Domingo I de Cuaresma

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después deTentaciones de Cristo ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
-«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. »
Pero él le contestó, diciendo:
-«Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda pa­labra que sale de la boca de Dios.»»
Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice:
-«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: «Encar­gara a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, pa­ra que tu pie no tropiece con las piedras. » »
Jesús le dijo:
-«También está escrito: «No tentarás al Señor, tu Dios.»»
Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo:
-«Todo esto te daré, si te postras y me adoras.»
Entonces le dijo Jesús:
-«Vete, Satanás, porque está escrito: «Al Señor, tu Dios, adora­rás y a él solo darás culto.»»
Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían.

(Mt 4, 1-11)

En todos los trabajos, ocupaciones, realidades de la vida,  hay épocas de mayor esfuerzo, preocupación, intensidad… Pensemos, por ejemplo, en la agricultura o en los estudios. Lo mismo pasa en la vida cristiana. Ahora, por ejemplo, en este tiempo de Cuaresma: Dentro de unos 40 días celebraremos la Pascua, la fiesta más importante de los cristianos. Y si es la más importante, será la que más y mejor se prepara. ¡Cuánto nos ayudan las lecturas de la Palabra de Dios de este domingo! Podríamos decir que la Liturgia de hoy nos presenta dos hechos de la Historia y un comentario.

En la primera lectura contemplamos cómo nuestros primeros padres sucumben ante la tentación, que se presenta como una trampa, un engaño: “Seréis como Dios”. Es la tentación fundamental del hombre de todos los tiempos: Ocupar en la vida el lugar de Dios. Ser grande y feliz, al margen de Dios o en contra de Dios…

¿Y qué es lo que consiguen nuestros primeros padres? Su desgracia… Meterse en un callejón sin salida: Pudieron alejarse de Dios libremente, con todas sus consecuencias, pero ahora, por si mismos, no pueden volver a Él. Tendrá que venir Dios mismo a salvarlos.

El segundo hecho histórico es la “Tentación del Desierto”. Jesucristo es llevado al desierto por el Espíritu, y allí es tentado por el diablo. La tentación aparece de nuevo como una trampa, un engaño… El diablo tiene un conocimiento perfecto de Jesucristo y de la Sagrada Escritura. Y se atreve a acercarse a Jesús para tentarle.  

Hay comentarios interesantes sobre cada una de las tentaciones. A mí me gusta ir a lo fundamental: El diablo no se anda por las ramas. Va a la raíz de la misión de Jesucristo. Ahora, que va a comenzar su Vida Pública, le presenta, con todos sus halagos, otro tipo de mesianismo, otra forma de ser Mesías. Distinta, por supuesto, de la que el Padre le había encomendado. Es un mesianismo más brillante y más atrayente que el otro, un mesianismo espectacular. Como llegar a convertir las piedras en pan o tirarse por el alero del templo sin  miedo a ningún daño, porque lo recogerían los ángeles; un mesianismo de poder y de gloria, que quedaría garantizado con un pacto con el mismo diablo: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”.

Pero Jesucristo no se deja engañar. Es más fuerte y más sabio que el diablo. Y sale vencedor en la tentación. El enemigo queda derrotado.

La segunda lectura, decíamos, es como un comentario a las otras dos, y nos presenta las consecuencias tan graves que  tuvo el primer pecado y la grandeza de la Redención, por la que hemos conseguido más bienes que los que habíamos perdido por la envidia del diablo. S. Pablo se nos presenta así, como testigo de la existencia de un pecado que no es personal y que se conoce en la Fe de la Iglesia como “el pecado original”.

Son, pues, muchas las cosas que nos enseñan estas lecturas. Retengamos esa imagen de “Cristo Vencedor”. La Cuaresma es tiempo de lucha y de esfuerzo y, por tanto, de tentación. El Señor nos ofrece en la oración y en los sacramentos, especialmente, en la Eucaristía, alimento y fortaleza sobreabundante para luchar y vencer. Él nos ha dado su Espíritu que nos acompaña, nos impulsa y nos guía. ¡Él es la garantía de nuestra victoria!

2014-03-07T16:04:35+00:00