Estad en velaEn aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán.
Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.»

(Mt 24, 37-44)

 

Este domingo nos exige un pequeño esfuerzo  para acoger enseguida, lo que se nos ofrece: ¡un nuevo Año Litúrgico,  y  su primera etapa, el Tiempo de Adviento!

            Un nuevo Año o un Tiempo Litúrgico nuevo, constituye un don muy grande de Dios, y merece ser acogido con alegría y  gratitud, y debemos ponernos en marcha desde el primer momento.

            El Vaticano II nos dice cosas muy hermosas del Año Litúrgico (S. C. 102).

            Adviento es una palabra que significa venida, llegada, advenimiento…, y trata de disponer a los fieles para celebrar una Navidad auténtica.

            Cuando llegue la Navidad, muchos cristianos se dirán: “¿Lo que celebra la mayoría la gente es Navidad?  Porque en adornos, comidas, felicitaciones, regalos…, parece que se queda todo. ¡Y eso sólo no es Navidad!”

            Sabemos, por experiencia, que las fiestas del pueblo o del barrio, si no se preparan, salen mal… ¿Cómo podemos celebrar una Navidad sin el Adviento?

            Y las celebraciones  del  Adviento culminan en el sacramento de la Penitencia, que reciben los cristianos principalmente  unos días antes de la Navidad; y en el de la Eucaristía que hace de cada uno de nosotros un verdadero portal de Belén. Éste es el fundamento último de la alegría desbordante de la Navidad. Lo demás son manifestaciones externas, algunas magníficas y  ya tradicionales entre nosotros. Ellas  expresan y alimentan el gozo profundo del corazón.

            Y  comenzamos nuestra preparación para celebrar la primera Venida del Señor en Navidad, recordando que los cristianos vivimos siempre en un adviento continuo, porque estamos esperando siempre la Vuelta Gloriosa del Señor, como hemos venido recordando y celebrando estas últimas semanas y seguiremos haciéndolo hasta el día 17 de Diciembre, en que comienzan las  ferias  mayores de Adviento, cercana ya  la Navidad.

            Los acontecimientos de la tierra tienen todos un día y una hora, pero el Señor ha querido ocultarnos el de su Venida Gloriosa. De este modo, todas las generaciones cristianas esperan la Venida del Señor, como el acontecimiento más grande e importante.

            En el Evangelio de S. Mateo,  por el que nos vamos a  guiar este año, Jesús nos dice este domingo: “Estad en vela porque no sabéis cuándo vendrá vuestro Señor”. Y también:   “Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”.  Al mismo tiempo, el Señor nos da un pronóstico un tanto pesimista de aquel Gran Día:  Sucederá como “en tiempos de Noé. Cuando menos lo esperaban, llegó el diluvio y se los llevó a todos”.

            No deben sorprendernos estas palabras del Señor. El puede venir esta noche o dentro de 1000 años. No lo sabemos. Pero si viniera esta noche, ¿cómo nos encontraría? ¿Vigilantes? ¿Preparados?, ¿Esperándole…? ¿O como en los días de Noé?

            Con todo, la Venida del Señor no es una cita con el miedo, el pesimismo, la desesperanza… Todo lo contrario. En el salmo responsorial de este domingo, repetimos: “Vamos alegres a la casa del Señor”. Y esa  casa es el Cielo, hacia donde nos dirigimos como peregrinos…

S. Pablo nos dice, en la segunda lectura de este día: “Daos cuenta del momento en que vivís”.

(Juan Manuel Pérez Piñero)