El monasterio de San Juan Bautista de las Hermanas Clarisas de La Laguna tiene desde hace escasos días, nueva abadesa. Se trata de Sor María del Pilar Climent, tinerfeña y una de las religiosas más jóvenes del monasterio.

Sor María del Pilar Climent Lorenzo nació en La Laguna y fue bautizada en la Sta. Iglesia Catedral. Creció en el seno de una familia sencilla y profundamente cristiana. Junto a su hermano recibió el cariño, educación y formación religiosa de sus padres (Gaspar y Antonia, q.p.d.).

Su primera etapa de formación humana y religiosa fue en el colegio de Ntra. Sra. del Buen Consejo, posteriormente en el Instituto Viera y Clavijo y terminados los estudios universitarios de Logopedia en la ULL, ingresó en el Monasterio. En su Parroquia de San Miguel de Geneto recibió la Confirmación. Recuerda con cariño y gratitud las Parroquias de Llano del Moro y la Sta. Cruz de Ofra, donde también hizo parte de su andadura espiritual.

Fue militante del Movimiento de Hombres Nuevos donde recibió como herencia un Proyecto de Vida. Caminando en Dirección Espiritual y con la ayuda del Centro de Orientación Vocacional, fue discerniendo la llamada de Dios hasta dar sus primeros pasos en la Vida Religiosa en el año 2000.  A lo largo de esos primeros años, su vocación se fue consolidando hasta emitir su Profesión Religiosa como Hermana Pobre de Santa Clara en el 2007 en manos de la querida Madre Abadesa Sor María Luz (q.p.d.).

En este momento de la historia de esta Comunidad Clariana e injertada en el seno de nuestra Iglesia Diocesana, Sor María del Pilar -con 38 años- recibe la llamada del Señor a servirle a Él en esta Fraternidad que,  desde el silencio del claustro, nutre nuestra vida Diocesana… Servicio que se traduce en Maternidad: Madre, hermana, minoridad, acogida, escucha… Ante esta Misión brota en su interior la experiencia de Jeremías: ¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho.» El Señor me contestó: «No digas: “Soy un muchacho”, que adonde yo te envíe, irás, y lo que yo te mande, lo dirás.”

La Misión que la Iglesia le encomienda exige una responsabilidad pero tiene la certeza de que es el Señor quien lleva su vida y que, precisamente porque es “pequeña” y débil, el Señor será en ella lo que la Comunidad y nuestra Iglesia local necesitan: un corazón de hermana y Madre que quiere cumplir la voluntad de Quien le llamó a esta vocación.