Cuando la Biblia nos habla del acto de instituir una alianza utiliza una expresión que normalmente nuestras traducciones no recogen. No habla de “realizar” o “hacer”. El término exacto del que echa mano es “cortar una alianza”. La misma pala7,11).

Pero, ¿cuál es el sentido que se encuentra detrás de este gesto? Cuando dos personas o pueblos establecían una alianza se elegía un objeto que lo simbolizara. Ese objeto se dividía en dos, de modo que cada uno de los firmantes se quedara con una parte. Cuando era necesario reclamar fidelidad a lo acordado, cada uno llevaba su fragmento. Si los dos encajaban quedaba clara la realidad del pacto y la exigencia de su cumplimiento. En cierta medida, quien establecía una alianza reconocía que algo en su vida estaba incompleto hasta que fuera “completado” por aquel con quien la había establecido.

La idea de fondo permanece en la Biblia cuando nos habla de la relación con Dios. El hombre y el pueblo se sienten incompletos cuando viven al margen de su Señor. Por eso, el texto bíblico y, especialmente los profetas, apelan continuamente al cumplimiento de la alianza. Sin ella, el pueblo no tiene futuro. “La tierra yace profanada, pisoteada por sus habitantes, porque han desobedecido las leyes, han violado los estatutos, han quebrantado la alianza eterna” (Is 24,5).

Y ese futuro se cierra, porque fue precisamente la alianza en el Sinaí la que hizo de aquel grupo de huidos un “pueblo para Dios”. “Ustedes serán mi pueblo” afirma Ex 22,31 en la escena de establecimiento de la alianza en el Monte Santo. Sin embargo, la alianza que debía ser “cortada” acabó “rompiéndose”, por la falta de fidelidad de su pueblo. Se podría decir que la historia de la salvación es, en realidad, la historia de la alianza hecha, rota y renovada. Y la rotura de las tablas de la ley a cargo de Moisés es la prueba de ello. Cuando Moisés se acercó al campamento y vio el becerro y las danzas, ardió en ira y arrojó de sus manos las tablas de la ley, haciéndolas pedazos al pie del monte” (Ex 32,19). Pero esa misma historia puede definirse igualmente como el camino “ocurrente” de Dios para restablecer esa alianza. La alianza que renueva Moisés (Ex 34,1). La alianza a la que llaman los voceros del mensaje divino (Ez 16,60).

Ante la fidelidad de Dios, la dureza de corazón de Israel servirá de telón de fondo para subrayar con más fuerza la bondad de Yavé, que se convierte en ofrecimiento gratuito de alianza. Yo corregiré su rebeldía y los amaré sin que se lo merezcan, porque mi ira contra ellos se ha calmado. Yo seré para Israel como el rocío, y lo haré florecer como lirio. ¡Hundirá sus raíces como cedro del Líbano!” (Os 14,4-5).

Incluso más, el Dios de Israel ha decidido no solo amarlos con gratuidad absoluta, sino establecer con ellos una alianza interior inscrita en el corazón. Ahora el signo no va a ser una circuncisión, un cortar físico, sino un “cortar interior”. Las hermosas palabras de Jeremías y Ezequiel son la prueba de ello.

“Este es el pacto que después de aquel tiempo haré con el pueblo de Israel —afirma el SEÑOR—: Pondré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrá nadie que enseñar a su prójimo, ni dirá nadie a su hermano: “¡Conoce al SEÑOR!”, porque todos, desde el más pequeño hasta el más grande, me conocerán —afirma el SEÑOR—. Yo les perdonaré su iniquidad, y nunca más me acordaré de sus pecados.  Así dice el SEÑOR: «Si se pudieran medir los cielos en lo alto, y en lo bajo explorar los cimientos de la tierra, entonces yo rechazaría a la descendencia de Israel por todo lo que ha hecho —afirma el SEÑOR—. (Jer 31,33-37)

Los sacaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los pueblos, y los haré regresar a su propia tierra. Los rociaré con agua pura, y quedarán purificados. Los limpiaré de todas sus impurezas e idolatrías.  Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes. Vivirán en la tierra que les di a sus antepasados, y ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios (Ez 36,24-28).

El hombre se sentirá completo, no tanto porque tenga un fragmento que aportar a su alianza con Dios o porque reciba uno de él, sino, y esto es lo maravilloso, porque su propio interior se convertirá en el trozo testigo de esta alianza. Ahora el autor de la alianza es el Espíritu que escribe no sobre tablas de piedra, sino en el fondo de cada creyente y de todo el pueblo. Un Espíritu que clama desde nuestro interior que la alianza es una alianza de hijos. Ya no somos solo pueblo, ahora somos familia de Dios.

“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: «¡Abba! ¡Padre!. El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo”. (Rm 8,14-17).

Es esa alianza de filiación la que estamos llamados a vivir y a anunciar como discípulos-misioneros durante esta Cuaresma. De la mano del pueblo de Israel también nosotros somos invitados a vivir el desierto de este tiempo litúrgico como memoria del desierto de la primera alianza; como símbolo del desierto interior que es necesario regar con el agua del Espíritu que nos hace atravesar el mar Rojo de la infidelidad. El desierto que nos invita, en el silencio, a interiorizar una alianza ahora no escrita sobre piedra, sino sobre nuestros corazones.

De la mano del Espíritu caemos en la cuenta de que el “cortar la alianza” ahora se convierte en un “partir la alianza”. El partir del cuerpo de Jesús que se entrega en la cruz y nos introduce en la nueva y eterna alianza establecida con la humanidad entera. Y ese gesto hace presente al Señor entre nosotros gracias al mismo Espíritu que nos hace hijos de Dios.

La nueva alianza es, por tanto, la seguridad de una presencia. La presencia del Hijo que establece con nosotros una alianza de bodas. “El celo que siento por ustedes proviene de Dios, pues los tengo prometidos a un solo esposo, que es Cristo”. (2 Co 11,2). Y, ante Cristo que se hace Esposo, la Iglesia grita, no solo en el tiempo de Adviento, sino quizás con más fuerza en la cuaresma, que es preparación a la Pascua. “El Espíritu y la novia dicen: “¡Ven!”; y el que escuche diga: “¡Ven!” El que tenga sed, venga; y el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida. (Ap 22,17).