El Seminario, misión de todos

Queridos diocesanos:

De nuevo, ante nosotros, la celebración del Día del Seminario. Como siempre en torno al día de San José, concretamente en este año el día 17 de marzo. En esta ocasión se nos propone como lema para la reflexión: «El Seminario, misión de todos». Con ello se nos quiere indicar que, si bien la vocación al ministerio sacerdotal es un regalo de Dios a la Iglesia, el cuidado y desarrollo de esa vocación requiere la participación activa de todos los cristianos como miembros del Cuerpo de Cristo. Cristianos que, al mismo tiempo, son los beneficiarios del servicio que prestan los sacerdotes.

Cuando hablamos del “Seminario” nos estamos refiriendo a la institución diocesana encargada de la preparación de los futuros sacerdotes. Para ello contamos con un edificio, el equipo de formadores, el claustro de profesores, el personal auxiliar y, sobre todo, con los seminaristas, académicamente agrupados en el Seminario Menor para la etapa de estudios de la ESO y Bachillerato, y el Seminario Mayor para la etapa de Licenciatura de Estudios Eclesiásticos que son los que preparan específicamente para el sacerdocio.

Pero, el Seminario, no es sólo un centro de estudios para la formación intelectual, es también un ámbito de maduración humana y cristiana. Por eso, además de lo académico, se cuida la formación cristiana integral, poniendo especial cuidado en el desarrollo de la formación humana, así con en el cultivo de vida espiritual y comunitaria, todo ello necesario para el pleno desarrollo de la “vocación sacerdotal” de cada uno de los seminaristas. En la historia de la vocación de cada sacerdote, la etapa del Seminario es un tiempo de discernimiento y maduración que le permita responder libre, consciente y responsablemente a la llamada del Señor. La razón de ser del Seminario es la formación de sacerdotes que sean auténticos servidores del Pueblo de Dios a imagen de Cristo “el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas”.

Para resaltar la importancia del Seminario, el Concilio Vaticano II lo llama: “el corazón de la Diócesis”. Con esta comparación se quiere dar a entender que la vitalidad de la Diócesis depende de esta institución en la que crecen los futuros sacerdotes. La realidad de nuestro Seminario por el número de seminaristas y por la calidad de su formación es, por un lado, el termómetro del grado de madurez cristiana de nuestras comunidades y de nuestras familias; y, al mismo tiempo, del Seminario depende, en gran medida, el futuro de la fe y la vida cristiana de los bautizados, de las familias y de las comunidades cristianas; así como, el futuro de toda nuestra Iglesia Diocesana en el cumplimiento de su misión evangelizadora. No lo olvidemos, sin sacerdotes, sin ministerio ordenado, no hay Eucaristía, no hay Iglesia.

Descuidar el nacimiento y maduración de las vocaciones sacerdotales es señal de la debilidad de nuestra fe y del poco sentido de Iglesia que tenemos. Dice el Papa Francisco: «En muchos lugares escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Frecuentemente esto se debe a la ausencia en las comunidades de un fervor apostólico contagioso, lo cual no entusiasma ni suscita atractivo» (EG 107). Y, el Concilio Vaticano II nos dice que “el deber de fomentar las vocaciones afecta a toda la comunidad cristiana, la cual ha de procurarlo, ante todo, con una vida plenamente cristiana” (PO 2).

Es una especie de círculo vicioso del que tenemos que salir. Si no tenemos un Seminario en el que se formen muchos y buenos sacerdotes, la vitalidad cristiana de la Diócesis corre peligro; y, a su vez, la falta de comunidades cristianas vivas impide que surjan vocaciones y que los fieles colaboren con el Seminario. La salida nos la ofrece el Papa Francisco cuando nos dice: «Es la vida fraterna y fervorosa de la comunidad la que despierta el deseo de consagrarse enteramente a Dios y a la evangelización, sobre todo si, esa comunidad viva, ora insistentemente por las vocaciones y se atreve a proponer a sus jóvenes un camino de especial consagración» (EG 107).

Se comprende así mejor el lema para la campaña del Seminario de este año: «El Seminario, misión de todos». Toda la comunidad eclesial, todos los miembros de la Iglesia, sin excluir ninguno, tienen la responsabilidad de cuidar las vocaciones de especial consagración, y de modo particular las vocaciones sacerdotales. Esto implica, no sólo trabajar por el nacimiento de la vocación sino, también, colaborar con el Seminario para su desarrollo y maduración. Sí, queridos diocesanos, la madurez de nuestra fe se manifiesta, también, en sentir y hacer nuestro el “problema de la escases de vocaciones sacerdotales” y, en consecuencia poner manos a la obra. Como nos decía San Juan Pablo II: «Al tratarse de “un problema vital que está en el corazón mismo de la Iglesia”, debe hallarse en el centro del amor que todo cristiano tiene a la misma» (PDV 41).

Muchas veces se nos han transmitido las palabras de Jesús que se leen en el Evangelio de San Mateo: “Rogad al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Es bueno situarnos en el contexto de este mandato de Jesús: «Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, “como ovejas que no tienen pastor”. Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”».

El texto nos habla de la preocupación de Jesús por la situación de muchedumbres de personas “extenuadas”, “abandonadas”… que necesitan quien se ocupe de ellos. Y, al decirnos que pidamos a Dios que mande personas que les atiendan, nos está diciendo que Dios quiere servirse de nosotros, que quiere contar con personas que le digan: Sí, estoy dispuesto cuenta conmigo para llevar delante de proyecto de salvación para todos.

“Rogad, pues, al Dueño de la mies” quiere decir, también, que no podemos “producir” vocaciones; éstas deben venir de Dios, es Él quien elige y llama. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre. Nosotros sentimos la necesidad, deseamos contar con sacerdotes según el corazón de Dios, sacerdotes de calidad como el mismo nos ha prometido: «Os daré pastores, según mi corazón, que os apacienten con ciencia y experiencia» (Jer. 3,15).

Por eso, confiadamente le suplicamos que lo haga, que nos mande obreros “según su corazón”, que encienda en muchos niños, adolescentes, jóvenes y adultos la llamada al sacerdocio y suscite en ellos la disponibilidad a dar su “sí” para trabajar en favor de las muchedumbres nuestro tiempo. Pero, no se trata solo de rezar para que Dios se valga de otros, sino que nosotros mismos quedamos involucrados en la súplica, porque Dios quiere servirse de nosotros para realizar lo que le pedimos.

Por eso, también, debemos atrevernos a pedirle, “Señor, danos un corazón semejante al suyo”, para que, “al ver las muchedumbres”, tengamos por ellas la compasión que tú les tienes. Si se lo pedimos de todo corazón y con fe, deseando de verdad que sea así en cada uno de nosotros, seguro que nos tomaremos muy en serio lo de orar, promover y cuidar las vocaciones sacerdotales.

El Seminario Diocesano tiene una misión: Preparar nuestros futuros sacerdotes, los futuros pastores, maestros, sacerdotes y guías de nuestras parroquias y comunidades. Pero, como indica el lema, «El Seminario, es misión de todos». En efecto, el Seminario lo hacemos entre todos. El Seminario no nos puede ser indiferente. Todos los diocesanos debemos sentir el seminario como algo muy nuestro, conocerlo, quererlo y apoyarlo en todos los sentidos: con nuestra cercanía física y espiritual, con nuestra oración personal y comunitaria y con nuestro apoyo económico.

Así, todos contribuimos para tener buenos y santos sacerdotes, entregados y generosos, disponibles y serviciales, bien formados y cercanos a las necesidades de todos, verdaderos hombres de Dios, pastores de la comunidad en nombre y representación de Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia.

Deseando que el Señor pueda contar con nosotros para ello, de corazón les bendice,

 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

2019-03-09T08:40:13+00:00