Quedan 7 días para finalizar el Estado de Alarma. Como hemos venido haciendo desde el viernes, nos unimos a la iniciativa Una Iglesia, 10 historias de la CEE, COPE, TRECE y Ecclesia.

Hoy les ofrecemos el testimonio de Elisuán Delgado que es pároco en Icod de los Vinos. Él nos cuenta cómo ha vivido este tiempo de emergencia sanitaria atendiendo a sus respectivas comunidades y acompañando en el dolor a quienes han perdido seres queridos sin poder despedirlos.

Mi nombre es Elisuán, hace 6 años que la Iglesia me ordenó sacerdote y soy párroco en varias parroquias de Icod de los Vinos, en Tenerife. Con estas comunidades hemos vivido una de las experiencias más inesperadas, inéditas, dolorosas y transformadoras. Como la metamorfosis de una mariposa, nos hemos tenido que confinar en nuestras “crisálidas” exteriores e interiores. Pero al igual que este insecto, creo que este tiempo nos ha servido para transformarnos y, ante esta nueva normalidad, empezar a surcar un horizonte más elevado.

En mi proceso personal notaba como al principio mi casa se convirtió en mi cárcel. Acostumbrado a un activismo no siempre bueno, al comienzo estaba en una búsqueda exacerbada de actividad, para mí y mis parroquias. Enseguida, con mis compañeros sacerdotes, tomamos la decisión de transmitir la misa, de estar al tanto de las normativas para informar rápidamente a los fieles, el plantearse qué hacer con los grupos de catequesis… Hasta que me fui dando cuenta de que me encontraba al borde del abismo de la incertidumbre y que sólo podía caminar apoyado en el presente.

Fue entonces cuando descubrí que la verdadera crisálida era el hoy y tenía que hacer de este tiempo algo bello, bueno y redentor. Fue el momento donde de verdad tomé conciencia de lo que estaba pasando y de la oportunidad que se me estaba brindando: Dios me pedía que convirtiera mi desierto en Éxodo, en una salida desde mí hacia Él. Y es lo que ha hecho que, según mi opinión, haya salido un poco más humano de este confinamiento, con mayor confianza en la voluntad de Dios y con mayor certeza de que Dios tiene algo grande preparado.

El camino ha sido a través del dolor: presidir entierros donde la muerte se mezclaba con el dolor de la soledad, acompañar personas aisladas por un maldito virus que le robaba a sus seres queridos, conocer a personas que vivían en la calle y estaban confinadas en un hotel, las preguntas sin respuestas de los amigos y conocidos buscando sentido a todo… Todas estas situaciones que nos pillaron sin avisar, donde no tenemos palabras, donde sufrí en más de una ocasión impotencia fueron las que me llevaron a amar más a la gente y a intentar poner amor en cada herida que me encontraba. Ha sido una experiencia de cruz redentora, de cómo cuando dejas que Dios vaya guiando, Él hace que saques la mejor versión de ti mismo.