A pocos días de concluir el Estado de Alarma, nace Una Iglesia, 10 historias, una iniciativa de la CEE, COPE, TRECE y Ecclesia que busca poner de manifiesto la respuesta conjunta que la Iglesia ha dado en medio de las dificultades del coronavirus a través de diez historias concretas.

Nuestra diócesis también quiere sumarse a esta iniciativa y lo hacemos con el testimonio de Nieves Barrera, responsable regional en Canarias de Ayuda a la Iglesia Necesitada. Ella nos cuenta cómo ha superado el contagio por coronavirus y la importancia de haberlo vivido desde la fe:

Hoy en mi familia, celebramos las bodas de oro de mis padres.

Es un día muy especial en el que hablar de enfermedad miedo y coronavirus puede parecer que empaña la alegría del momento. Pues no, precisamente lo hace más grande. Hoy por hoy, ya es un regalo que el matrimonio de mis padres haya durado 50 años por lo que damos muchas gracias a Dios, pero, además, en estas circunstancias, estar todos para celebrarlo es un doble regalo.

Por eso hablar de lo que hemos vivido, es también dar gracias a Dios porque nos ha cuidado y lo hemos pasado.

Y digo “Hemos” porque a mi me tocó pasar “el bicho”.  En marzo, cuando aun no se sabía mucho de la enfermedad, cuando empezaba a haber casos y casos, comienzo a encontrarme mal, a toser, a tener dolor de garganta… y el médico me dice que me quede en casa porque probablemente lo haya pillado.  Fueron pasando unos días y aumentando los síntomas Aparece la pérdida de olfato y gusto y durante dos días un terrible dolor en el abdomen que no me dejaba ni hablar. Sólo lo junto par llamar a emergencias y comunicarlo. Tengo que decir que aquella llamada me hizo ver la buena atención médica que dan y cómo una llamada telefónica puede ayudar a no perder la calma y a reaccionar como se debe.
Durante dos días me estuvieron controlando cada 2 o 3 horas, llamándome por teléfono, hasta que remitió el dolor. Era uno de los síntomas, pero gracias a Dios no me faltaba el aire así que pude estar en casa hasta que pasó lo peor. De nuevo doy gracias a Dios por ponerme a aquellos ángeles de la guarda. (aquellos y a mi hermana que me traía la comida y a mis vecinos Louise y Rubén que se pasaban y desde la ventana, pues vivo en un primero/bajo, me saludaban y me traían lo que necesitara, y así gente que se preocupó por mí. ¡Un equipazo de ángeles de la guarda!)

En estos momentos se te pasan muchas ideas por la cabeza. Sientes miedo, dolor, incertidumbre, duda, angustia… No se sabía hasta donde podía llegar mi situación y tengo que decir que me tocó pasar esta experiencia sola en casa, que por una parte es mejor porque así no contagias a nadie, pero cuando te llega un nuevo compañero de piso llamado miedo… o le marcas las normas de tu casa o se convierte en un ocupa incómodo y difícil de echar.
Lo curioso de todo fue que en esos momentos estaba asustada y no lo pasaba nada bien, pero supongo que, por defensa propia, mi mente empezó a pensar en otros. Una de mis grandes preocupaciones era que ¡no me podía pasar nada porque no podía dar un disgusto tan grande a mis padres! Supongo que era mi manera de pensar en ellos en aquel momento y en lo mucho que los quiero.

Cuando se va el dolor, aunque no estás bien todavía, pues el cansancio es agotador, sigues sin olfato y otros síntomas, al menos la calma regresa. Es entonces cuando primero das gracias a Dios porque no fue a más y puedes empezar a pensar en otras cosas. Ves la tele, internet y te das cuenta de que todo el mundo está haciendo cosas buenas por los demás. Y me agobiaba pensando qué podía hacer por otros porque no podía salir a la calle ni llevar comida a nadie ni tener contacto con el prójimo. Creo que a todos nos ha surgido la necesidad de ayudar. Pienso que es una consecuencia buena de esta pandemia. Al menos ha sacado lo bueno de muchas personas, y aunque parece un tópico, es real y la gente lo ha dado todo. Como decía el padre Werenfried Van Straaten , el fundador de Ayuda a la Iglesia Necesitada, institución a la que pertenezco, “La gente es mejor de lo que parece”. Y eso se cumplió.

Pero yo no podía hacer nada. ME frustraba.
Fue entonces cuando comprendí una de las cosas que más me han marcado en estos días.

En una de las eucaristías que veía por internet, hubo algo que me tocó el corazón. Fueron las palabras de la consagración. “El cual, cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada…” Aquellas palabras resonaron muy fuerte en mi corazón, y me hicieron recordar a todos los sacerdotes que conozco, con los que he tratado y a tantos sacerdotes en el mundo que en medio de esta pandemia han hecho vida esas palabras. Al igual que Cristo voluntariamente acepta su pasión, y entrega su vida para salvarnos, miles de sacerdotes, voluntariamente se arriesgaban esos días y ponían sus vidas en peligro para atender a los enfermos, para ir a los hospitales, para celebrar para nosotros cada día la Eucaristía… para hacer que Dios entrara en nuestras casas y se quedara. Voluntariamente hace años dijeron Si al Señor y hoy renuevan su vocación dando la VIDA literalmente, arriesgándose e incluso perdiéndola por los demás. Aceptaron voluntariamente una pasión que nos ha permitido no perder la FE, tener Esperanza con mayúsculas, y tener a Dios con nosotros.

Entonces lo vi claro. Entendí lo que podía hacer. No podía salir, no podía cocinar para otros… pero sí podía hacer algo … Rezar, y después de aquella eucaristía, en concreto, rezar por los Sacerdotes. Pedir por ellos, Ofrecer mi situación por ellos… Son personas como nosotros que sufren, tienen miedo, se dejan la piel y a veces la vida… y no nos acordamos de ello. Llevan su carga personal, como todos nosotros y la carga de todos sus feligreses, por los que se desviven.  Por eso ahora más que nunca, hay que rezar por ellos.

Esto que parece tan básico en la vida de un cristiano, parece que lo hemos olvidado… LA oración es una gran obra de caridad que hace mucho bien. Ya ahora soy mucho más consciente de ello.

Así que me puse en marcha y cada rosario que rezaba tenía al menos un misterio por ellos. Cada celebración de la Semana Santa y cada Eucaristía pedía por ellos. Y además agarré el teléfono y se lo dije a cada uno. Creo que es bueno que sepan que la gente reza por ellos, eso les consuela y les ayuda. Desde aquí propongo que si conocéis a algún sacerdote y rezáis por el que lo hagáis saber. Eso es amarlos y darles lo mejor. EN un momento de dolor como el que están viviendo en el que se enfrentan cara cara a la muerte, saber que hay quien reza por ti te reconforta y te llena de energía. Así que hacédselo saber…

Tengo que decir que también he estado rezando por los sacerdotes de la diócesis de Tenerife, por los que conozco personalmente y por los que aún no conozco, pero en cuanto pueda pienso ir por allí a visitar y agradecer. Tenerife es una de mis zonas de trabajo, y la verdad ya solo por el cariño con que nos reciben, la implicación con los cristianos perseguidos y el testimonio que me dan, doy gracias por ellos y además pido para que el Señor les proteja. Tienen muy buenos sacerdotes en su diócesis. ¡¡¡Cuídenlos y háganles saber que rezan por ellos!!!

Pues desde ese momento mis oraciones siempre tienen un hueco por los sacerdotes. Lo tengo claro. Sin ellos no podemos recibir los sacramentos, vivir la vida de Fe, y con ellos hacemos comunidad y vivimos la Comunión de los Santos. ¿No rezamos por nuestras familias? Pues ellos también son nuestra familia… Metámoslos en nuestras oraciones….

Hoy ya en junio, varios meses después de todo esto, aunque la situación sigue siendo mala, sigo dando gracias a Dios, por hacerme ver que la oración hace mucho bien, que es un regalo que podemos dar a todos.  Doy gracias porque estoy viva y cada día me despierto lo pongo en manos d Dios, Doy gracias porque todo esto lo puedo celebrar con mi familia, y dar gracias por esos 50 años de casados de mis padres y por supuesto, doy gracias por tantos sacerdotes que me regala a Dios con sus vidas y que han hecho posible que sea cristiana y que hoy siga teniendo Esperanza a pesar de las dificultades.