En el comienzo de la fase celebrativa de la Misión Diocesana, estamos invitados a dejar que se nos
conmueva el corazón como a Jesús cuando contemplaba a la gente “cansada y agobiada como ovejas que no tenían pastor” (Mt.9,36). Además, alentados por el Papa Francisco, estamos llamados a renovarnos y vivir la fe, proponerla a otros, en especial a los que en algún momento la celebraron y se alejaron por diferentes motivos, a aquellos que la viven pero de manera rutinaria y a quienes no la buscan pero que a los que Dios nunca deja de salirles al encuentro. Que durante este curso resuene en medio de nuestra asamblea: “¡FALTAS TÚ!…”
“Pienso en las mamás y en los padres preocupados cuando ven a sus hijos alejarse tomando caminos peligrosos. Pienso en los párrocos y catequistas que a veces se preguntan si su trabajo ha sido en vano. Pero pienso también en quien se encuentra en la cárcel, y le parece que su vida se ha terminado; a cuantos han realizado elecciones equivocadas y no logran mirar al futuro; a todos aquellos que tienen hambre de misericordia y de perdón y creen de no merecerlo… En cualquier situación de la vida, no debo olvidar que no dejaré jamás de ser hijo de Dios, ser hijo de un Padre que me ama y espera mi regreso. Incluso en las situaciones más feas de la vida, Dios me espera, Dios quiere abrazarme, Dios me espera.”
Papa Francisco.
EL LEMA
Comenzamos el tiempo litúrgico de Adviento; tiempo de preparación para la Fiesta de la Natividad del Señor. Como entonces hizo el resto de Israel, también nosotros queremos prepararnos a su venida despertando en nosotros el deseo de encontrarnos con Él. Dos deseos que se encuentran: el suyo por encontrarnos y salvarnos, y el nuestro por entrar en comunión plena con su salvación.
Preparemos, pues, este camino de esperanza para que la Navidad alcance hasta el fondo de nuestra identidad eclesial. Una Iglesia que Le espera, anunciado, como discípula misionera, la alegría del Evangelio. Despertando lo que de deseo tiene la misión diocesana en la que estamos empeñados. Deseamos que otros vengan a este encuentro con Jesús. Esta doble esperanza, este doble deseo, nos ofrece la posibilidad de afirmar en el lema de este Adviento en su doble significación: esperamos que venga el Señor, un «Tú» en mayúscula; y esperamos que vengan los demás, un «tú» en minúscula al que le anunciamos la hermosura del Evangelio. Y gritamos con toda nuestra identidad convertida: ¡Ven! ¡Faltas tú! ¡Ven! ¡Pidamos juntos a Jesús que venga!
Si en la Iglesia falta Jesús no somos nada. No servimos para casi nada. Lo importante de la Iglesia está en su Cabeza, en el Señor. Cuando el Señor es pequeño en la Iglesia, ésta se contenta con mirarse a sí misma y sentir el látigo de la auto referencialidad. Y hemos de ser sinceros: en muchas ocasiones nos falta Jesús en nuestra vida. «Faltas Tú;… Ven».
Si en la Iglesia falta un solo hermano o hermana, no estamos todos. Nuestra identidad no es de gueto, de club cerrado, de cuerpo de élite… Nuestra identidad es más bien de familia, y en la familia se espera a sus miembros solo por el hecho de ser familia. Hay una fraternidad anterior que da sentido a nuestra espera. En el evangelio de Lucas se narra el envío de Jesús de los setenta y dos discípulos indicando que los enviaba a donde iba a ir posteriormente Jesús: «En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él» (Lc 10, 1).
La acción misionera de la Iglesia no es sustitutiva de la acción de Jesús en el corazón de las personas. Nosotros vamos a donde luego va a ir Jesús. Le preparamos el camino. Disponemos al encuentro con Jesús a los hermanos. Esta es la tarea misionera. No se trata que las personas vengan a la Iglesia, se trata de que vengan a Jesús; que Jesús llegue a ellos. Hasta que Jesús no se encuentre con una persona a la que le hemos anunciado su salvación, la evangelización no ha concluido: ¡Si faltas Tú, Señor, no hemos concluido! ¡Ven, Señor!
¡Hay tantos corazones sin la presencia de Jesús! Y este diagnóstico pasa por nuestro propio corazón. En este tiempo de Adviento nos debemos preguntar si existe alguna zona oscura, algún lugar de nuestro corazón y de nuestra vida en la que esté ausente Jesús. Mirarnos con detenimiento y repetir frecuentemente ¡Faltas, Tú! ¡Ven!
Tiempo para despertar el deseo. La Navidad es la fiesta del encuentro. La humanidad se encuentra con la divinidad en los signos evidentes de un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Lc 2, 12). La desproporción entre nuestras expectativas y la entrada en escena de Dios es increíble. La ternura de María, la fidelidad de José, la alegría de los ángeles, la curiosidad de los pastores, la generosidad de los magos… Una total desproporción. Un encuentro inaudito. Un encuentro salvador. Porque todo cambia cuando Él está en medio de nosotros. Todo cambia cuando ellos se encuentran con Él.
El lema general y la intención del mismo, como en años anteriores, lo mantendremos todo el curso aunque con alguna variable dependiendo del tiempo litúrgico. Como adelanto proponemos lo siguiente:
ADVIENTO: “¡Faltas tú! ¡Ven!”
CUARESMA: “¡Faltas tú! ¡Vuelve a casa!
PASCUA: “¡Faltas tú! ¡Ponte en camino!
EL SIGNO
Como signo que nos ayude en la reflexión, podemos colocar en un lugar visible una silla vacía. Debe de llamar la atención al que mire. Recomendamos que sea una silla sencilla en la que la gente repare más por el lugar en el que está colocada que por el diseño de la misma. Debe de dar la sensación que está vacía porque espera que alguien la ocupe.
Además el lema debe colocarse cerca para que se relacione el mensaje con el signo elegido.