Este domingo 13 de marzo celebramos en la diócesis el Día de Hispanoamérica.»Testigos de la Misericordia» es el
lema escogido para estas jornada. Un signo distintivo, pero a la vez nos hace una invitación a convertirnos en discípulos- testigos misericordia.
Se da de este modo una efectiva respuesta de comunión a la invitación del papa a «contemplar el misterio de la misericordia» a dejarnos abrazar por el amor misericordioso de Dios a convertirnos en discípulos, testigos y misioneros de su misericordia.
En la actualidad hay más de 9.000 misioneros/as españoles cooperando con la Iglesia local de América en la actividad misionera, aunque la mayoría provienen de congregaciones religiosas, son unos 1.000 los sacerdotes diocesanos presentes en dichas Iglesias particulares, de los cuales 288 han partido acogiéndose a la OCSH.
Un Diocesano Testigo de la Misericordia.
Entre los tres misioneros propuestos por el material editado por la Conferencia Episcopal Española como testigos de la misericordia, se encuentra nuestro paisano José de Anchieta. Así explica la vida y obra de este santo canario Anastasio Gil García, Director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias.
José de Anchieta José de Anchieta nació el 19 de marzo de 1534 en San Cristóbal de la Laguna, en Tenerife. Su padre, Juan de Anchieta, era vasco y primo de san Ignacio de Loyola. Alentado por el padre Simón Rodrí- guez, uno de los siete que con san Ignacio comenzaron la Compañía de Jesús, entró en la misma a los 17 años, en 1552. Al poco tiempo, 1554, llegó a Brasil, a un poblado que más tarde se convertiría en la ciudad de Sâo Paulo. La ciudad no existía aún; había apenas algunos poblados de aborígenes. Llegó el 24 de enero, vigilia de la fiesta de la Conversión de San Pablo. La primera misa aquí celebrada fue, por tanto, exactamente en honor del Apóstol de los Gentiles y a él fue dedicada la villa que debía surgir en torno a la pequeña cabaña —la “iglesiña”—, que sería su corazón. De ahí, el nombre de esta vuestra ciudad de São Paulo, hoy la mayor ciudad de Brasil. Fue el primer jesuita enviado por san Ignacio a América, y allí inició su primera labor de catequesis con los indios tupís, de los que aprendió su idioma y a los que evangelizó a través de la poesía.
La razón de su envío no era otra que anunciar a Jesucristo, difundir el Evangelio. Tenía un único objetivo, conducir a los hombres a Cristo, transmitiéndoles la vida de hijos de Dios, destinados a la vida eterna. Llegó sin exigir nada para sí; por el contrario, dispuesto a dar su vida por ellos. Salvar las almas para gloria de Dios: ese era el objetivo de su vida. Ello explica la prodigiosa actividad de Anchieta para buscar nuevas formas de actuación apostólica, que lo llevaban finalmente a hacerse todo para todos, por el Evangelio; a hacerse siervo de todos a fin de ganar el mayor número posible para Cristo (cf. 1 Cor 9, 19-22). No escatimó ningún esfuerzo, para comprender a sus “brasís” y compartir con ellos la vida. Pronto aprendió su difícil lengua—y tan perfectamente que fue el primero en componer una gramática de esa lengua— porque era el mejor camino para hablarles de Jesús y transmitirles la Buena Nueva. De ese modo, se transformó en un preclaro que, viviendo entre los hombres, les hablaba de manera sencilla, acomodándose a sus categorías mentales y a sus costumbres.
Para ello puso todo su empeño en la enseñanza de la lengua portuguesa a los hijos de los indios y portugueses; en la escritura del catecismo y de obras de teatro e himnos en la lengua de los indios para inculturar la fe, además de otras obras en portugués, latín, tupi y guaraní. Con esa misma finalidad, tomando en consideración las dotes y cualidades naturales de los indios, su sed de saber, su generosidad, hospitalidad y sentido comunitario, promovió y desarrolló las “aldeas”, centros donde la vida de cada familia se fundía con la de los demás, de modo adecuado, en el trabajo, en la solidaridad, en la cooperación. Desde su llegada hasta su muerte la vida de este misionero canario fue una permanente actividad de entrega y labor hacia los más necesitados y perseguidos: murió el 9 de junio de 1597 en Reritiba, ciudad fundada por él en Espíritu Santo y que posteriormente recibiría el nombre de Anchieta.
La diócesis de Tenerife se reconoce privilegiada al contar entre sus misioneros al que fue nombrado “Apóstol de Brasil” en el mismo día de su funeral, y a él rezan esta oración: «San José de Anchieta, tú que naciste en nuestra tierra canaria, ruega al Padre por cuantos habitamos en ella. Apóstol de Brasil, ayúdanos a ser mejores discípulos-misioneros de Jesús. Poeta de la Virgen María, intercede por nosotros ahora y siempre. Haznos disponibles para servir al Señor Jesús como tú le serviste en los más pobres y necesitados. Protégenos de todos los males. Y, si fuera voluntad de Dios, alcánzanos la gracia que ahora te pedimos. San José de Anchieta. Ruega por nosotros».