Comenzó la Pascua. Los efectos de la Resurrección

Queridos hermanos y amigos, «Cristo ha resucitado y vive con nosotros». Feliz Pascua de Resurrección. Sí, felicidades porque Cristo, el que fue crucificado, muerto y sepultado, ha resucitado y vive para siempre.

Lo que el Viernes Santo se podría considerar un fracaso, hoy Domingo de Pascua se ha tornado en triunfo; lo que se creía victoria del poder del mal y de la muerte se ha convertido en el triunfo de la vida.

La muerte de Cristo fue como un grano de trigo que cae en tierra y muere para producir fruto. En Cristo, la muerte es vencida y adquiere  plena fecundidad en la resurrección. Así como un solo grano de trigo produce una espiga con muchos granos, así Cristo es germen de vida abundante para muchos.

Los efectos de la Resurrección no sólo se manifiestan en la persona de Cristo, sino también en los discípulos, que del temor, la tristeza y la frustración pasaron a la alegría y la esperanza. Aquellos que se encerraron en casa y tenían medio de salir a la calle, ahora se lazan a «predicar el evangelio por todas partes», incluso en medio de la adversidad y la persecución.

Los efectos de la Resurrección se perciben, también, en el modo de vida de los cristianos. En una vida conforme al pensamiento, a los sentimientos y al actuar del propio Cristo. Estos efectos aparecen reseñados en la primera comunidad cristiana que nos presenta los Hechos de los Apóstoles:

«Se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la unión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones. Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el importe de las ventas entre todos, según la necesidad de cada uno. Acudían diariamente al Templo con perseverancia y con un mismo espíritu; partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando de la simpatía de todo el pueblo. Por lo demás, el Señor agregaba al grupo a los que cada día se iban salvando». (Hech. 2,42-47)

Nos alegramos por el triunfo de Jesús, nuestro redentor, y nos alegramos, también, por nuestro propio triunfo, pues, su resurrección tiene un efecto en todos nosotros. Sí, «en la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida y en su resurrección hemos resucitado todos» (Prefacio 2º de Pascua).

Como decía San Pablo: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?». ¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! (1Cor. 15, 55-57).

Jesucristo no es un personaje del pasado, sino una persona viva que está con nosotros todos los días. Como decimos en un canto de la liturgia de la Iglesia:

«Cristo está conmigo,

junto a mí va el Señor,

me acompaña siempre,

en mi vida hasta el fin».

¡Cristo vive! Esta es la raíz de la fe, de la esperanza y del dinamismo de la comunidad cristiana. El efecto de su Resurrección se manifiesta en tantas  personas que, con ánimo renovado y renovador, trabajan y luchan por anunciar e instaurar el Reino de Dios en la Historia, «el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y de la gracia, el reino de la justicia, del amor y de la paz».

El efecto de la Resurrección se percibe en tantas personas libres y liberadoras que con un corazón compasivo y misericordioso, solidario y generoso, no viven para sí mismas, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó. Viven para Cristo, que quiere ser amado y servido en todas las personas, especialmente los que sufren por cualquier causa, en su cuerpo y en su espíritu.

Personas así son una manifestación, «una señal» de que Cristo vive y reina, como decimos en las oraciones de la litúrgica. Hay una relación «causa-efecto» entre Cristo y la vida cristiana. Cristo vive y está activo en las personas que se dejan impregnar por el «poder de su resurrección». San Pablo, convencido de que sin Cristo no puede hacer nada, declara: «todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Filp. 4,13).

«Cristo vive», es precisamente el título elegido por el Papa Francisco para el reciente documento sobre Sínodo de los Jóvenes, en el cual podemos leer, este hermoso mensaje que comparto con ustedes:

¡Él vive! Hay que volver a re­cordarlo con frecuencia, porque corremos el riesgo de tomar a Jesucristo sólo como un buen ejemplo del pasado, como un recuerdo, como alguien que nos salvó hace dos mil años. Eso no nos serviría de nada, nos dejaría iguales, eso no nos liberaría.

El que nos llena con su gracia, el que nos libera, el que nos transforma, el que nos sana y nos consuela es alguien que vive. Es Cristo resucitado, lleno de vi­talidad sobrenatural, vestido de infinita luz.

Sí. Él vive y presente en tu vida, en cada momento, para llenarlo de luz. Así no habrá nunca más soledad ni abandono. Aun­que todos se vayan Él estará, tal como lo prometió: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Él lo llena todo con su presencia invisible, y donde vayas te estará esperando. Porque Él no sólo vino, sino que viene y seguirá viniendo cada día para invitarte a caminar hacia un horizonte siempre nuevo.

Contempla a Jesús feliz, desbordante de gozo. Alégrate con tu Amigo que triunfó. Mataron al santo, al justo, al inocente, pero Él venció. El mal no tiene la última palabra. En tu vida el mal tampo­co tendrá la última palabra, porque tu Amigo que te ama quiere triunfar en ti. Tu salvador vive.

Sí, Él vive y eso es una garantía de que el bien puede hacerse camino en nuestra vida, y de que nuestros cansancios servirán para algo. Enton­ces podemos abandonar los lamentos y mirar para adelante, porque con Él siempre se puede. Esa es la seguridad que tenemos. Jesús es el eterno viviente. Aferrados a Él viviremos y atravesaremos todas las formas de muerte y de violencia que acechan en el camino.

San Pablo dice que él quiere estar unido a Cristo para «conocer el poder de su resurrección» (Filp. 3,10). Es el poder que se manifestará una y otra vez también en tu existencia, porque Él vino para darte vida, «y vida en abundancia» (Jn. 10,10).

Si alcanzas a valorar con el corazón la belleza de este anuncio y te dejas encontrar por el Señor; si te dejas amar y salvar por Él; si entras en amistad con Él y empiezas a conversar con Cristo vivo sobre las cosas concretas de tu vida, esa será la gran experiencia, esa será la experiencia fundamen­tal que sostendrá tu vida cristiana. [Texto Extraído de Christus vivit, 124-129]

Después de dos mil años, Cristo sigue vivo, y hoy -como lo hizo con los primeros cristianos- está presente en la comunidad de sus discípulos, guiándola y animándola por su Espíritu, y lo estará hasta la victoria definitiva al fin de los tiempos.

A nosotros nos corresponde, anunciar con palabras y con nuestra vida que Cristo ha resucitado. Como cristianos, somos «personas tocadas por el poder de su resurrección». Somos fruto de la Resurrección Señor y estamos llamados a ser signo e instrumento de su acción salvadora en el mundo de hoy. Somos miembros vivos de la Iglesia, somos la Iglesia misionera. Y la Iglesia no guarda el secreto del Señor resucitado sino que lo proclama y lo anuncia con toda su vida.

La Iglesia somos todos los cristianos. A todos nos corresponde dar al mundo la Buena Noticia de que el Señor Jesús vive para siempre y es el Salvador de la humanidad, demostrando con nuestra vida que nosotros somos una prueba de ello.

¡Aleluya! ¡Cristo vive! ¡Felicidades!

¡Cristo ha resucitado! ¡Resucitemos con Él!

Bernardo Álvarez Afonso

2019-04-22T07:27:38+00:00