Tal y como hemos informado, este viernes en la celebración de acogida de la Luz de la Paz de Belén que se celebra en la parroquia de El Pilar de la capital tinerfeña, el obispo proclamará patronos de la Misión Diocesana al Santo Hermano Pedro, a S. José de Anchieta y a los beatos mártires de Tazacorte. Estos días vamos a acercarnos a estos intercesores y diocesanos insignes.

Hoy recordamos algunas afirmaciones hechas por S. Juan Pablo II en la homilía pronunciada en la Misa de su canonización celebrada en Guatemala el 30 de julio de 2002.

El Hermano Pedro forjó así su espiritualidad, particularmente en la contemplación de los misterios de Belén y de la Cruz. Si en el nacimiento e infancia de Jesús ahondó en el acontecimiento fundamental de la Encarnación del Verbo, que le lleva a descubrir casi con naturalidad el rostro de Dios en el hombre, en la meditación sobre la Cruz encontró la fuerza para practicar heroicamente la misericordia con los más pequeños y necesitados.
 

El Santo es también hoy un apremiante llamado a practicar la misericordia en la sociedad actual, sobre todo cuando son tantos los que esperan una mano tendida que los socorra. Pensemos en los niños y jóvenes sin hogar o sin educación; en las mujeres abandonadas con muchas necesidades que remediar; en la multitud de marginados en las ciudades; en las víctimas de organizaciones del crimen organizado, de la prostitución o la droga; en los enfermos desatendidos o en los ancianos que viven en soledad.
 

El Hermano Pedro «es una herencia que no se ha de perder y que se ha de transmitir para un perenne deber de gratitud y un renovado propósito de imitación» (Novo millennio ineunte, 7). Esta herencia ha de suscitar en los cristianos y en todos los ciudadanos el deseo de transformar la comunidad humana en una gran familia, donde las relaciones sociales, políticas y económicas sean dignas del hombre, y se promueva la dignidad de la persona con el reconocimiento efectivo de sus derechos inalienables.