Es verdad que se ha avanzado mucho en las actitudes ante la inmigración y cada vez son más las personas que reconocen la aportación que las personas inmigrantes hacen y han hecho a nuestra sociedad local. Pero en estos momentos de recesión económica, con tanto paro, no es extraño que surjan entre la población sentimientos de rechazo al ver a las personas inmigrantes solamente como un problema o un estorbo y se generen actitudes racistas.
Desde el desconocimiento, la desconfianza y el recelo no se puede plantear una relación, tampoco se puede construir una sociedad que merezca la pena, donde la pluralidad y diversidad que aportamos todos la enriquezca mucho más. Y creo que muchas veces esos son los sentimientos que inicialmente pueden estar presentes frente a las personas inmigrantes que se encuentran entre nosotros.
Pienso que tristemente se favorece este tipo de actitudes en la población desde las propias políticas migratorias que establecen nuestros países cuando hacen más hincapié en las medidas de control de fronteras y en el recorte de derechos que en las medidas de integración y de cooperación con los países de origen.
Y si no somos capaces de superar estos sentimientos, difícilmente podremos avanzar en la construcción de un mundo mejor, tal y como plantea el lema de la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado que la Iglesia celebra este domingo. Una jornada que cumple ya cien años de vida y que personalmente valoro como un signo precioso de la cercanía, preocupación y servicio de la nuestra iglesia ante esta realidad de las personas migrantes queriendo estar atenta y compartir sus ilusiones, esperanzas, sus angustias y todo lo que aportan como valores y capacidades.
Cada uno de nosotros y en nuestras comunidades cristianas tenemos que ser y podemos ser ejemplo y modelo de referencia para el resto de la sociedad de cómo cultivar los valores de una “cultura del encuentro” frente a la “cultura del rechazo”, siguiendo la invitación que nos hace el papa Francisco en su mensaje para la jornada de este año. Solo de esta manera podremos ser capaces de construir un mundo mejor.
Jesús Alberto González Concepción,
delegado diocesano de migraciones