El domingo de Ramos la palabra de Dios nos hace repetir a todos: “vamos alegres a la casa del Señor” mientras se
recita el salmo 122. Con él se recuerda la entrada del arca de la alianza en la ciudad conquistada por el rey David como casa común de todo el pueblo, como espacio donde Dios haría sentir su protección, ¿cómo no alegrarse?
Sin embargo, esa casa común se convirtió pronto en una cueva de bandidos porque los poderosos sembraron la injusticia en ella para afirmarse en su poder y sus privilegios, y porque los sacerdotes del Señor olvidaron que servir a Dios era algo más que repetir ritos mirando para otro lado y defendiendo sus dignidades sacras. Más adelante terminó siendo un lugar arrasado, lleno de angustia y soledad porque siempre, antes o después, en la lucha de poderes hay alguien más fuerte, allí fue Babilonia quien venció y el pueblo se quedó sin ciudad y sin templo. Pagaron su soberbia los dirigentes, sacerdotes y laicos, pero el dolor se extendió también a los que ya les sufrían a ellos y ahora tenían que sufrir, ¡y cómo!, a los otros. ¿Cómo cantar entonces un canto a la ciudad de Dios? Sólo quedó el eco del hombre que vivía en angustia, paseando por sus calles inhabitables, sufriendo la opresión y el despreciado.
Jerusalén que fue pensada para reunir a todos los pueblos en una mesa de manteles blancos y vinos abundantes se llenó del lamento de hombres de toda lengua, raza, pueblo y nación, porque los sufrimientos del hombre son en todas partes los mismos.
Es a esta ciudad a la que sube Jesús, es esta ciudad la que se encuentra. Alta como la soberbia poderosa de la injusticia y la vanidad, hundida y venida a menos como la espalda de los que sufren soledad, angustias y humillaciones. Es en ella donde quiere terminar su obra. Sembrarse ofreciendo a la tierra la fecundidad de la humildad, la pobreza y el amor. Sube para pedir sitio en los corazones y ofrecer esperanza a toda carne.
Pero los que cantaron con él este salmo al cruzar los umbrales de Jerusalén se han quedado mudos. Y solo se oye el desprecio de un mundo de satisfechos que ha crucificado a Cristo. Jerusalén Jerusalén, que asesinas a los profetas y apedreas a los que te son enviados.
Sin embargo, Jesús no subió a la ciudad sin prepararse. No subió a morar en los palacios y regir desde ellos el destino de los pueblos, sino para entrar en el centro del mundo, donde fragua el misterio del amor y del odio, de la vida y de la muerte, de la fe y de la desesperación, y allí ganar a los hombres para siempre. Allí atado a la muerte se acerca a todo hombre, a su violencia y a sus sufrimientos, a su soberbia y a su humillación.
Este es el nuevo palacio de David, palacio de reconciliación y puertas abiertas, donde se vence el odio con perdón, y se curan las heridas con su cercanía sufriente y compasiva. Se abren las puertas de la nueva ciudad y se ofrecen sus moradas a los que se acogen a él, sean quienes sean y vengan de donde vengan en su vida: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Ha vuelto el Rey David. Su rostro ha cambiado y nadie parece reconocerle después de haberle aclamado hace unos días. Él ha entrado en el corazón roto de la humanidad y lo ha hecho suyo. Ya nadie está lejos de la vida, de la gracia y del perdón.
Ahora, solo ahora, podemos dejar las palmas a un lado y cargar con las cruces de nuestra vida y con las de los demás, e invitar al mundo a cantar con esperanza: “Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor”.
Francisco García (Reproducimos un artículo publicado hace algunos años)