200 años

¡Qué rápido pasa el tiempo! Esto que decimos en el marco de la biografía humana, también le ocurre a las realidades sociales o comunitarias. La diócesis de Tenerife cumple dos siglos de historia. Casi nada. Y a la vez, mucho. Porque podemos medir el tiempo desde abajo o medirlo desde arriba. Y la his-toria de la Iglesia se mide de ambos lados. Dios mide el tiempo desde la eternidad y nosotros, inevita-blemente, desde la temporalidad. Somos una tierra en la que está presente el Evangelio desde mucho antes de 1819. Con la conquista y evangelización de las Islas Canarias, la fe cristiana se hizo presente de numerosos modos. Institucionalmente se constituyó la diócesis de Rubicón y luego la diócesis de Canarias.

Las circunstancias cambian. Las necesidades eran distintas en el siglo XVI que en el siglo XVIII. Es evidente. La sociedad se fue configurando y asimilando a otras sociedades de otras zonas de España de tal modo que en el siglo XIX era necesario que se dividiera el Archipiélago en dos Iglesias particu-lares. Y eso ocurrió. Y hace dos siglos que las cuatro islas del occidente de Canarias se hicieron mere-cedoras de constituirse como una porción del Pueblo de Dios encomendada al cuidado de un obispo propio.

Dos siglos desde entonces. Eso celebraremos durante el Jubileo especial que se abrirá el 21 de diciem-bre de este año 2019. ¿Por qué es importante está efeméride?

A partir de nuestro bautismo, cada uno de nosotros puede decir que “pertenece” a Jesús, que nos compró con su obra redentora y nos abrió las puertas de la salvación. Una identidad de pertenencia al misterio divino y trino: hijos del Padre, hermanos del Hijo, templos del Espírito. Esta pertenencia bautis-mal se concreta en una comunidad eclesial particular. Pertenecemos a la única Iglesia de Cristo que toma cuerpo y existe en cada una de las iglesias locales extendidas por el mundo. Nuestra identidad bautismal nos sitúa en una dimensión de “pertenencia” eclesial a una iglesia concreta que, en nuestro caso, se llama Iglesia Nivariense. Esta es la razón de la importancia de esta efeméride.

Somos una Iglesia particular en diferentes avatares sociales. Una Iglesia que nació durante el reinado de Fernando VII, que conoció el trienio revolucionario y la década ominosa previa a las épocas de las regencias por la minoría de edad de Isabel II, que fue testigo de las guerras Carlistas, que sufrió las decretos desamortizadores y la firma del Concordato de 1851, que experimentó las dificultades de la Primera República española y de la Restauración de la Monarquía en 1877, que remó durante el depresivo final del siglo XIX y los acontecimientos europeos de las primeras décadas del siglo XX, que padeció la Segunda República y sufrió la Guerra Civil, que creció con la incertidumbre de la posguerra y el cierre de las fronteras, que protagonizó un esfuerzo de reconciliación y transición a la democracia, abriendo el siglo XXI con las posibilidades y los límites de una Unión Europea y las Crisóstomo de una globalización incierta.

Y en medio de todos estos acontecimientos, puso en marcha el Seminario diocesano, construyó su Catedral en La Laguna y realizó tres reorganizaciones parroquiales, que acompañó varias oleadas de inmigración, especialmente a Cuba y Venezuela, que dieron posibilidades sociales nuevas y dejaron muchas heridas familiares, que vio nacer Cáritas y los movimientos apostó-licos acogiendo el Vaticano II a través de planes de pastoral, asamblea diocesana y nuestro I Sínodo diocesano. Una Iglesia a la que han regido 12 obispos diferentes, con carismas distintos, con sensibilidades y formación distinta, pero todos en el nombre del Señor. Todo eso somos. Un pueblo en la historia social de unas islas del Archipiélago canario.

Eso es lo que festejamos, lo que recordamos, eso y mucho más ha sido nuestra Iglesia particular que existe institucionalmente desde hace 200 años.

Doscientos años. Casi nada, y sin embargo, mucho. ¡Qué rápido pasa el tiempo!

Juan Pedro Rivero González

2019-12-21T10:15:20+00:00