Soy Gabriel, tengo 23 años y soy seminarista del Seminario Mayor de Tenerife. En este Jueves Santo, día del amor fraterno, día eucarístico y sacerdotal permanecemos en el seminario. Ni hemos ido a casa, ni a las parroquias, como hacemos habitualmente.

La crisis del coronavirus nos afecta – cómo no-  a los que estamos aquí dentro. Aunque nos quedemos en el edificio, todos los días a las 12 suenan las campanas con el rezo del Ángelus y a las 7 escuchamos aplausos. Algo es distinto. Y lo que es distinto nos desconcierta y nos motiva a orar más. Esto que «trastoca» es un virus que nos afecta a todos (física o psicológicamente).

La situación es muy dura: miles de muertos y contagiados, personal sanitario dando la vida literalmente por los enfermos, capellanes y religiosos orando sin cesar y ayudando como buenamente puedan, confinamiento en las casas, tensión mediática… Podemos pasar, pero no lo hacemos. Sabiendo que nuestras familias están bien, y que es una gracia de Dios poder decirlo, no dejamos de orar y ofrecer nuestro trabajo por todos los enfermos y médicos. Esta situación nos atañe a todos. A la hora de comer, de orar, de relacionarnos, de estudiar: todo es distante. Todo es más inseguro.

Vivir en la incertidumbre es una manera de volver a preguntarnos sobre nuestro papel en el mundo. Así también estas situaciones nos hacen cuestionarnos la propia fe y vocación. No nos desanimemos. Cada día oramos ante el Señor y tenemos la certeza de recibir una respuesta ante esta trágica situación. Desde el Seminario, seguimos orando por todos.