En la mañana de este domingo de Ramos, el obispo presidía en el exterior de la iglesia del convento de las clarisas, la bendición de las palmas y olivos y, la posterior procesión, hasta la Catedral.

En su breve alocución, Bernardo Álvarez indicó que este día pone al descubierto «una realidad desconcertante y benérica a la vez: En Cristo, Dios ha elegido claramente el camino del amor, no de la fuerza, el camino del sacrificio, no del juicio y la condena, el camino de la misericordia, no del castigo».

Sus palabras fueron:

En Jerusalén la gente acoge a Jesús con entusiasmo y simpatía, reconociendo en él al Mesías. Jesús avanza montado en una borrica. Nada hace pensar en un general victorioso, en un rey que acaba de aplastar a sus enemigos con el poder de las armas.

 Jesús acepta el grito de júbilo de la gente sencilla y ve sinceridad en sus corazones, pero no puede dejar de pensar también que detrás de sus buenas intenciones está la idea de ver en él un hombre poderoso destinado a liquidar al ocupante romano y a restablecer la independencia de Israel.

Jesús sabe, también, que este equívoco no durará mucho. La pasión y muerte a la que será sometido disipará las falsas ilusiones y malentendidos, y pondrá al descubierto una realidad desconcertante y benéfica a la vez.

 En Cristo, Dios ha elegido claramente el camino del amor, no de la fuerza, el camino del sacrificio, no del juicio y la condena, el camino de la misericordia, no del castigo.

 Es por esto que Jesús, oculta su divinidad y se hace pobre, presentándose desarmado y débil.