olvidemos de visitar y atender especialmente a los enfermos y ancianos.

¿Qué sentido tienen las obras de misericordia? Si abrimos el Catecismo de la Iglesia (nn. 2447-2448), se afirma que, bajo sus múltiples formas, son las maneras de atender “las miserias humanas”, signo de la debilidad física y moral humana, muchas veces fruto de los pecados.

Las obras de misericordia tienen su fuente en la misma actitud misericordiosa de Jesucristo, que quiso cargar sobre sí las miserias humanas e identificarse con “los más pequeños de sus hermanos”. Más en concreto, la atención a los más necesitados, mediante las obras de misericordia, se inspiran en las bienaventuranzas, en la pobreza y misericordia de Jesús mismo y en sus manifestaciones hacia los necesitados. De ahí, que los oprimidos por cualquier miseria sean objeto de amor preferencial por parte de la Iglesia. A pesar de los fallos y pecados de muchos de sus miembros, la Iglesia siempre ha estado al lado de los necesitados para aliviarlos, defenderlos y liberarlos.

La Biblia, en el Antiguo Testamento, ya ofrece una serie de medidas jurídicas para aliviar las miserias y la pobreza: así, el año jubilar, la prohibición de préstamos a interés alto, la retención de los salarios, la obligación de compartir los diezmos, etc. Hay que abrir siempre la mano al indigente (Dt 15,11). Dios bendice a quienes ayudan a los pobres y reprueba a quienes se niegan a hacerlo.

Dos notas importantes: por un lado, es verdad que la Iglesia ha sintetizado en “catorce” las obras de misericordia, pero no es un número cerrado. Hay otras miserias que podemos encontrar en los caminos de la vida y en la humanidad de hoy. Por otro lado, en el tema que nos ocupa, más que “hacer”, hay que “ser”: no basta hacer obras de misericordia; hay que ser misericordiosos. A veces, podemos hacer poco, pero nada nos impide tener un corazón misericordioso.

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