Hoy en la iniciativa #1ode10 conocemos el testimonio de Ricardo Iglesias, secretario general de Cáritas Diocesana de Tenerife.
Si tuviera que poner palabras a lo vivido en estos últimos tres meses en mi vida, quizá las más apropiadas serían un tiempo de ponerme a prueba.
El pasado 13 de mayo comenzó el encierro en casa, ese día empezó el ponerme a prueba como padre con dos nombres concretos: Javier de año y medio y Lucas de tres años, mis hijos. Comenzaban así tres meses de confinamiento con ellos. Tiempo de trabajar personalmente la creatividad diaria, la paciencia y el esfuerzo en el cuidado de lo que para todos los padres es lo más preciado que tenemos.
Ese mismo día comenzamos a afrontar una batalla como familia que nos acompañó sobre todo el primer mes y medio de confinamiento, empezaba el ponerme a prueba como esposo. Mi mujer es médico en el Hospital Universitario y es una de tantas valientes que luchó cara a cara con este virus que a todos nos ha cambiado la vida. Los cambios de turnos para reforzar el trabajo en el hospital, las marcas de los EPis al llegar a casa, el miedo a traer el virus consigo, los protocolos al llegar a casa sin podernos abrazar ni saludar antes de ducharse y desinfectarse fueron situaciones extrañas a nuestra vida y en ciertos momentos duras. Pero lo que de verdad me puso a prueba como esposo fue el intentar consolar las lágrimas por los nombres de ingresados que se iban sin una despedida, la impotencia ante los familiares sin derecho a un último contacto.
Del mismo modo, esta pandemia puso a prueba mi servicio como secretario general de Cáritas, afrontando una de las peores situaciones de crisis social y económica que hemos vivido y que parece que nos va a acompañar durante algún tiempo. Aquí comenzaba mi prueba en el cuidado de la caridad. Intentar acompañar de la mejor manera posible toda la acción de los agentes de Cáritas tenían que realizar para seguir estando al lado de las personas más vulnerables, de los preferidos de Dios. A mi mente vuelven recuerdos como los cierres de los centros de día de mayores, el refuerzo en los recursos de acogida y la apertura de dos nuevos espacios para personas en situación de sin hogar, los protocolos para cuidar a nuestros agentes mas vulnerables ante el virus, los cientos de certificados de movilidad para que nuestros agentes pudieran prestar sus servicios, las innumerables reuniones online del equipo directivo de Cáritas a cualquier hora del día, con el equipo de coordinación de departamentos de Cáritas o con entidades públicas y privadas. En esta marabunta, diría que mi gran prueba se hacia aún más presente en el no poder estar ahí fuera, codo con codo con el voluntariado de Cáritas que desinteresadamente se exponía para acompañar y atender a las familias que acuden a nuestros servicios de acogida, sin poder estar presente con el personal contratado de la entidad que cubría turnos, se ofrecía para realizar cualquier tarea que quedara pendiente y que han hecho sin duda que el sello de la caridad de la Iglesia este más presente que nunca en esta crisis.
Por último, este tiempo ha puesto a prueba mi ser cristiano. El confinamiento ha sido sin duda una experiencia de desierto para mi, donde en ocasiones ha costado conseguir tiempos de calidad donde poder tener encuentros con Dios, pero ha servido para hacer de mi vida una oración, para ponerme en manos del Señor en mi ser padre, mi ser marido y mi ser secretario general. Con la confianza y la esperanza puesta en Él. Contar con mi comunidad de vida, los seglares claretianos, que en la distancia ha continuado poniendo presente a Dios en nuestras realidades, sirviendo las necesidades de nuestra parroquia en la desescalada y compartiendo su experiencia de fe me ha servido para hacer más presente a Dios en mi vida, para marcar un hilo conductor en esta situación con el sello de Dios.