¡Gran trabajo, compañeros!

revistaecclesia.com.- Hoy me vais a permitir que me ponga un tanto corporativista. No quiero hablar del periodismo en general, sino del trabajo callado, silencioso, pero fundamental que hacen (hacemos) los periodistas que trabajamos en las diferentes diócesis españolas. Una labor, la de los llamados Delegados de Medios, que ha sido esencial en estos meses de cuarentena, dejando patente, una vez más, la importancia de la comunicación para la Iglesia.

Un par de semanas antes del inicio del Estado de Alarma, los «alarmados» fuimos nosotros. Comenzaron los comunicados en las distintas diócesis para informar de las medidas de prevención necesarias de cara a evitar contagios de esa enfermedad de la que aún poco sabíamos de su enorme importancia. Primero fueron los besamanos, las pilas de agua bendita, la supresión del gesto de la paz en las Misas, … Todo era nuevo, distinto, y había que ir con pies de plomo. No sabíamos muy bien a ciencia cierta cómo hacer aquellos comunicados sin generar aún más alarma social de la que ya existía. Parece que han pasado mil años de todo aquello …

Luego llegó el cerrojazo, y con él, la difícil decisión de comunicar el cierre de las iglesias. Y, por supuesto, aquel shock inicial en el que caímos todos. El silencio. La preocupación por la salud de los nuestros. El nerviosismo por lo que estaba pasando. Adaptarnos al cambio que se estaba gestando. Algunas diócesis, incluso, digiriendo el trago de tener que informar del estado de salud de nuestros obispos, teniendo que tratar de responder preguntas de compañeros periodistas y redactando partes médicos con toda la prudencia del mundo.

Sin embargo, si algo bueno tuvimos fue capacidad de reacción. Las iglesias cerraron sus puertas, pero la Iglesia, con mayúscula, seguía abierta. Y no podíamos parar. Llegó la reinvención comunicativa. Y comenzaron las retransmisiones on line , los salvoconductos para poder emitir desde las catedrales, la digitalización de las hojas diocesanas, la edición de programas de radio desde casa. Pero, sobre todo, las diócesis se hicieron presentes en las Redes Sociales como nunca lo habían hecho. Y, desde estas Delegaciones de Medios, comenzamos a generar contenidos para compartir con nuestros fieles, para que todos sintieran la compañía de la Iglesia, cono una gran familia que nunca falla. ¿Que no podíamos ir a los templos? Pues publicábamos oraciones y hasta podcast para rezar desde casa. ¿Que llegaba Semana Santa? Pues llevábamos el fervor a las casas con vídeos, concursos y reflexiones. Y, lo mejor de todo, poniendo en común todos los Delegados nuestro trabajo, ayudándonos unas diócesis a otras, resolviendo dudas, ayudando a interpretar el BOE, compartiendo infografías, … Buscando entre nosotros una unión más necesaria que nunca para remar todos a una.

Pero si de algo estoy tremendamente orgullosa de todo el trabajo de mis compañeros es por ese esfuerzo generado desde el inicio de la pandemia para dar visibilidad pública a la acción social, caritativa y espiritual de la Iglesia en este tiempo tan complejo. Para buscar testimonios de esas personas buenas que nos han hecho recobrar la fe en la bondad del ser humano. Bien es cierto que no fueron pocas las dudas que se pudieron tener en un principio acerca de no sobrepasar la delgada línea que separa informar del presumir. Pero quizá el hecho de que una parte de la sociedad desconocía la ingente labor de las diócesis para ayudar en la crisis sanitaria y social  hizo que nos despojásemos de toda duda para contar todas esas historias que nos llenaban de esperanza. Y comenzamos a ver monjas cosiendo mascarillas que abrían los deportes de los telediarios porque jugaban al baloncesto en su tiempo libre. Y los capellanes de IFEMA se convirtieron en protagonistas inesperados de los programas de mediodía. Asistimos a partos de personas sin hogar en seminarios que les habían abierto sus puertas. Vimos repartos de comida, muchos, y colas en las parroquias para recibir atención. Donaciones, atención espiritual, … Y atención en el duelo, tan triste en estas circunstancias.

Ya comenté en este mismo blog que a veces todo este derroche comunicativo no ha tenido el recorrido deseado, y había quien seguía preguntándonos qué estaba haciendo la Iglesia en esta crisis. Habrá que analizarlo detenidamente. Es evidente que el hecho religioso está habitualmente marginado en las paginaciones de los periódicos o en las agendas informativas, y queda reducido a una información especializada, salvo en contadas y celebradas ocasiones. Sin embargo, hace poco me decía un compañero de una diócesis vecina que todo esto ha sido una gran oportunidad para que las diócesis pudiéramos «vender» la labor de la Iglesia a los medios generalistas (entiéndanme el término mercantilista entrecomillado, tan utilizado en el gremio para indicar que el periodista propone temas a un medio de comunicación). Desde luego, os aseguro que los Delegados, al menos, lo hemos intentado con todas nuestras fuerzas.

Y ojo, que también nos ha tocado apagar algún fuego que otro, demostrando una vez más la profesionalidad y la formación de quienes están al frente de la comunicación en las distintas diócesis españolas.

Lo que sí ha sido es una oportunidad para re-descubrir ese trabajo en la sombra de todos estos grandes de la comunicación, desde La Rioja hasta Málaga, pasando por Palencia, Burgos, Ciudad Real, Madrid, … Grandes periodistas que se han dejado la piel durante tres meses, reinventándose, redescubriendo nuevas formas de comunicación, movidos por ese ardor evangélico de llevar la Buena Noticia a todos los rincones. Sin intereses. Sin pretensiones, Con humildad y cercanía.

Así que, en época de aplausos y reconocimientos, hoy el mío va para todos vosotros, compañeros de las Delegaciones de Medios. ¡Gran trabajo!

(Foto de portada: Arzobispado de Sevilla)

2020-06-23T06:47:51+00:00