San José de Anchieta
Misionero, ¿qué hay detrás de este término tan conocido? 

Sobrevivir a una navegación transatlántica en el siglo XVI, aprovechar la reparación del barco a mitad de camino para aprender la lengua extranjera de los habitantes con los que iba a vivir, participar en la fundación de la ciudad de Sao Paulo, arquitecto y albañil que construye su propio centro para compartir con otros, carpintero y artesano, profesor de indígenas, lingüista que prepara para la primera gramática en lengua tupí, poeta y dramaturgo, diplomático en favor de la paz entre tribus autóctonas y conquistadores, médico y enfermero en las batallas en las que se vio involucrado, defensor de los derechos de los aborígenes y voz crítica contra las cacerías de indios y el mercado de esclavos y responsable de liderar la Compañía de Jesús en aquellas tierras recién descubiertas en donde envió a los primeros jesuitas que luego fundaron las reducciones en Paraguay.

La vida de José de Anchieta puede ser una respuesta. Su impulso fue contagiar la alegría de Jesucristo a todos. Su ejemplo es aliento cinco siglos después para salir a construir Evangelio sobre asfalto.

FUENTE: serjesuita.es

SAN JOSÉ DE ANCHIETA: De carta pastoral obispo PDP 2015/20

«Un incansable y genial misionero es José de Anchieta, que a los 17 años,
ante la imagen de la Santísima Virgen María, en la catedral de Coimbra,
hace voto de virginidad perpetua y decide dedicarse al servicio de Dios.
Habiendo ingresado en la Compañía de Jesús, parte, el año 1553, para el
Brasil, donde, en la misión de Piratininga, emprende múltiples actividades
pastorales con el fin de acercar y ganar para Cristo a los indios de las selvas
vírgenes. Ama con inmenso afecto a sus hermanos «brasís», comparte con
ellos su vida, estudia profundamente sus costumbres y comprende que su
conversión a la fe cristiana debe ser preparada, ayudada y consolidada por
un apropiado trabajo de civilización, para su promoción humana. Su celo
ardiente le mueve a realizar innumerables viajes, cubriendo distancias
inmensas, en medio de grandes peligros. Pero la oración continua, la
mortificación constante, la caridad ferviente, la bondad paternal, la unión
íntima con Dios, la devoción filial a la Virgen Santísima dan a este gran
hijo de San Ignacio una fuerza sobrehumana, especialmente cuando debe
defender contra las injusticias de los colonizadores a sus hermanos los
indígenas. Para ellos compone un catecismo, adaptado a su mentalidad, que
contribuye grandemente a su cristianización. Por todo ello, bien merece el
título de «Apóstol del Brasil». (San Juan Pablo II, en la Beatificación de
José de Anchieta, el 22 de junio de 1980).
También, el 3 de julio de 1980, en su viaje a Sao Paulo, ciudad fundada
Anchieta, San Juan Pablo II explicó los fundamentos de la vida de José de
Anchieta, así como las motivaciones e intenciones que llevaba en su
corazón.
«¿Había venido el padre Anchieta como un soldado en busca de
gloria, un conquistador en busca de tierras, o un comerciante en
busca de buenos negocios y dinero? ¡No! Vino como misionero,
para anunciar a Jesucristo, para difundir el Evangelio. Vino con
el único objetivo de conducir los hombres a Cristo,
transmitiéndoles la vida de hijos de Dios, destinados a la vida
eterna. Vino sin exigir nada para sí; por el contrario, dispuesto a
dar su vida por ellos».
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«Salvar las almas para gloria de Dios: ése era el objetivo de su
vida. Ello explica la prodigiosa actividad de Anchieta para
buscar nuevas formas de actuación apostólica, que lo llevaban
finalmente a hacerse todo para todos, por el Evangelio; a hacerse
siervo de todos a fin de ganar el mayor número posible para
Cristo (cf. 1 Cor 9, 19-22)»
¿De dónde sacó el padre Anchieta la fuerza para realizar tantas
obras en una vida consumada toda en pro de los demás, hasta
morir, extenuado, cuando todavía estaba en plena actividad?
Desde luego, no de una salud de hierro. Al contrario; siempre
tuvo una salud precaria. Durante sus viajes apostólicos, hechos a
pie y sin ayuda, sufrió continuamente en su cuerpo las
consecuencias de un accidente que había tenido siendo joven.
¿Tal vez sacó su fuerza de su talento y dotes humanas? En parte,
sí; pero eso no lo explica todo. Solamente con esa afirmación no
se llega a la verdadera raíz. El secreto de este hombre era su fe:
José de Anchieta era un hombre de Dios. Como San Pablo, podía
decir: «Sé a quién me he confiado… y estoy seguro de que puede
guardar mi depósito para aquel día» (2 Tim 1. 12).
La unión con Dios profunda y ardiente; el apego vivo y afectuoso
a Cristo crucificado y resucitado presente en la Eucaristía; el
tierno amor a María: ahí está la fuente de donde mana la riqueza
de la vida y actividad de Anchieta, auténtico misionero,
verdadero sacerdote.