El Sábado Santo es la celebración del tiempo detenido, del silencio y de la espera. Es el día en que la Iglesia entera contiene la respiración ante la contemplación de Cristo depositado en el sepulcro. Este silencio es roto únicamente por la celebración de la Liturgia de las Horas que muestra progresivamente el dolor de la Iglesia, el descanso del Señor, su descenso al lugar de los muertos y la espera de la victoria.

Con María permanecemos en vigilante espera. Todas las parroquias de la diócesis, mientras, se preparan para la Gran Noche de la Vigilia Pascual. Desde la puesta del sol, con la llegada de la noche, para la Iglesia ya será el Gran Domingo, el día de la Resurrección del Señor.

Santa Vigilia Pascual 

Durante la Cuaresma nos hemos preparado para la celebración de esta noche en la que renovaremos las promesas bautismales desde la fe en la Resurrección del Señor. Comenzaremos con la bendición del cirio pascual que significa Cristo Resucitado, desde quien brota para nosotros la luz de la fe. Y con los cirios encendidos escucharemos el pregón pascual. Después, la liturgia de la Palabra, que con las oraciones que siguen a cada lectura nos irá acercando a la plenitud de la revelación que oiremos en el Evangelio.: «Cristo ha resucitado como había dicho».

Antes, el canto del Gloria y, de modo especial hoy, del Aleluya, que nos introducirá en la alegría pascual. Acabada la liturgia de la Palabra, se procede a la liturgia bautismal, con la bendición del agua y la renovación de las promesas bautismales, con los bautismos (si los hay) y la aspersión de todos con el agua bendita.

Prosigue la celebración con la liturgia eucarística de la Misa, en la que Cristo Resucitado se hace presente realmente en el pan y el vino consagrados, prenda de vida eterna para quienes lo reciban.