Resulta curioso, de cara a la misión que como Pueblo de Dios estamos llamados a llevar adelante, caer en la cuenta de la etimología de la palabra entusiasmo. Del griego, entheou-siasmós, una persona entusiasmada es aquella “que tiene a Dios adentro”. Así, un cristiano entusiasta, una Iglesia entusiasta, son aquellos que encuentran adentro las motivaciones para la Misión. Más allá de las condiciones externas y los resultados inmediatos, el entusiasta encuentra las razones de su misión adentro del corazón, en el lugar donde habita el Espíritu Santo, en el ardor de un fuego de amor que impulsa casi sin darse cuenta a compartir el Evangelio de Cristo.

Por eso hoy la Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración. Pues, sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga (EG 262). Necesitamos volver al corazón, volver a Dios, y renovar el encuentro personal con Jesucristo o, al menos, tomar la decisión de dejarnos encontrar por aquel que vive en nosotros. Pues solo de ese amor experimentado nace el discípulo misionero y brota la Misión.

Solo así caemos en la cuenta de que no hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos ilumine, nos guíe y nos impulse hacia donde Él quiera (EG 280). Él sabe bien lo que hace falta en cada época y en cada momento. Por ello, debemos comprometernos en la Misión como si el resultado dependiera de nosotros, con el espíritu de sacrificio del atleta que no se detiene ni siquiera ante las derrotas; pero sabiendo que el verdadero éxito de nuestra misión es un don de la Gracia. Es el Espíritu Santo quien hace eficaz la misión de la Iglesia en el mundo.

Por ello, cada uno de nosotros, cada comunidad, cada monasterio de clausura, cada uno desde nuestra situación concreta, debemos sentirnos parte activa. Todos podemos aportar nuestro granito de arena al dinamismo de la Misión y especialmente desde la fuerza misionera de la oración. Hagamos de la oración el camino cotidiano de la entrega evangelizadora; hagamos de la intercesión un camino para acercarnos unos a otros al rostro misericordioso del Padre. No cesemos en el empeño de pedir de manera personal y comunitaria por los frutos de la Misión.

Y en este sentido, debemos caminar confiados de que no se pierde ningún trabajo ofrecido por amor, no se pierde ninguna preocupación sincera por los demás, ningún acto de amor a Dios, ningún cansancio generoso, ninguna dolorosa paciencia. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Solo sabemos que nuestra entrega, la entrega de todos sin distinción, es necesaria. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos (EG 279). Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.

Caminemos como Iglesia Diocesana hacia una mística común que nos haga detenernos especialmente en la oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos y, así, otros muchos, puedan encontrarse con el Señor. Caminemos hacia una sólida espiritualidad que transforme el corazón y haga brotar de nuestros pasos la fuerza del Resucitado.

¡Hoy es tiempo de misión y tiempo de entusiasmo!

¿Te atreves a involucrar(te)?