El cine es un instrumento válido para acercarnos a la fe y, por ende, para el encuentro entre ésta con los hombres y mujeres de hoy.
Adjunto un interesante artículo de Juan Orellana sobre el cine religioso y sus características. Según el autor, no todo cine que hable de Dios o de la religión tiene que ver con el hecho cristiano. Invito a leerlo y disfrutarlo.
La fe no es la religión
Últimamente se habla mucho de cine religioso en unos términos por lo menos confusos o imprecisos. Esa falta de claridad ha llevado a meter en el mismo saco películas tan dispares como El séptimo sello de Bergman, La leyenda del Santo Bebedor, de Olmi y Canción de cuna, de J. L. Garci, por poner un ejemplo. Es interesante hacer una reflexión que agudice nuestro criterio a la hora de calificar una película desde el punto de vista religioso.
En la tesitura de tener que arriesgar una denominación para adjetivar una película desde el punto de vista de su presunto contenido “religioso”, debemos partir de una premisa fundamental: no es lo mismo una película religiosa que una cristiana. Una película religiosa es la que expresa, como su nombre indica, el sentido religioso del hombre, de todo hombre. Aborda las preguntas últimas sobre la vida, la necesidad de un significado para la existencia, la radical incapacidad del hombre para responder las grandes cuestiones y para colmar las exigencias más profundas de nuestro corazón. Hay cientos de películas religiosas en esete sentido. A menudo, basta que sean sinceras para que puedan ser religiosas. Muchas de estas películas están firmadas por ateos. La habitación del hijo de Moretti es religiosa, como lo son los films de Bergman, Chaplin, Kurosawa y Visconti. Como es Blade Runner, de Ridley Scott, La Strada, de Fellini, Azul, de Kieslowski,…y un larguísimo etcétera. Reflejan al hombre y a su indigencia y deseo radicales.
Pero el cine cristiano es otra cosa. Si el cine religioso expresa la pregunta, y por tanto, parte en cierto modo de una ausencia, de un anhelo, la fe católica es el reconocimiento de una Presencia. Y esa Presencia tiene la forma de un acontecimiento que no requiere presupuestos, ni siquiera religiosos. Zaqueo ¿era religioso? Difícil creerlo. ¿Y la samaritana de Sicar? Y no digamos nada del ciego Bartimeo al que Jesús devolvió a la luz. Sencillamente se encontraron con Cristo y, arrebatados por su excepcionalidad, se adhirieron a él. Incluso bastaba agarrarse a la orla de su manto, como aquella mujer hemorroína. El cristiano no se define por sus aptitudes religiosas, sino por ser cristiano, valga la redundancia. Obviamente, quien encuentra a Cristo acaba descubriendo en sí la hondura humana del sentido religioso, pero no tiene por qué haberlo hecho antes. En este sentido, cine cristiano hay bastante poco: películas que de una u otra forma se acerquen a la absoluta peculiaridad de la fe cristiana, al encuentro con esa Presencia irreductible. Pero las hay. Y de dos tipos.
Por un lado encontramos las películas que abordan el acontecimiento cristiano desde una perspectiva histórica o hagiográfica. Ustedes las conocen bien. Entre ellas hay de todo. En algunas no se percibe la novedad de la fe, y en otras la ausencia de rigor histórico es notable. Paradójicamente, algunas de estas, como Francesco de Cavani, están dirigidas por personas no cristianas, pero transmiten con acierto algunas dimensiones del seguimiento cristiano. ¿Cómo olvidar Un hombre para la eternidad, de Zinnemann, La pasión de Juana de Arco, de Dreyer, Becket, de Glenville, La Misión, de Joffé, o algunos títulos de Rossellini o Zeffirelli?
Por otro lado, existen films como La leyenda del Santo Bebedor de Olmi, que basándose en historias de ficción expresan bien la novedad de la fe, que siempre es “otra cosa”. Milagro en Milán, por ejemplo, nos presenta a una serie de personas mezquinas e infelices a las que por pura gracia se les ofrece el Milagro. A través de una presencia tangible y humana como la de Totó les cambia la vida y entran en el Cielo por la puerta grande. Es una parábola, claro, un lindo cuento, pero expresa mejor la novedad de la fe que muchas vidas de Jesús que hemos visto en el cine. El festín de Babette, de Axel, es otro film que, sin entrar nunca en una temática “religiosa”, describe como ninguna la sobreabundancia de la Gracia, el ciento por uno que promete Cristo. Sacrificio de Tarkovski expresa de forma inaudita la objetividad de Dios como un factor absolutamente palpable y decisivo de la circunstancia concreta de cada hombre. Pero también muestra cómo ese factor se hace reconocible para la persona siempre a través de una presencia humana, de una “encarnación”.
Esta breve clasificación es más relevante de lo que parece dado el boom de cine de religiosidad new age que estamos viviendo. Reducir la fe a valores religiosos implica negar la especificidad y singularidad del Hecho cristiano. Ser religioso es algo bueno y sustancialmente humano, pero la irrupción de Cristo es “otra cosa”, irreductible y absolutamente novedoso. Meter todo en el mismo saco es convertir a Cristo en un fantasma más del supermercado de las imágenes que el hombre se hace del Misterio, imágenes nobles y piadosas, pero imágenes al cabo. Y las imágenes no salvan.
Juan Orellana