Mi nombre es Charo, pertenezco al arciprestazgo de Isora, concretamente a las parroquias de Adeje, tengo 49 años, estoy casada y tengo dos hijos.

La llamada de Dios tuvo un proceso de gestación. Hace más de veinte años, un sacerdote se acercó a mí y me dijo: “necesitamos catequistas en una parroquia”, y en ese momento, descubrí que acababan de pulsar una fibra en lo más profundo de mi ser, despertando en mí el deseo y la voluntad para dar respuesta a esta llamada.

Inmediatamente, surgen las dudas y los interrogantes, ¿pero cómo me voy a dedicar a algo tan importante si no estoy preparada? ¿Cómo voy a relacionarme con los jóvenes? Pero el discernimiento lo hice en oración, poniéndome en las manos de Dios y pidiéndole que me diese luz .Dar el paso fue decir “SÍ” al Señor con fe, generosidad y con confianza.

Actualmente, soy catequista de niños. Cuando empecé era con los jóvenes. Ahora puedo decir que, a través de la catequesis, he crecido como persona y como creyente. La catequesis la vivo como un “ministerio”, como un servicio de evangelización en comunión eclesial. Me siento dispuesta y a su vez acompañada por Dios, y desde esta vivencia puedo acompañar a los niños.

Justamente, el Papa Benedicto XVI nos recordaba que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino, por el “encuentro” con un acontecimiento, con una Persona, que es Cristo”, el cual ha dado un nuevo sentido a mi vida.

El nuevo perfil del catequista requiere pertenecer a la comunidad eclesial, exige vocación, preparación, reflexión, oración y tiempo. La Palabra de Dios debe ser el pan de cada día, donde tiene que apoyarse toda catequesis; junto con la tan importante oración personal y la participación gozosa en el misterio de la Eucaristía. El catequista siendo discípulo de Jesús, promoverá que también los niños aspiren a serlo, encontrando en Jesús su mejor amigo.

Para que el proceso de catequización sea fructuoso y fecundo, urge la participación activa de las familias, acompañándolas en el acercamiento a la vida de la comunidad, de la parroquia, con el fin de que descubran su fe.

El Papa Francisco, en “La Alegría del Evangelio” convoca a toda la Iglesia a salir de sí misma, y lanzarse en misión hacia todas las “periferias existenciales”, lejanas y cercanas. La catequesis no queda exenta de ser “misionera” y para esta labor los catequistas debemos salir de nuestras propias “periferias” y mediocridades e ir dejando que el centro de nuestras vidas sea Jesucristo. Entonces Él será quien guíe nuestra misión catequética.