
“Dios perdona siempre, los hombres a veces, la Tierra no perdona nunca”. Les soy sincera cuando les digo que estas palabras pronunciadas con tanta naturalidad como la que caracteriza al Papa Francisco llevan intrínsecas una carga de profundidad demoledora en muchos de los órdenes establecidos. Desde luego, han sido el referente en la carrera profesional de destacados colegas y en la mía propia desde los inicios. Tanto en el plano de la investigación como en la faceta de la docencia. La Tierra no perdona nunca, qué gran verdad y cuanto desconocimiento en torno a ello. La continuada agresión a la que ha sido sometida desde hace ya tantos años, para los que nos dedicamos a estudiarla concienzudamente y a diario, está llevando a fatídicos puertos al planeta que habitamos.
El Papa ha decidido inmiscuir a la comunidad católica en un problema global que desea que se convierta en un debate abierto, y que hasta hoy ha sido patrimonio de unos pocos lobbies que manejan unos cuantos a su antojo con medias verdades y a medias tintas. El representante de Dios en la Tierra lo hace nada menos que mediante una Carta Encíclica, que además, es la primera propia y que versa bajo el título “Laudatio sí (Alabado seas). Sobre la protección de la casa común”. Jorge Bergoglio ha criticado incluso a los católicos que se han beneficiado maltratando lo que él llama “la casa común” en su propio beneficio.
Su Santidad pone de relieve, además, el propio Génesis, donde Dios pone la tierra en manos del hombre y la mujer para que la cultiven y la custodien. ¿Qué hay de esa custodia? ¿Se está verdaderamente custodiando la tierra o simplemente se está explotando en beneficio de los dueños del dinero en los países más desarrollados? La preocupación de la Iglesia y el debate mundial abierto que desea que se produzca, llega porque a su juicio, lo que domina, en esta “casa común” son las dinámicas de una economía y unas finanzas carentes de ética alguna.
La figura del Papa Francisco, sin desmerecer en absoluto a ninguno de sus predecesores, toca con las manos las sensibilidades más acuciantes, y desde luego la que tratamos en este escrito es de una relevancia absoluta. Los países ricos, nos dice, tienen el deber de cumplir con su responsabilidad y buscar las alternativas al abuso continuado que han propiciado de los combustibles fósiles (por ejemplo). En su contra, los países más frágiles e indefensos quedan en muchas ocasiones a merced de los grandes intereses económicos de los primeros.
Humildemente, a título particular y profesional, considero la Carta Encíclica de este 18 de junio, como un acierto que pide a gritos la gran mayoría del planeta. Y un empujón hacia la vida. No somos meros depredadores y consumidores del espacio en el que nos ha tocado vivir, somos sus conservadores, sus jardineros, sus defensores, sus gladiadores, sus custodios…
Estoy convencida que habrá un antes y un después de esta Encíclica.
Marisa Tejedor Salguero